Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

jueves, 7 de agosto de 2014

Piscina



Tras una primera cita, correcta, agradable, relajada, nada podía llevarme a pensar que la segunda pudiera ser como fue. Cenamos en un restaurante del pueblo, coqueto y acogedor, en la terraza, como corresponde a una tórrida noche de julio. Aún más cómodos y relajados, charlando de ese todo y ese nada que puede hacer que te sientas a gusto con la persona con la que estás. Con la excusa de terminar el vino, la sobremesa se alargó hasta bien pasada la medianoche. 

No era una mujer llamativa, pero tenía ese algo indefinible que hacía que resultara seductora. Llevaba un vestido largo, claro, con escote poco marcado y aberturas discretas a los lados. Lo único que permitía intuir lo que escondía aquel vestido era la fina tira anudada a la espalda que ceñía la cintura marcando sus caderas. Todo aquello lo descubrí después. En aquel momento sólo me parecía una mujer atractiva, discreta, en la que su sugerente aspecto no velaba el placer de la conversación. 

Al salir del restaurante, la invité a tomar una copa en casa, me resistía a poner fin a una noche tan deliciosa. Mentiría si dijera que no albergaba la esperanza de acostarme con ella, pero no me pareció una posibilidad factible. Aceptó, estaba a gusto conmigo. Lo sé porque me lo dijo así, sin rodeos. Me sentí halagado, para qué negarlo. 

Mi casa está en una urbanización a las afueras del pueblo. Es una chalecito pequeño, pero para una persona sola, como es mi caso, más que suficiente. Lo que más me gusta es el jardín, con césped y una terraza cubierta, además de una piscina que fue mi gran capricho. Es un poco más grande lo habitual en este tipo de casas, de forma que la parte del césped es algo más pequeña. Está diseñada con formas curvas y en una parte es profunda mientras que por el lado contrario se entra a través de unas escaleras de obra por las que sumergirse poco a poco. A mis sobrinos les encanta esta parte de la piscina. Por la noche está iluminada desde dentro, con unos focos que dan al agua un aire casi fantasmal y cuando hay luna llena, los reflejos irisados parecen salir de todas partes. Pero esa noche no había luna llena. En realidad, no recuerdo cómo estaba la luna. 

Tras enseñarle la parte de la casa que se suele enseñar, lo que no me llevó mucho, me fui a la cocina a preparar unos gin tonics diciéndole que se pusiera cómoda, como si estuviese en su casa. La oí caminar por la terraza, recorriéndola. Dejé de escuchar sus pasos y supuse que se habría sentado cuando me preguntó si por la noche se podía utilizar la piscina. La dije que sí pensando que era una pregunta como otra cualquiera, pura curiosidad. Fui al salón a por la ginebra y las copas, y al asomarme, la vi junto a la piscina, descalza, sujetándose el vestido y metiendo un pie en el agua. Me gustó mirarla sin que supiese que la observaba. La piel de sus piernas tenía un tono extraño por las luces que salían de la piscina, casi plateadas. Dejé la ventana y me fui a terminar las copas. Seguía sin hacer ningún ruido. 

Salí a la terraza con las dos copas en la mano y me quedé petrificado bajo la puerta. A punto estuvieron de caer. El plateado de sus piernas se extendía a todo su cuerpo. Desnuda, la vi recorrer las escaleras y entrar, poco a poco, en el agua. Dejé las copas en la mesa que había junto a la puerta de la cocina y me senté. No podía dejar de mirar. Era lo último que me hubiera esperado. A pesar del calor de la noche, entraba lentamente, como si tuviera que acostumbrarse a cada estremecimiento que el agua le producía. Se había recogido el pelo dejando el cuello al aire. Me quedé colgado a la recta de su espalda, las curvas de sus caderas, el contraste de la cintura. 

Absorto y en silencio, sin reaccionar, no podía apartar los ojos de ella. Había imaginado su cuerpo -cómo no hacerlo-, pero no sospeché que pudiera resultar tan sensual. Y verla ahí, de espaldas, ofreciéndome ese espectáculo tan natural como cuando estábamos hablando mientras cenábamos, me dejó de piedra. Bueno, no exactamente. El ruido al dejar las copas en la mesa hizo que se volviera, y me invitara a bañarme con ella. Lo hubiera hecho, dios sabe que lo hubiera hecho, pero me dio apuro. Me sentía bastante ridículo, viéndola tranquila y confiada, como si estar desnuda no significara nada, mientras que mi erección no hacía más que crecer a cada movimiento suyo. Rezaba para que no lo notara, pero se dio cuenta, me lo dijo después. Para evitarme el trago, no insistió y se sumergió por completo, convirtiéndose en un rastro que podía seguir por el cambio de luces, lo que no sirvió de mucho para aligerar mi situación. Apareció en el otro lado de la piscina y se quedó allí un rato largo, con los brazos apoyados en el borde. No podría decir cuánto tiempo pasó, el justo para que mi cuerpo volviera poco a poco a una cierta normalidad. 

No sé si fue calculado, pero cuando me sentí más presentable, vi que volvía. Me levanté y fui al cuartito que había junto a la cocina y cogí una de las toallas que tenía allí. No tanto para que se secara y no pasara frío, como para cubrirla y así evitarme el bochorno de una nueva erección. Me agradeció la toalla tiritando, pero no fui capaz de evitar que mi cuerpo fuera por libre. Enrollada en la toalla y con el cuerpo más templado, se acercó y me besó. Cualquier sensación ajena al placer físico, desapareció. Dejé de preocuparme por si se notaba o no mi excitación y la abracé como si lo hubiera estado haciendo desde siempre. 

Los hielos de los gin tonics se deshicieron mientras a nuestro alrededor caían su toalla y mi ropa, el césped nos acogía húmedo y fresco, y la oscuridad nos envolvía. Nunca me había pasado nada parecido. El tiempo parecía haberse parado, la noche éramos nosotros, nuestros cuerpos enlazados, nuestras voces quedas, nuestros gemidos. No sé si por inesperado, por deseado, por extraño, pero no me di cuenta del paso de las horas hasta que se levantó y, tras besarme, empezó a vestirse.

Intenté convencerla de que se quedara a pasar la noche. Eran casi las cinco de la mañana. No quiso. Nunca quiso quedarse a dormir. Igual que no quiso decirme en qué pensaba cuando le preguntaba. Como tampoco quiso, cuando ya el otoño empezó a asomar, que lo nuestro, fuera lo que fuera, dejara de ser una historia de encuentros esporádicos y avanzara en otra dirección. La quería sólo para mí, la quería más tiempo, la quería al completo. Me arrepentí de habérselo propuesto. 



lunes, 4 de agosto de 2014

Proposición (y III)






Salió del baño y se sentó en la butaca que había en la esquina de la habitación. Desde allí la miró. Empezó a liar un cigarrillo, despacio, concentrado. Volvió a mirarla. Amanecía y finísimos rayos de luz se colaban a través los ojos de las persianas ciñendo unas caderas que enmarcaban el hueco de su cintura. A pesar de no haber dormido apenas, le seguía encendiendo esa mujer: nunca lo hubiera imaginado. Prendió el cigarro y pensó en sí mismo, desnudo en la butaca de aquella habitación de hotel: se sentía extraño, como fuera de lugar. Y la miró a ella que, en la cama de esa misma habitación, ya completamente desnuda, estaba, sin embargo, perfecta. Su pelo inundaba la almohada y perfilaba el inicio de la curva de su espalda al tiempo que sus piernas asomaban bajo una sábana que apenas velaba sus nalgas. Había sido mucho mejor de lo que imaginaba. Dio otra calada al cigarrillo. Le encantaba fumar, sentir cómo el humo pasaba cálido y fuerte por su garganta hasta llenarle los pulmones; le gustaba el sabor que le dejaba al expulsarlo, y el olor que inundaba la habitación. 

Proposición (II)





Habitación 915. Las nueve y cuarto. Aún tenía un cuarto de hora por delante. Encendió la luz y paseó la mirada por toda la estancia. Nunca había estado en ese hotel y se alegraba de su elección. Era moderno y elegante, con un ligero toque de distinción en el mobiliario, de color wengue, y otro de color en los cuadros, abstractos en tonos ocres claros, marrones serenos, y rojos furiosos. El contraste era perfecto para lo que ella quería. Un ventanal que ocupaba toda la pared ponía la ciudad a sus pies. Abrió las cortinas y dejó que la luz de la noche se instalara allí. 

Proposición (I)




No sabía que hacer. ¿Se atrevería a lo que le proponía? Sacó un papel de liar y lo estiró cuidadosamente. ¿Con una desconocida? Bueno, no tan desconocida aunque nunca se hubieran visto. Llevaban una semana carteándose, contándose cómo eran, qué les movía, aunque no lo que hacían, siete días hablando de ellos mismos, de sus deseos, de sus pasiones, de sus fracasos. Esparció el tabaco sobre el papel colocándolo cuidadosamente en el centro y estirándolo hasta ocupar toda su longitud y en la punta situó un filtro fino. Conocía su pasado, pero no sabía dónde vivía; sabía qué libros leía, qué música escuchaba, pero no la marca de su coche; hubiera podido elegir por ella la cena y el vino, pero no sabía donde comía a diario. Podía intuir su tristeza, su alegría, sus reacciones, pero no en qué trabajaba. Envolvió con esmero tabaco y filtro, lamiendo el borde del papel y doblándolo sobre sí mismo para que se pegase. Y aunque había visto alguna foto, sabía que su forma de andar, su mirada, su aroma, su voz, podrían pasarle desapercibidas en la Plaza Mayor. Pero, sobre todo… desde hacía una semana le seducía con cada letra, le atrapaba con cada palabra, le arrastraba con cada carta. Sus dedos, chatos, firmes, resistentes, estiraron el cigarrillo recién liado hasta dejarlo perfecto. Volvió a leer su último correo. Y a escuchar la canción.

martes, 15 de julio de 2014

Tiempo de bar




Las diez y dieciocho. El hombre llevaba más de una hora acodado en el extremo de la barra más cercano a la puerta. Era un tipo corriente. Más bien bajo, barriga prominente y pelo ralo y escaso. Los cincuenta los había cumplido hacía tiempo, mucho tiempo. Iba ya por el cuarto whisky -Glenfiddich de 12 años- y si en algún momento aguantó bien el alcohol, desde luego había sido en otra época. Era la primera vez que le veía por el local y había venido solo. Eso era poco habitual. No es que fuera raro que viniera gente nueva, lo extraño era que vinieran solos: éste no es un bar de moda, ni está en un sitio céntrico. 

jueves, 3 de julio de 2014

Invitado



Se había levantado muy temprano y sacó al contendor los restos del despiece: la noche anterior terminó tan tarde y tan cansada que dejó la basura para el día siguiente. A pesar de ser un animal relativamente grande, era manejable, y aunque no era la primera vez que preparaba una pieza de caza, acabó agotada. Antes de acostarse guardó cada trozo de carne envasada al vacío en el arcón congelador del sótano, reservando en la nevera de la cocina un par de piezas para la cena de la noche siguiente: más fresco imposible. Quería sorprender a sus invitados con algo especial, algo que, estaba segura, no podrían olvidar.

No serían muchos. Fernando y Rodrigo, además de Clara y Rosa. Ellas eran habituales de las reuniones de Elisa, en cambio, ellos se sorprendieron al recibir la invitación.

La anfitriona pensó el menú con cuidado, adaptándose a los gustos de cada cual. Clara y Rosa, al igual que ella, preferían ensalada y pescado, mientras que los hombres solían ser más dados a los placeres de la carne. Como la carne la había arreglado la noche anterior, pudo emplear parte de la mañana en comprar lo que le faltaba -el pescado, las verduras, el pan, los vinos- y en el resto del tiempo en los preparativos.

Criadillas es un eufemismo para no decir testículos. Pese a la alta consideración que los hombres tienen de esta parte de su cuerpo, cuando se compran hay que acudir a la casquería donde se venden junto los demás despojos. En este caso, no hubo necesidad: ninguna casquería habría tenido criadillas más frescas que las que Elisa había apartado. Estas piezas tienen un aspecto poco atractivo y resultan fuertes de sabor, por lo que hay que macerarlas durante, al menos, cuatro horas en agua y vinagre. Después, se han de quitar bien todas las pieles y pellejos que las recubren y limpiar a fondo las impurezas que aún puedan quedar con agua corriente. Cuando están perfectamente limpias se filetean muy finas, se sazonan y especian, y se pasan -vuelta y vuelta- por la sartén sin ningún tipo de rebozado. Elisa, había decidido matar la fuerza de sabor de este manjar con una salsa de frutos rojos por lo que tras triturar moras, frambuesas, arándanos, endrinas y grosellas, las redujo al fuego con azúcar, ron y un toque de jugo de limón hasta que quedó una textura caramelizada.

Fernando, el director del departamento de diseño, fue el primero en llegar. Dejó su flamante BMW a la puerta del chalé y, después de recolocarse el pañuelo y comprobar que tenía los zapatos relucientes, se peinó las cejas mirándose en el retrovisor exterior del coche. Llamó al videoportero sonriendo a la cámara. Hacía un par de años había tenido con Elisa una historia de la que salió de la forma menos elegante posible: escondiéndose y evitándola durante el tiempo suficiente para que a ella le quedara claro que aquello no había sido más que unos breves y apresurados escarceos en camas de distintos hoteles. Elisa jugó a qué no se enteraba, simplemente por el placer de ver como se empeñaba, ridículamente, en hacerse invisible por distintas salas y despachos. Finalmente, cuando se cansó del juego, le hizo saber que lo mejor era “quedar como amigos”. Ni siquiera se molestó en despreciarle.

La ensalada que tenía pensada era sencilla, tanto en su concepción como en su elaboración: canónigos, patata cocida y aguacates, con un toque de salmón ahumado y todo rociado con una ligera espuma de salsa rosa. Refrescante y deliciosa, perfecta como entrante para un pescado poderoso.

Rosa fue la siguiente en llegar. Llevaba el departamento de informática. Estuvo a punto de no ir al enterarse de que Elisa también había invitado a Rodrigo, pero Elisa insistió tanto en que necesitaba que estuviera, que no pudo -ni quiso- negarse. Siempre habían sintonizado, ella y Elisa, aunque fueran muy distintas. Tal vez porque Elisa no se quedaba en su ropa religiosamente negra, su maquillaje aterradoramente claro y sus finas cadenas a modo de collar. Un disfraz tan bueno como cualquier otro.

El solomillo es una de las piezas más exquisitas que se puede ofrecer a buen comedor de carne pero es imprescindible que sea fresco: en este caso lo era. Se obtiene de la zona situada entre las costillas inferiores y la columna, y para que no pierda nada de su esencia es casi obligado prepararlo a la plancha o a la brasa -tras haberlo tenido atemperándose unas horas antes de cocinarse- con apenas un toque de sal y pimienta, poco hecho o al punto para que no se desvirtúe su sabor: es una verdadera delicia por lo tierno y jugoso.

Rodrigo llegó en taxi. Aunque era el director general de la empresa no tenía coche. Tampoco casa propia en la ciudad: vivía en el Villamagna cuando estaba entre semana en Madrid. Jamás hubiera aceptado la invitación de una empleada, por muy jefa de departamento que fuera, de no ser por la situación por la que pasaba la empresa. Quería enterarse de qué estaba ocurriendo con una serie de movimientos bursátiles poco claros que llevaban semanas produciéndose pero que había detectado hacía apenas un par de días. No tenían que ver directamente con Elisa, pero sí con su amiga Clara, la directora financiera, que también estaba invitada a la cena. Se había pensado seriamente si ir, porque le molestaba muchísimo la presencia de Rosa -la habría puesto en la calle hacía tiempo si no fuera tan buena en lo suyo-, pero si quería enterarse de lo que pasaba no le quedaba más remedio que soportarla. Quizá fuera también Iván, últimamente se le veía mucho con Elisa; con otro hombre las cosas serían mucho más cómodas y claras, y seguramente conseguiría enterarse de qué estaban haciendo esas dos mujeres con su empresa. Fernando no contaba.

El rape es el rey de los pescados. Aunque se puede cocinar de infinitas formas, como mejor se aprecia su intenso sabor a mar es sin más añadidos que un poco de sal, pimienta blanca y un chorrito de aceite virgen al dorarlo en la plancha. No requiere acompañamiento, pero Elisa pensó que quedaría mucho más vistoso si lo acompañaba de algo de color como unos tomates cherry, partidos por la mitad sazonados con un poco de sal y unas finas cabezas de espárragos verdes, también a la plancha.

Clara fue la última en llegar. Elisa y ella se conocían desde los tiempos del instituto en los que Clara rehacía los trabajos de Elisa y Elisa se ocupaba de que nadie hiriera a Clara. Siguieron juntas en la universidad y cuando en Invesco quedó libre el puesto de director financiero, Elisa consiguió una entrevista para su amiga. Desde entonces trabajaban codo con codo: una en la dirección comercial, la otra, en la financiera. Entre las dos controlaban la estructura básica de la empresa. 

Pero en los últimos tiempos Elisa había notado que algo le pasaba a Clara. Demasiados años juntas. La semana anterior Clara se había derrumbado. No sólo Iván la había dejado, eso sí, con elegancia, culpándose él de todo, sino que habían empezado a producirse desinversiones de fondos de la sociedad que no habían sido controladas por ella y que estaban poniendo en peligro la estructura financiera de la empresa. Elisa no necesitó saber mucho más.

- ¿Confías en mí? -le dijo.
- Claro, como siempre.

Iván. Atractivo, inteligente y peligroso. Enamorado del riesgo, pero mal jugador: nunca contaba con el rival. A Elisa le resultó fácil que entrara al trapo: un restaurante caro, un hotel aún más caro, una mujer espectacular. Le resultó aún más sencillo averiguar lo que necesitaba saber y llevarle dónde ella quería.
Para los postres no pudo hacer nada especial por lo que Elisa optó por un combinado de frutas de verano para aligerar la fuerza de la cena, acompañado por un delicioso cava.

A eso de las diez, cuando, tras tomar un Martini de pie en el jardín mientras el sol terminaba de ponerse, se sentaron a cenar, todo estaba perfecto: la mesa, magnífica; los platos, preparados en la encimera para dar los últimos toques; el vino, enfriándose; la música y la luz, a punto. Disfrutaron de la comida, aunque Elisa tuvo que convencer a Rodrigo de que esperara a la sobremesa para hablar de negocios. Clara estuvo tensa sabiendo los derroteros que tomaría la conversación tras los postres, y Rosa y Fernando bebieron de más. Y como el alcohol suelta la lengua, en particular la de los estúpidos, justo antes de que se levantaran para tomar el café en el salón, Fernando, creyéndose amparado por la confianza de haber sido su amante, comentó:

- Una cosa, Elisa.
- Dime.
- Me sorprende que nos hayas invitado a nosotros y en cambio te hayas olvidado de Iván... Últimamente se te veía interesada en él -dijo con intención de parecer malicioso.
- Mi querido Fernando, puede que no te hayas dado cuenta, pero Iván ha estado mucho más presente de lo que te imaginas.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Despedida





Se quedó desolado al ver en qué estado se encontraba la casa. Esbozó una medio sonrisa pensando que estaba tan decrépita como él. Había pasado una eternidad desde la última vez que estuvo allí… Casi diez años, diez años en los que, sin saber por qué, se encontró perdido, sin saber qué hacer ni hacia dónde ir. 

En todo ese tiempo no había conseguido sobreponerse a la marcha de Lidia, que aún seguía sin comprender. Pero si algo no entendía era por qué él, que siempre creyó que todo el mundo era perfectamente sustituible, se había quedado enganchado a su ausencia. Por más que intentó recomponer su vida no lo consiguió, en todas las mujeres la buscaba, en todas las mujeres creía verla. Pero no eran más que espejismos. Y se atrevió, por primera vez, seguir solo. 

Sin embargo, en esos diez años, no había encontrado el valor para volver a la casa del pueblo. La casa que Lidia tanto quiso y cuidó. Frente a la puerta, recuerda cómo la encalaron juntos, recién comprada, aquel verano del 99, pintando los cercos de puertas y ventanas de azul. Un aire marinero en medio de la sierra, decía ella entre risas. Y cómo, cada primavera, tenían que volver a pintarla porque el tiempo hacía amarillear las paredes y desteñía aquellos azules tan intensos. También recuerda el jardín, especialmente las buganvillas que rodeaban las ventanas de la planta baja. De repente, le viene a la memoria el aroma de la dama de noche colándose por la ventana de su dormitorio, en aquellas lejanas noches templadas de verano.

Le costó abrir la puerta. Como toda la casa, estaba desvencijada. Dentro, todo seguía como ella lo había dejado. Lo único nuevo era la capa de polvo que teñía de gris el mundo que ella había llenado de luz. Paseó la mirada por el salón, amplio, tan acogedor en otros tiempos. Siempre le gustó esa idea de entrar directamente al salón, sin recibidor, sin trabas, mostrando un espacio limpio. Clavado bajo el umbral de la puerta no se atrevía a entrar, como si fuese a violar un santuario. No podía dejar de mirarlo todo intentando poner distancia pero sin poder evitar una tristeza seca, impropia de los ojos llorosos de un viejo. 

Su mirada vagó de un sitio a otro hasta que se paró en la chimenea. En la repisa de ladrillo visto que la enmarcaba, junto a un jarrón con flores marchitas cuyos pétalos se esparcían por el estante y el suelo, vio varios sobres amarillentos apoyados en la pared. Avanzó sin pensar. Cuando estuvo frente a los sobres vio su letra, la de Lidia. Sintió una punzada en el pecho y a punto estuvo de perder el pie. Se rehízo. Los sobres tenían distintos nombres escritos, uno con el suyo. Metió el resto en el bolsillo del abrigo y, levantando una ligera nube de polvo, se dejó caer en uno de los sillones que había a cada lado de la chimenea con su carta en la mano. Se esforzó por recuperar un ritmo normal de respiración pero no encontró la forma de deshacer el nudo que le oprimía el corazón.

Intentó abrir el sobre lentamente, despegando la solapa posterior, pero el tiempo la había solidificado y no tuvo más remedio que romperlo. Dentro, un par de cuartillas manuscritas por ambos lados. Con el alma encogida, esa que él siempre negó tener, empezó a leer.

Rascafría, 12 de febrero de 2002

Mi amor,

A pesar de los años que hemos estado juntos, me siento incapaz de imaginar tu reacción al leer esta carta, sobre todo estando tan reciente mi partida. Supongo que mis cenizas estarán aquí, contigo, encima de la mesa del comedor, entre libros y papeles, sin que te atrevas aún a enterrarlas junto a la buganvilla, como tantas veces te dije. Hazlo, por favor. 

Te imagino sentado en tu butaca, al calor de la chimenea -mira que hace frío en febrero- observando lo que queda de lo que un día fui, e intentando entender por qué lo hice, así de repente, sin decirte nada, sin decir nada a nadie.

Tú ya sabías que estaba enferma, pero lo que no sabías es que no había solución; ningún tratamiento me habría permitido recuperarme; el cáncer ya lo había invadido todo. No tenía más futuro que una muerte agónica dilatada a lo largo de varios meses que podrían ser tres, seis o nueve; en ningún caso más de un año. Un tiempo plagado de dolores, incapacidad, necesidad de cuidados continuos y pérdida progresiva de la conciencia. Así que decidí evitarme el sufrimiento y el dolor, al tiempo que te ahorraba a ti tener que ocupar tu tiempo en atenderme y cuidarme. Estos han sido los principales motivos que me han llevado a tomar la decisión de morir cuando aún sé lo que hago y quién soy. Estoy en mi derecho, diga la ley lo que diga. Sin embargo, no ha sido lo único que me ha movido. No sólo he pensado en mí. Están los niños, los tuyos y los míos, -aunque ya ninguno son niños- los amigos y la familia. Posiblemente mi muerte les haya evitado un sufrimiento más prolongado en el tiempo. El golpe inesperado es duro, bien lo sé, pero la agonía es agotadora. Para todos. Además, esta decisión me ha dado tiempo para solucionar todas las cuestiones prácticas que necesitaban arreglarse. Claro que si se piensa bien no había demasiado que arreglar, pero aún así, es mejor dejar las cosas lo más atadas posibles. Creo que empiezo a divagar. 

Recuerda cómo la encontró. Pensó que dormía y no la quiso despertar: hacía tiempo que no la veía en un sueño tan plácido. Miró desde la puerta y no se atrevió a entrar por no perturbar su descanso. Leyó un rato, vio la tele, cenó lo que encontró en la nevera. Recuerda que le extrañó que no se levantara, pero desde que estaba enferma dormía poco y mal. Entró en el dormitorio y se acercó a ella. Seguía igual. Tuvo un mal presentimiento. Se quedó clavado, temiendo moverse. Al final, con miedo, adelantó la mano para acariciarle la mejilla. Helada. Inconscientemente se echó hacia atrás. No entendía. En más de una ocasión habían hablado de esto, pero nunca creyó que lo haría. Paralizado pensó en su propia reacción: él no era ningún cobarde, ni la muerte le intimidaba, pero no podía moverse. Miró alrededor y vio una carta en la mesilla dirigida al juez. Como en las películas. Al lado vio los envases de las pastillas que había tomado, ordenados. No la volvió a tocar. Salió. Llamó a la policía y empezó su calvario, aunque él, entonces, aún no lo supiera.

También ha pesado en esta decisión un cierto egoísmo, un no querer morir con el alma envenenada. Mi deterioro físico habría impedido nuestra vida normal; de hecho, y sin estar aún demasiado enferma, ya nos ha afectado; estos últimos tiempos has estado nervioso e irritable, creo que te has sentido abandonado, aunque lo has intentado disimular infructuosamente. Quizá nadie que no sea nosotros lo entienda. 

Y es que cuando me vaya serán casi quince años los que hemos pasado juntos y aunque no puedo asegurar que te conozca a fondo, sí te he observado y escuchado. Por eso sé que lo que te escribo no te resultará extraño: no es la primera vez que hablamos de ello. Eso sí, ésta será la primera vez que no podrás replicar. Aunque, si lo pienso en realidad nunca quisiste hacerlo, te limitabas a escucharme con aire ausente, así que quizá ahora tampoco te importe mucho.

No, no le resultaba extraño. Y sí, sí que le importaba. Qué equivocada estaba pero, ahora que reflexiona sobre cómo fue el tiempo que pasaron juntos, se da cuenta de que era inevitable que pensara así. El peso de su ausencia le cayó de pronto como una losa. Nunca le dijo lo que tenía que haber dicho, lo que sentía de verdad por ella, aunque quizá en aquellos momentos ni él mismo lo supiera. Había desarrollado la habilidad de usar un lenguaje impreciso y equívoco que podía interpretarse en distintos sentidos y que le había sido útil antes de Lidia. Siempre le había gustado jugar con lo confuso y lo usó tanto que cuando tuvo que definirse, ya no supo cómo hacerlo.

Apenas llevábamos un par de años juntos cuando comprendí que el nosotros que yo vivía no era el que vivías tú, aunque al principio me hicieras creer que sí. Bueno, no, tú no hiciste nada, en realidad fui yo la que di a tus palabras un valor que no tenían, creyendo lo que quería creer. Y aunque fuiste leal, me valoraste y respetaste, me hubiera gustado un poco menos de ambigüedad entre nosotros. 

Había veces que hacías cosas que me llevaban a creer que el amor para ti tenía un sentido similar al que tiene para mí. Pero no, éramos tan distintos. En ocasiones, tenía la sensación de que yo te amaba sin fisuras, mientras que tú te dejabas querer como por costumbre. Otras veces no, sentía que me amabas de forma plena, sin condiciones. Nunca supe del todo qué pasaba por tu cabeza ni por tu corazón.

Y pensar que él, en aquellos tiempos, no lo veía. ¿Cómo iba a imaginar entonces que ella a veces no se sentía plenamente amada? Sólo ahora, que hace casi diez años que la añora, es cuando ha aprendido a entenderla. Es ahora cuando sabe que el deseo, las buenas maneras, los regalos, no sustituyen la entrega, la confianza, un te amo de corazón. Nunca se lo dijo. La sospecha de que ella lo echó en falta lleva diez años torturándole; la certeza que le da leerlo, le nubla la vista y le impide seguir leyendo. Es viejo y los viejos lloran por nada. O por todo. Saca un pañuelo arrugado, se seca las lágrimas y sigue, cada vez más triste, pero sigue.

Te veo repitiéndote que ya estoy otra vez con mis tonterías, que claro que me querías aunque no lo dijeras, que me lo demostrabas de otras formas aunque fueran menos claras. Pero yo, a lo largo del tiempo que compartimos, sentía que a veces sólo buscabas no definirte, no dar el paso que sabías que yo deseaba tanto y que nunca llegué a pedirte abiertamente. Quizá fue fallo mío, no decir las cosas claras, pero en el fondo esperaba que saliera de ti. 

Sabías que siempre quise casarme, por absurdo que pudiera parecer a nuestra edad y con nuestra forma de ver el mundo. Una tontería de jovencita, lo sé. Era irracional, lo sé. Pero me hubiera gustado tanto. Tú te habías casado antes, pero yo no. Cierto que con el padre de mis hijos nunca me importó este asunto, es más, fui yo quien no quiso hacerlo. Era joven, idealista, no creía en el matrimonio. Y sigo sin creer. Aún así, me hubiera gustado casarme. Me pregunto por qué, pero no encuentro ninguna respuesta coherente. Puede que fuera el simple deseo de algo que no tuve. Tal vez fuera por el vestido, por celebrar con los amigos y la familia, por decir aquello de ‘mi marido’. Sí, absurdo, no hay duda. Pero lo quería. Y nunca te lo dije claramente. Quizá porque me parecía un deseo ridículo sobre todo a nuestra edad, tan mayores. 

Te imagino pensando que a nosotros no nos hacían falta papeles, que estábamos por encima de eso. Que no lo necesitábamos del mismo modo que no nos necesitábamos el uno al otro. Simplemente estábamos juntos porque queríamos, porque nos amábamos. Había veces que pensaba que hacías como que no te dabas cuenta de lo que quería para evitarme pasar por lo que pasó tu ex mujer, porque asociabas el matrimonio a la mentira en la que vivisteis. O tal vez fuera que tenías miedo, porque temías que un papel fuera a poner fin a la libertad en la que nos movíamos. Es posible que ambas cosas hubieran sido ciertas. O ninguna. 

Cómo iba a explicarle a Lidia lo que él mismo no entendía. O sí. Tanto tiempo de engaños, de imposturas. Un pasado repleto de fiestas y de mujeres que llenaban el vacío de una vida de éxito. Y ella, su ex mujer, la madre de sus hijos, al margen, callada, ignorante de lo que ocurría. Al menos eso quería creer él. El peso de la culpa crecía con cada mentira, con cada amante. Con el tiempo empezó a pensar que ella sospechaba lo que ocurría pero que le resultaba más cómodo fingir que no se enteraba. Aun así, no pudo librarse de esa sensación de deuda con ella. Su relación tras el divorcio se mantuvo en un respeto educado, pero él seguía sintiendo el peso de la culpa. Nunca se perdonó a sí mismo. Y aunque ella había muerto hacía tiempo, él seguía sin perdonarse. 

Hoy, el viejo se siente cobarde y miserable por haber dejado que su pasado se interpusiera entre ellos. ¿Qué le habría costado darle gusto? Nada. Si lo piensa bien, nada. Por supuesto que sabía que Lidia quería casarse, aunque no entendiera por qué. Pero había tantas cosas de ella que no entendía. Quizá le pudo el miedo. Si lo pensaba de forma racional, sabía no fue el matrimonio lo que le llevo a engañar a su ex mujer, pero no podía ser racional: el peso de la culpa que arrastraba era excesivo como para arriesgarse a hacerlo aún más pesado. Al pensarlo, siente no haberse atrevido, no haber sido capaz de aceptar lo que hizo, de asumirlo sin sentirse orgulloso, pero sin perder su vida en un arrepentimiento inútil. Son tantas las cosas que lamenta.

Ahora, cuando planeo el final y busco la verdad, mi verdad, al margen de bobadas de adolescente más que tardía, me pregunto si ha merecido la pena nuestra vida juntos. Y me digo que sí, que para mí, sí. Te quise porque yo era mejor contigo que sin ti. Nunca te necesité, fuiste mi elección; como yo la tuya. Te amé porque valías la pena: lo que recibí de ti, lo que sentí a tu lado lo compensó todo. Siempre me sentí libre y así tomé todas mis decisiones. Como la que tomo ahora, que no te va a gustar. Pero tampoco te voy a pedir permiso. 

Sabiendo que piensas que todo el mundo es sustituible, imagino que acabaré siendo un recuerdo bonito pero lejano, apagado por el calor de otros brazos. Y, aunque jamás hubiera pensado poder sentir así, lo único que de verdad deseo es que seas feliz cuando yo no esté. 

Lidia.

El viejo se derrumba llorando ya sin pudor.