Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Perforado


Hace unos meses escribí este relato al que he dado una vuelta, incluso al título. Y a pesar del repaso, aún no estoy convencida de que esté bien. En realidad, nunca estoy convencida de que esté bien lo que escribo. En cualquier caso, creo que está mejor que antes. 





Creo que el sexo está sobrevalorado, no sé qué le ven. Es viscoso y húmedo. Resulta angustioso, asfixiante, agobiante. Un asco. Lo odio, pero no me queda otra que estar en ello. Es lo malo de ser un piercing en el pene de una estrella del rock. 

Hace muchos años Suso, batería y alma mater de un grupo de rock de cierto éxito, además de mi portador, invitó a Román –aprendiz de perforador y fan acérrimo de la banda- a uno de sus conciertos y a la posterior juerga en los camerinos. El chico me fabricó para él como agradecimiento. No soy un pearcing corriente. Soy más grueso de lo habitual, todo mi cuerpo está labrado y las dos bolitas de mis extremos tienen minúsculas inscripciones de inspiración rúnica. Como el tiempo no sólo desgasta a los humanos -y además yo llevo un trajín que ni os cuento-, de tanto en tanto Suso me lleva al local de Román, que ahora -casi treinta años después- ya tiene negocio propio, para que me dé un repasito.

Hacía ya mucho que no íbamos a ver Román, así que andaba yo un poco flojo y desgastadillo: en los últimos meses tenemos más jaleo de lo habitual. Mira que pensaba que con la edad iba a ir ganando en tranquilidad. Y así fue desde que Suso se sumergió en los cuarenta hasta hace unos meses. Él lo negará, sigue teniendo que alimentar su imagen de icono sexual, pero la verdad es que los años se le notan bastante más de lo que está dispuesto a admitir. Ya no toca con tanta energía como antes, aunque ahora tiene más técnica, ni aguanta la noche como solía; por mucho que intente disimular la barriguita, ahí está, y el pelo hace ya tiempo que empezó a ralear, así que decidió raparse, convencido de que así potenciaría su imagen de rockero duro y peligroso. Algo que siempre atrae a las chicas. No es que lo entienda (¿quién entiende a las mujeres?), como lo del sexo, pero es un hecho: pocas cosas les gustan más que un tipo con pinta de duro. Y si se es una estrella del rock, aunque sea una enana blanca, ya ni hablamos. Suso no es especialmente atractivo y, por supuesto, nada duro, pero le gusta dar esa imagen, es lo que vende. La imagen que él vende. Y lo hace de miedo. Se mete en su personaje como nadie, hasta el punto de que yo apostaría que le cuesta dejar de lado ese rol. Y sé lo que digo: yo estoy con él cuando se queda a solas y hay veces que sigue actuando. Otras no. 

Es un buen tío, Suso. Me cayó bien desde el principio. Y suele caer bien a los demás. Hará cosa de quince años, en el bar de la esquina, se encontró con un compañero del colegio que, al cabo de muchas cañas, le contó que andaba de pelea con el cura porque no quería dejar que su hijo hiciera la comunión. Y todo porque él y la madre del niño no estaban casados por la iglesia. No es que no quisieran, es que ella estaba divorciada y no podían, pero se sentía católica y quería que su hijo hiciera la comunión como todos los niños de su edad. A aunque a su amigo le importaba un pimiento, habría hecho cualquier cosa por su mujer. En los días siguientes, Suso, aprovechando que era un personaje conocido, contó el caso en la radio, escribió al periódico y movilizó durante un par de semanas a media ciudad contra el cura. El niño no hizo la comunión, pero Suso se ganó el respeto de su gente.

Tras aquel incidente, también se hizo con unos cuantos detractores, sobre todo entre aquellos convencidos de que el único modo de vida aceptable es aquel que sigue la corriente, el que no se sale del camino marcado. Ya se sabe: trabajo normal, familia normal, amigos normales. Nada que ver con Suso y su vida plagada de excesos: alcohol, drogas… y sexo. Cualquier cosa menos normal.

Aún recuerdo las juergas de aquellos primeros tiempos. Sin límites. Eran los años finales de los ochenta, había de todo y era peligroso. No podría enumerar la cantidad de broncas en las que se metió este tarado que me porta, borracho como una cuba o puesto hasta las cejas. Peleas a las que arrastraba a sus colegas, que siempre respondían. Jamás le dejaron solo aunque luego tuvieran agarradas monumentales. Cada uno tenía sus motivos. Todos tenían alguno. Ya os digo que Suso es un buen tío.

También es verdad que con los años (al que viene Suso cumplirá los cincuenta, por más que mienta sobre su edad cuando le preguntan) las drogas se han convertido en algo anecdótico, y aunque sigue bebiendo casi sin control cuando sale de juerga, lo habitual es que no se tome más que unas cuantas cervezas. En cuanto al sexo… más del que a mí me gustaría y mucho menos del que él dice. No lleva bien eso de hacerse mayor. A veces creo que ni siquiera es consciente de ello. Otras, sí. Pero la mayor parte del tiempo se comporta como cuando empezaba en esto de la música, cuando su primer éxito le lanzó a la fama con su banda, cuando todas las mujeres le deseaban y él deseaba a todas. Recuerdo como una pesadilla aquellos tiempos de follar con una chica distinta cada noche. Durante un tiempo, le encantó esa vida y, aunque yo apostaría a que llegó un punto en el que se cansó, tenía una imagen que vender. El sexo en esa época era tan fácil y le gustaba. Pero no todo valía para Suso. No le importó tirarse a la novia de un fan -¡qué buena estaba, joder!- mientras el resto de la banda entretenía al futuro cornudo, encantado el muy idiota con ser el centro de atención. Sin embargo, en otro concierto se dio de hostias con Tino, uno de sus guitarristas, cuando le pilló, borracho hasta el delirio, en el baño de la sala intentando follarse a una cría que no tendría más de dieciséis años. La chica se largó y, desde entonces, Tino era el primero que se ponía al lado de Suso siempre. Nunca volvieron a pegarse. 

Lo del sexo siguió siendo una ruleta rusa -aún hoy me sorprendo de que nunca pillara ninguna enfermedad de esas que hubieran dejado a mi soporte para el arrastre- hasta que a los treinta y pocos conoció a Lena. Una chica preciosa y encantadora que le adoraba. No sé si a él o a su imagen. Pero le adoraba. Y él a ella; mucho más de lo que se imaginaba. Pero al cabo de un año todo se fue al garete cuando le pilló en el camerino follando con una fan que se lo había puesto a huevo. No lo hizo de mala fe, es que salieron así las cosas y Suso nunca supo decir no. Casi le cuesta una enfermedad la ruptura. Los siguientes meses los pasó bebido y drogado, preguntándose cómo le había podido pasar aquello e intentando disimular ante los demás lo tocado que estaba. Descubrió que le gustaba estar enamorado y a partir de ahí empezó su rosario de fracasos amorosos, con las consiguientes depresiones diluidas en drogas y alcohol. Pasados sus cuarenta, yo ya había perdido la cuenta de las decepciones acumuladas, todas cortadas por patrones similares. Mujeres que se enamoraban de la estrella; otras que esperaban cambiarle; algunas que pretendían domarle. Pocas se enamoraban del hombre, pero cuando lo hacían, él no sabía responder. Le costaba mantenerse fiel, asumir compromisos, plantearse el futuro. Así que la acababa cagando. Y vuelta a las depresiones, a los vicios, al sexo fácil. Lo que digo: un asco.

Hace unos siete meses, en un festival de esos de finales del verano, conoció a Norah. Sí, a mí también me pareció un nombre raro. No era el suyo. En realidad se llamaba Rosario, pero eso no vendía en el mundo del rock, así que se lo cambió. Era la vocalista de una banda que estaba intentando abrirse un hueco en el mercado español (sólo habían sacado un disco) y Suso los había invitado a tocar como teloneros casi sin haberles escuchado. Era fácil verle fanfarronear borracho de éxito, pero igual de fácil era que ayudara a todas las bandas que empezaban, apoyándoles, dándoles la oportunidad que él estaba seguro que todos merecían.

Aunque como banda aún les quedaba mucho por crecer, ella tenía una voz especial, rasgada y potente, casi masculina: le recordaba a Ángela, la vocalista de Arch Enemy. Era joven, divertida, preciosa… Y no decía que no a nada. Parecía dispuesta a exprimir la vida. Ese mismo día, mientras el grupo de Norah desmontaba el equipo, ellos dos follaron por primera vez -y como si fuera a ser la última- en un camerino con la puerta atrancada por una silla. Tenía veintisiete años recién cumplidos, unas tetas perfectas, operadas, por supuesto, y un culo de impresión, que yo apostaría a que también estaba operado. Aunque no fuera una belleza al uso, tenía un atractivo especial. Era una mujer por la que perder la cabeza. Y Suso la perdió. Se enamoró como solía hacerlo él, sin medida. Pero algo había cambiado. No sabía qué, pero ahora era diferente.

No pensaba más que en ella y así andaba yo, con mis grabados desgastados y las bolitas flojas. Pero nada, no me hacía caso. A Norah le encantaba mi roce en su piel: siempre encontraba ese punto de placer que la llevaba al éxtasis. Las semanas pasaban y ellos dos seguían su historia, empalagosa hasta el aburrimiento. Y follando a todas horas. Yo olía más a ella que él. A veces pienso que pasaba más tiempo dentro de su cuerpo que fuera. Estaban locos el uno por el otro. No podían imaginarse separados y apenas recordaban cómo había sido la vida antes de estar juntos. No sé cuando dejó de ser sólo sexo. Ella admiraba a Suso por lo que era. Lo que era como músico y lo que era como hombre. Le quería sin exigencias, aceptando lo que le ofrecía y dando lo que tenía. Él la adoraba por su energía, sus ganas de vivir, su sonrisa, incluso cuando todo parecía ir mal. Es cierto que le abrió muchas puertas, pero no se aprovechó de él. Ambos lo ponían todo en aquella historia. Si Norah no estaba, Suso se iba pronto a casa. Escribió temas nuevos, hizo entrevistas, intentó –con escaso éxito- trabajar con el manager para organizar la gira del verano. Y en todo ese tiempo no folló con ninguna otra.

Por suerte para mí, llegó la primavera y con ella, tiempo de bolos para ambos. Norah sabía que muchos de aquellos conciertos tenían la firma oculta de Suso aunque él jamás se lo dijo. Igualmente ella se lo agradecía. Para evitar suspicacias y habladurías, Suso se cuidó mucho de que en ninguno coincidieran sus dos bandas. No es que tuvieran muchos bolos programados (es lo que tienen los tiempos de crisis), pero aún así era un descanso. Lo que me pude alegrar. Pensé que por fin Suso se acordaría de mí y me llevaría a Román, a que repasara los grabados e inscripciones y me ajustara las bolitas. Pero no.

Sería a principios de mayo cuando suspendieron el concierto que la banda de Suso iba a dar en Orense. Norah tocaba ese fin de semana en Córdoba, así que yo me había hecho a la idea de un tiempo de descanso. Error mío. Suso, tan pronto supo lo de la cancelación, sin decir nada a nadie, reservó una suite en el mejor hotel de Córdoba y sacó un billete de AVE. Incluso compró la entrada para el concierto.

Por razones obvias, no pude ver el encuentro en la puerta del camerino cuando acabó el concierto, pero sí que sentí los efectos de la cercanía dentro del pantalón durante un rato. Luego vinieron los bares, las copas, las risas. Serían más de las tres cuando llegamos al hotel. Yo estaba incómodo, tanto tira y afloja por efecto del toqueteo, deseando salir de mi prisión. Aunque hubiera sido mejor no hacerlo. Estaban los dos eufóricos, sospecho que no sólo corría alcohol por sus venas. Se desnudaron con ansia, como si hubieran pasado meses desde la última vez que se vieron, y se lanzaron el uno contra el otro como si el fin de mundo estuviera a la vuelta de la esquina. Lo estaba.
Follaron con desespero, quedándose sin aliento a cada paso, comiéndose en cada beso. Suso se movía dentro de ella con tanta furia que una de mis bolitas finalmente se soltó. Ellos no se dieron ni cuenta, pero el extremo que quedó huérfano se enganchó en su piel, desgarrándola un poco más con cada sacudida. La sangre se vino a unir a los fluidos habituales. Y no paraban, no notaban nada. Hasta que se corrieron en un delirio que les dejó sumidos en un letargo financiado por el cóctel de alcohol y drogas que llevaban en el cuerpo.

Cuando Suso se despertó a la mañana siguiente, lo hizo en el charco de sangre en el que se había convertido la cama. Norah estaba inmóvil, no respiraba. Se había desangrado. Yo no entendía nada. Cómo podía ser, la herida no era tan grande. Si de algo sé un poco es de heridas, y esos rasguños, cierto que al final hubo más de uno, siempre se terminan cerrando al cabo de un rato. No me explico qué pudo pasar.

El lío fue monumental. La policía, el juez, los forenses. Parecía sacado de una película. Y el pobre Suso en un estado de shock terrible. No era capaz de reaccionar en ningún sentido. Acabaron llevándole al hospital para tenerle en observación y bajo vigilancia policial mientras se aclarara el motivo de la muerte. Cuando al día siguiente llegó Tino a buscarle había asimilado algo lo que había pasado y la policía ya debía de saber que Suso no tenía nada que ver con el charco de sangre en el que Norah se dejó la vida.

Los amigos no le dejaron ver la tele ni leer la prensa, pero no lograron impedir que fuera al entierro de Norah. Fue al cabo de tres días, en Barcelona, dónde vivía la familia de ella. 

Vestidos de riguroso negro, Tino y Suso llegaron al cementerio y se mantuvieron alejados, en un discreto segundo plano observando cómo una grúa levantaba un ataúd marrón que contenía lo que quedaba de la mujer a la que más había amado. De la mujer que aún amaba.

Cuando todo terminó, incluso los pésames, abrazos y apretones de mano, Suso seguía inmóvil, casi sin respirar. Y Tino, a su lado, sin moverse tampoco. Se les acercó un chico, como de unos veinte años, y se paró junto a ellos. 

- ¿Tú eras el novio de Rosario, no? - dijo con marcado acento latinoamericano. - Yo soy su hermano Héctor.

Suso asintió sin decir nada. Estaba esperando que se le deshiciera el nudo que le oprimía la garganta.

- Ya ves, -siguió diciendo el muchacho- al final se nos murió por la maldita hemofilia.

- ¿Cómo? -Suso salió de golpe de su estado semicatatónico-. ¿Cómo que hemofilia?

- ¿No lo sabías?

Saber, ¿qué? Era imposible que hubiera muerto de eso. La hemofilia sólo la padecen los hombres. No podía ser.

- Es imposible que Norah muriera de hemofilia, las mujeres no padecen la enfermedad, sólo son portadoras - dijo finalmente.

El chico lanzó a Suso una mirada entre la estupefacción y la lástima. Luego miró a Tino, buscando ver si él sabía algo. No, ninguno de los dos sabía.

- Claro que murió de hemofilia, lo determinó la autopsia. Al principio, pensaron que la habías asesinado tú. Pero no, murió desangrada por unas pequeñas heridas que tenía en la vagina. Lo que aún no saben es cómo se las pudo hacer.

Suso seguía sin dar crédito. Cómo entender que su novia había muerto de una enfermedad que no podía tener. Pero cómo no creer a este chaval que tenía sus mismos ojos. No entendía nada. Y se le notaba. Tanto que el muchacho, compadeciéndose de él, le dijo:

- Me parece que mi hermana no te lo contó todo. Sólo era Norah desde hace ocho años cuando, tras morir mi padre, nos vinimos el resto de la familia a Barcelona para que ella pudiera ser quien era en realidad. En nuestro país aún hay quién llama Rosario a los varones. Como mi padre.



miércoles, 19 de noviembre de 2014

Duelo de reinas


Hay historias que están al alcance de la mano en los libros de Historia. Tan sólo es cuestión de ponerse a contarlas. 




Brunegilda y Fredegunda vivieron en el siglo VI d.C. en los territorios de los francos, situados en lo que hoy es Francia y parte de Alemania, que en aquellos tiempos no existían como países. Era los tiempos del principio del feudalismo cuando no existían Estados en el sentido que hoy tienen, sino una especie de confederación de territorios unidos por juramentos de vasallaje. En los territorios de los francos estas pequeñas unidades territoriales dependían en última instancia de tres reinos (Austrasia, Neustria y Borgoña) y un territorio, más o menos autónomo, que se convertiría en ducado (Aquitania). Brunegilda era la reina de Austrasia y Fredegunda, la de Neustria. Al norte de Austrasia quedaban los sajones (emigrando en aquellos años a las Islas Británicas) y al sureste, los bávaros.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Veintisiete líneas





Cuando, al abrir el correo esa mañana, vio el enlace a la página de opinión de un diario tan amarillo como La Gaceta, le invadió una sensación extraña que se tornó en triste al ver quien lo firmaba. Dudó si leerlo o no mientras, sentada a la mesa de la cocina, echaba azúcar al café humeante, moviéndolo lentamente, al tiempo miraba las portadas de periódicos más serios. Finalmente, volvió a la pestaña en la que mantenía abierto el artículo en cuestión.

Veintisiete líneas. Lo leyó. Despacio, viendo cómo el autor intentaba diluir en un innegable talento, toda la hiel, inquina y misoginia que llevaba dentro y que los ineptos editores del periódico habrían aplaudido creyendo contar con un adepto más a su línea editorial. Quizá incluso le hubieran pagado algo simbólico por un artículo agresivo, ofensivo para las mujeres y que terminaba con una llamada, sutil, esquiva, astuta, una llamada pensada para poder ser negada en caso de ser argüida. Una llamada para ella.

Dio otro sorbo a la taza que sostenía con ambas manos, sintiendo el calor y la fuerza del café no sólo en su boca, sino también en su piel, mientras releía aquellas veintisiete líneas. Una provocación, otra más. Pero ahora, ante el fracaso de sus intentos anteriores, había cambiado de táctica; ahora intentaba provocarla con una llamada a su conciencia, buscando su respuesta a través de un ataque que estaba seguro de que la perturbaría, en un medio que sabía que le repugnaba.

Buscó una galleta, María, de las de toda la vida, dorada, crujiente, deliciosa. Mientras la mojaba pensó que tal vez volviera a estar solo, viendo cómo las semanas, los meses y, sobre todo, los años, le caían encima y se hacía viejo, inmerso en una soledad que le costaba soportar por más que lo negara. Y convencido de estar por encima de que los que le rodeaban, se negaba a admitir que se veía en esa situación por su propia incapacidad de aceptar a los demás como iguales; sin duda era más fácil buscar un culpable. Y siempre lo encontraba: ella, por dejarle; ella, por no volver; ella, por no haberse quedado con él como, en el fondo, esperaba. Olvidaba que él, en un ejercicio de estrategia arriesgado, le abrió la puerta para que se fuera. Calculó mal, la infravaloró… y se marchó. Y, lo que aún era peor: sola estaba mejor que con él… y él lo sabía.

Él creyó poder conjurar esa desazón con nuevas mujeres, pero no. Cuando la primera, agobiada, le dejó, la sustituyó con rapidez por otra... que también le abandonó al poco, como ocurrió con la tercera. Tras cada abandono, buscaba de nuevo la confrontación con ella encontrándose con un muro de silencio e indiferencia cada día más sólido, cada vez más fuerte. Y ahora... un nuevo intento, eso sí, más sofisticado. Pero igual de inútil. Volvió a mirar la pantalla; no pudo -ni quiso- evitar el recuerdo de los buenos tiempos que la llevaron a sentir una lástima infinita por él, nublándole los ojos durante un instante.

Mientras tomaba el último sorbo de café, ya tibio, con ese regusto placentero del final de algo delicioso, cerró la página del periódico e iba a borrar el correo con el enlace, cuando sonó el aviso de un mensaje en el móvil que tenía junto al ordenador. Olvidó el ordenador y miró la pantalla del móvil. Sonrió.

viernes, 17 de octubre de 2014

Premio Infinity Dreams... un juego



A ver si lo hago bien :) Lo primero, poner las reglas... aunque al margen de las mismas, lo primero mi agradecimiento para Pablo Astorga que se acordó de mí para este Premio Infinity Dreams y a Alba Garzón (aunque no he leído su blog, lo haré) por la idea.

Empecemos…

Las reglas son:

1. Agradecer al blog que te nominó
2. Responder a sus 11 preguntas
3. Nominar a blogs
4. Avisar a los blogs nominados
5. Hacerles 11 preguntas



1. Gracias, Pablo, por tenerme en cuenta.

2. Respuestas a las preguntas de Pablo.
1. Cita famosa o palabra que mejor te define.

No se me ocurre ninguna cita ni palabra que me defina. Son tantas las palabras que una lee y se siente identificada con ellas...

2. ¿Prefieres leer libros en papel o digitales?

Papel, aunque no dejo de reconocer lo práctico de los libros digitales. ¿Por qué? Supongo que el puro placer del papel.

3. ¿Te gustaría trabajar en el mundo de la escritura o te gusta más como hobby?

Me gusta como hobby, pero ojalá pudiera ganarme la vida con ello. Sería un sueño poder hacerlo.

4. ¿Qué libro te hizo llorar?

No recuerdo haber llorado con ninguno, aunque sí ha habido muchos que me han emocionado profundamente.

5. ¿Has conocido algún/a escritor/a famos@? Si no lo has hecho, ¿quién te gustaría conocer?

Sí, aunque no sé yo si vale haberlo hecho en el marco de la Feria del Libro de Madrid. Recuerdo a Jose Luis Sampedro, me impresionó estar frente a él, escuchar su voz, mientras firmaba La vieja sirena, que compré para regalar a una profesora de mi hija a la que quería mucho. Un libro maravilloso para una mujer especial.

6. ¿Qué usuario de Google+ visitas con más frecuencia?

Pues la verdad es que no me apaño muy bien con esto de Google+, pero el blog que más visito es el de mi amigo Jose M. Bartolomé: Lo juro por mi tatuaje. Muy, muy recomendable.

7. ¿Dirías que la escritura ha mejorado tu vida o no ha cambiado gran cosa de ella?

La escritura -al igual que la lectura- me ha dado vida.

8. ¿Cómo describirías tu blog en pocas palabras?

Un espacio íntimo y compartido a la vez.

9. ¿Has participado en algún concurso literario?

Sí, en alguno. Ahora mismo estoy a la espera del fallo de un par de ellos. A ver qué pasa.

10. ¿Cuánto tiempo hace que comenzaste a escribir?

Ufff, tanto tiempo que casi ni lo recuerdo. Pero más de veinte años, seguro.

11. ¿Que es lo que más te gusta de mi blog? (Blog de Pablo)

Los poemas. Me parece tan difícil escribir poesía que los blogs de poemas me encantan.

Mis blogs nominados son:

  1. Lo juro por mi tautaje
  2. La lunática de tu vida
  3. Suspiros en violeta
  4. La oscura realidad
  5. El rincón de Pepe Gallego
  6. Alfredo Cernuda
  7. Mis desayunos contigo
  8. Mensajes con sentido

Mis once preguntas.

1. ¿Por qué tienes un blog?

2. ¿Te sientes cómod@ en el mundo en el que vives?

3. ¿Qué libro te marcó?

4. ¿Por quién o por qué estarías dispuesto a morir?

5. Cuando escribes, ¿de qué hablas en realidad?

6. ¿Cómo te imaginas con 80 años?

7. Si supieras cuándo vas a morir, ¿qué libro releerías antes de irte?

8. ¿Eres o estás? (No valen las dos opciones: hay que elegir).

9. Nombra a tres escritores que te arrastren en sus historias.

10. ¿Crees en algo?

11. ¿Cómo sería tu vida si no pudieras ni leer ni escribir?
Ahora, lo más complicado… intentar avisar a los nominados a través del Google+ o cómo pueda :) 


domingo, 5 de octubre de 2014

La tía Julia






Nunca preguntes a un hombre qué piensa. Este fue el primero de los consejos que me dio la tía Julia cuando fui a lloriquearle y no metafóricamente hablando. Acababa de cumplir 38 años y me sentía terriblemente mal después de mi último fracaso amoroso. Ya ni recordaba cuántos iban. Con mi madre nunca he podido hablar de esto -aún no me he atrevido a decirle que he roto con el que ya es mi último ex- pero la tía Julia es distinta. Siempre está dispuesta a escuchar y su vida es diferente a las de las otras mujeres mayores que yo conozco. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Ni olvido, ni perdón






Me llamo Lucía Garrido Areces, tengo 62 años y hoy voy a asesinar a un hombre. Se llama Daniel Antúnez Retuerta, nació en Mahón y si no fuera a morir hoy, este año cumpliría los 46 en noviembre, el día 16. Lleva once años, once meses y treinta días en la cárcel de Mallorca, por lo que hoy le soltarán al haber cumplido su pena: los doce años que le impusieron por matar a mi hija. 

Lorena siempre fue una criatura maravillosa, desde bebé. Sus rizos rubios, sus ojillos verdes, su sonrisa perenne. Todo el mundo la adoraba. Le gustaban los cumpleaños, los suyos y los de los demás. No había fiesta en la que no cantara a pleno pulmón ni regalo que no le cortara la respiración. Y al crecer, siguieron encantándole esas fiestas, prepararlas, comprar regalos, pensar en la tarta. Nunca he visto a nadie disfrutar tanto. Ahora tendría cuarenta y uno, pero no llegó a cumplir los treinta. 

Llevo doce años, ocho meses y once días planeando el asesinato que voy a cometer hoy. El juicio fue relativamente rápido: las pruebas fueron concluyentes y admitió haberla matado en un ataque de ira. No hay día que no recuerde el informe en el que se contaba cómo la encontraron. Los detalles de los daños de la violación, los golpes que recibió antes de morir, cada herida, cada hematoma, cada parte de de su cuerpo roto o desgarrado. No me dejaron verla, pero todo estaba en el informe. Después de tanta tortura, la mató de un golpe en la nuca cuando estaba ya inconsciente con la barra de hierro de anclar el volante del coche. Roja. Como la sangre seca de mi hija de la que estaba cubierta cuando la mostraron en el juicio como prueba: el arma del crimen. Nunca me he creído que no fuera premeditado, nadie sube a su casa la barra de anclaje del coche, nadie se ensaña tanto. Yo sé que lo había planificado. Ella era demasiado para él. Lo sabía y no podía soportar la idea. 

A los dieciocho años Lorena se matriculó en Periodismo. Sabía que sería una maravillosa periodista, aunque nunca hubiera sido una estudiante destacada. Pero le gustaba. Le gustaba casi más que los cumpleaños. Fue en aquellos tiempos de facultad cuando conoció a Daniel. Tengo que reconocer que era guapo, muy guapo, y ejercía de ello. De hecho, cuando me lo presentó, pensé que qué vería en ese chico aparte de la guapura. Estudiaba Periodismo tras haber fracasado en Derecho y, aún así, rápidamente quedó atrás. Pero algo debía ver porque estaba loca por él. Nunca lo entendí.

Seguramente Daniel no sabe que hoy va a morir. Seguramente esté tan contento, pensando que deja atrás su pasado. Seguramente cree que tiene toda la vida por delante. Pero yo no lo voy a permitir. Llevo doce años, ocho meses y once días esperando este momento, al acecho todo este tiempo. Lo sé todo de él. Y me ha costado, vaya sí me ha costado. Sé que ha terminado Derecho, en la UNED; que ha asistido a terapia de rehabilitación; que ha trabajado estos años y colaborado en muchas actividades de la cárcel en relación con la concienciación sobre la violencia de género. Pero a mí no me engaña, yo sé que no está rehabilitado, sé que sigue siendo un hijo de puta. El hijo de puta que asesinó a golpes a mi niña.

Recién terminada la carrera, con veinticuatro años, Lorena se casó con Daniel, que había abandonado hacía un par de años los estudios y trabajaba en el negocio familiar, una sastrería masculina. Su padre es un sastre reconocido, pero los hijos -Daniel y su hermano Xisco- no tenían ese talento. Así que ambos estaban de dependientes, aunque Daniel pasaba más tiempo en el bar que en la tienda, lo que traía problemas entre los hermanos. Aún así el negocio daba para que los tres mantuvieran un buen nivel de vida. Lorena, tras un año llamando a todas las puertas, encontró trabajo en un diario local, no muy bien pagado, pero su idea era hacerse un lugar en la profesión y sabía que tenía que ir poco a poco. Y así, al cabo de un par de años, consiguió que la llamaran para la sección de local de El Mundo. Siempre aspiró a más, ir a Madrid, pero no pudo pasar de ahí. Tenía casi veintisiete años cuando empezó en su nuevo puesto. 

Soy funcionaria. Desde que aprobé la oposición, trabajé en Tráfico, pero a los tres años de terminar el juicio, pedí el traslado a Instituciones Penitenciarias: desde allí tendría acceso a toda la información que necesitaba. Esperé para que no hubiera sospechas. Acababa de separarme y aunque no tuviera que dar explicaciones oficiales, fue la excusa perfecta para no coincidir con mi ex marido que también era funcionario en Tráfico. Él no fue capaz de entender mi dolor y todo se enfrío entre nosotros. Sin Lorena, nada nos unía y no iba a dejar que un papel nos atara. Nuestras vidas ya no tenían puntos en común. Él quería pasar página; yo no podía olvidar. No le hablé de mis planes, por supuesto. En mi nuevo destino, poco a poco, me fui enterando de la situación de Daniel, de sus “progresos”. 

Los dos primeros años de matrimonio de Lorena fueron tranquilos. Nos veíamos con frecuencia y los dos solían apuntarse a todas las fiestas familiares. Salían con los amigos, iban al cine, viajaban en vacaciones… todo parecía normal. Pero cuando Lorena cambió de trabajo, cambió todo. Al principio, seguían con su ritmo normal, pero discutían constantemente y delante de todo el mundo. Daniel no soportaba que su mujer empezase a tener éxito, el éxito que él jamás conseguiría. La envidiaba, lo sé. Envidiaba su valía, sus ganas, su esfuerzo. Más de una vez, el padre de Lorena tuvo que intervenir, hasta que un día que la insultó delante de nosotros, mi ex marido le echó de casa y le prohibió volver. Y dejaron de venir. Los dos. Yo apenas veía a mi hija, que empezó a recluirse en el trabajo y su casa. Las pocas veces que la veía, la sentía agotada, triste, apagada. La última vez que hablamos la pregunté si era feliz. No lo era, no hacía falta ser un lince para darse cuenta, pero me dijo que quién era feliz en realidad. Intenté convencerla de que le dejara, que era muy joven, que empezara de nuevo. Pero no parecía escucharme o no tenía ya coraje para hacer nada. Un mes y doce días después, la mató.

Desde las ocho de la mañana estoy frente a la salida del centro penitenciario. Su excarcelación estaba prevista para la mañana, sin hora concreta, así que espero. Han pasado casi tres horas y parece que hay movimiento en la garita de la entrada. Veo que a lo lejos viene caminando un hombre. Es él. En el suelo de los asientos traseros tengo preparada la escopeta con la que voy a matarle. Es de mi hermano y no creo que tenga ningún problema porque cuando me detengan diré la verdad: que se la robé. Sé que no tiene mucho alcance, no más allá de unos ochenta metros, pero estaré cerca. Quiero ver la cara de ese hijo de puta cuando muera. 

En el entierro de Lorena pude hablar con algunas de sus amigas y compañeros de trabajo. Hacía algún tiempo que habían perdido el contacto. Aún así la habían visto más que yo. Por ellos pude enterarme de cómo mi hija se esforzaba por disculpar a Daniel cuando la vejaba e insultaba delante de los amigos; de cómo el espeso maquillaje, en demasiadas ocasiones, no conseguía ocultar los moratones; de cómo en los últimos meses había tenido hasta cuatro bajas por accidentes domésticos. Me enteré así de que a mi hija la maltrataba y violaba un cabrón miserable que no podía soportar que ella valiera. 

Le veo acercarse a la verja que le separa de la libertad. Tengo el arma montada y he estado practicando estos últimos meses con mi hermano con la excusa de necesitar distraerme para sacudirme la depresión perpetua en la que me he instalado. Le veo entregar los papeles al guardia de la puerta. Al tiempo que se abre la verja, yo salgo del coche. Le distingo perfectamente. Tiene menos pelo, algo de barriga, pero sigue siendo un hombre guapo. Abro la puerta trasera y cojo la escopeta. Es una Browning B525 ligera, menos de 3 kilos y la conozco bien. Además, tengo una puntería extraordinaria: la práctica, que hace mucho. Estamos cada uno en una acera, pero no me ha visto. Está distraído porque acaba de ver a su hermano que le hace señales desde su coche. En ese momento pasa un coche y se para dejándole pasar. Es un blanco perfecto. Apunto mientras me acerco. Veo con el rabillo del ojo que los policías ya me han visto. Tengo apenas un minuto. El corazón. No. Bajo un poco el arma. El vientre. No. Bajo un poco más. Ahora sí. No sé si morirá, es muy posible. Sufrir, sufrirá seguro.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Ivana






El mundo, el que soberbiamente se llamaba primero, aquel de los bloques que se decía rico y se creía invencible; el de los viajes espaciales y de la sofisticación armamentística, de la investigación y los planes estratégicos; el mundo que vivía el final de la Guerra Fría y de las películas de espías, se crecía ante sí mismo y ante los demás. Era el tiempo de la ciencia y la tecnología, cuando ambas se paseaban por el mundo con orejeras que no dejaban ver lo que pasaba en ese momento ni predecir lo que ocurriría en el futuro. Hasta que estalló en el presente, en aquel presente.

Primavera del 86. El Cometa Halley acababa de pasar lo más cerca que estaría de la Tierra en los siguientes 76 años y el feminismo lloraba la muerte de Simone de Beauvoir. Todo todo quedó olvidado ante Chernobil, el desastre por antonomasia, la constatación de la vulnerabilidad y la indefensión de la gente corriente. El mundo se estremecía ante el desastre y el miedo. Chernobil estaba lejos, pero la nube tóxica avanzaba. Mucho más lenta que el miedo, pero ahí estaba, moviéndose. 

Mientras el miedo invadía Europa, en Pripyat, Ivana daba sus primeros pasos, tambaleantes y torpes, pero firmes. En medio de aquel desastre, agarrada al índice de su madre empezaba a recorrer por sí misma un mundo que no podía concebir más allá del cuadrado de parque en el que se movía. El parque de Ivana era un espacio de arena rodeado de una valla de colores en un pequeño parque rodeado de casas bajas con ventanas pintadas de azul y rodeadas de jardineras con enredaderas y flores de colores. A un lado del parque, un tobogán; al otro, un columpio; y en el centro, arena. Un pequeño mundo lleno de voces, empujones, risas, lloriqueos y achuchones. Un parque lleno de vida.

Al principio, aquella tarde del 26 de abril simplemente parecía una tarde algo nublada pero como no llovía ni hacía frío el parque siguió lleno de niños jugando y mamás charlando. E Ivana dejaba el dedo de mamá para dar su primer paseo en solitario. Sólo tres pasos, pero fueron los primeros. Cayó de bruces y con la boca llena de tierra se puso a llorar con desconsuelo. Pero tan pronto la limpió su madre, volvió a la carga: cinco pasos, siete, doce… 

A la caída de la noche Ivana, tras el baño y la cena, cayó agotada. La despertaron de madrugada los brazos de su padre que la envolvían en una manta. Se resistía a despertar mientras subían a un autobús junto con todos los vecinos del pueblo que, más o menos ordenadamente, lo abandonaban. Había un olor extraño y lo que parecían nubes inofensivas, venían cargadas de muerte. Nadie lo sabía aún.

Ivana despertó en un gimnasio de Maguilev, y los sesenta y siete días que estuvo allí le sirvieron para terminar de aprender a andar. Caminaba segura entre colchonetas y mesas de camping, vigilada por su madre y por las otras madres, jugando con otros chiquillos. No sólo andaba, también hacía sus pinitos corriendo e intentando subir a sillas, bancos o cualquier otra cosa que estuviera a su altura. Ivana no percibió las incomodidades, ni sintió el dolor de las pérdidas, ni vivió el miedo de la incertidumbre. Ella sólo jugaba y reía. 

Minsk fue su siguiente paso. Allí empezaron de nuevo sus padres, en casa de los abuelos, con un trabajo nuevo, una nueva vida. Tendría poco más de tres años cuando empezaron a salirle cardenales. Entraba dentro de lo normal, no paraba ni un segundo. Estaba muy pálida, pero supusieron que era porque se parecía a su madre. Pronto vieron que algo no iba bien. Ivana empezó a no querer salir a la calle. Ya no tenía fuerzas para jugar, había perdido el apetito y estaba triste. No tardaron en llegar la fiebre y las náuseas y, al tiempo que los moratones le aparecían por todo el cuerpo, le salieron pequeños bultos en las axilas y en el cuello que pronto se extendieron a la barriguita y a las ingles.

Empezó el peregrinar de un médico a otro, la sometieron a tratamientos que la dejaron calvita y agotada, pero las largas estancias en hospitales no conseguían mejora alguna. Ivana se consumía sin entender qué le pasaba. Sus padres, sus abuelos, los médicos sí lo sabían. Ya no podía ir al colegio, ni tenía ganas de jugar; no quería correr, ni saltar, ni siquiera andar. Ivana solo quería dormir y que se le quitara el dolor. Porque todo le dolía a todas horas. Sobre todo eso, quería que el dolor se fuera.

Y llegó el tiempo en que Ivana veía a su madre siempre triste y llorando a escondidas cuando creía que ella dormía; la abuela también lloriqueaba. Y aunque la niña no lo viera, a los hombres el llanto les corroía desde dentro. Pasaban los días e Ivana apenas podía moverse, cada vez le costaba más respirar. Hasta que, con la entrada de la nueva década, dejó de hacerlo.