Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Duelo de reinas


Hay historias que están al alcance de la mano en los libros de Historia. Tan sólo es cuestión de ponerse a contarlas. 




Brunegilda y Fredegunda vivieron en el siglo VI d.C. en los territorios de los francos, situados en lo que hoy es Francia y parte de Alemania, que en aquellos tiempos no existían como países. Era los tiempos del principio del feudalismo cuando no existían Estados en el sentido que hoy tienen, sino una especie de confederación de territorios unidos por juramentos de vasallaje. En los territorios de los francos estas pequeñas unidades territoriales dependían en última instancia de tres reinos (Austrasia, Neustria y Borgoña) y un territorio, más o menos autónomo, que se convertiría en ducado (Aquitania). Brunegilda era la reina de Austrasia y Fredegunda, la de Neustria. Al norte de Austrasia quedaban los sajones (emigrando en aquellos años a las Islas Británicas) y al sureste, los bávaros.

miércoles, 22 de enero de 2014

Si alguna vez alguien creyó en algo...




… ese fue Heinrich Schliemann. Para quienes no lo conozcan, él fue el que descubrió las ruinas de Troya y desenterró los tesoros de Micenas. En definitiva, el que situó en la realidad lo que, hasta entonces, sólo había sido un mito: los hechos que se narran en la Iliada y la Odisea.

Schliemann nació en 1822 y aunque se suele decir que era alemán, no es del todo cierto ya que Alemania no existía en aquellos tiempos (hasta 1870 Alemania -al igual que Italia- sólo era un concepto geográfico, no político). Schliemann nació en la belicosa Prusia y vivió en un tiempo histórico convulso (guerras, revoluciones, juegos políticos, industrialización...), aunque a él no le afectó: tenía otros intereses y otros objetivos, también en consonancia con un siglo marcado por los descubrimientos.

Hijo de un pastor protestante, desde muy joven se interesó por el mundo homérico. El propio Heinrich relata en su autobiografía que su padre le regaló un libro de Historia con un grabado que mostraba a Eneas huyendo de Troya cargado con su padre, Anquises, y acompañado de su hijo Ascanio. Le impresionó tanto la imagen que, aunque su padre le aseguró que tal hecho no era histórico sino legendario, él se resistió a creerlo.

Tras la muerte de su madre, el padre de Heinrich se arruinó y él tuvo que ponerse a trabajar en una tienda. Allí conoció a un estudiante que le recitó versos de Homero en griego que le impactaron tanto como el libro que le había regalado su padre, aún cuando todavía no conocía el idioma. A partir de entonces los objetivos de Schliemann serían aprender griego y hacer fortuna para poder buscar Troya. Y consiguió ambas cosas. 

En los años siguientes, Schliemann aprendió no sólo griego, sino otros catorce idiomas más; se casó con una rusa; viajó por todo el mundo, incluso a lugares tan lejanos como América, India o China, aprendiendo cosas nuevas hasta que con 44 años se trasladó a París, donde se matriculó en la Sorbona para estudiar Ciencias de la Antigüedad. Dos años después visitó Grecia por primera vez y fue entonces cuando empezó su verdadera vida: liquidó todos sus negocios (era ya multimillonario) y se dedicó a la arqueología. Como su mujer no quería seguirle en esa aventura, se divorció de ella y encargó a su amigo el obispo de Mantinea que le buscara una mujer griega a la que también interesara la arqueología. Fue así como conoció a Sofía, una joven de 17 años (treinta menos que Schliemann), con la que tuvo dos hijos (Andrómada y Agamenón) y que le acompañó durante el resto de su vida.

Así, a partir de 1868, Heinrich se dedicó por completo a su gran pasión: la Antigüedad Griega. Con la Iliada en la mano empezó a buscar Troya. Tras desechar distintos emplazamientos por falta de coherencia con el texto homérico, empezó a excavar en una colina de Turquía llamada Hissarlik: en 1870 aparecieron distintos niveles de ruinas de una ciudad destruida en repetidas ocasiones. Aunque posteriormente el estrato que Schliemann identificó como la Troya protagonista de La Iliada se ha demostrado que no era el correcto, lo cierto es que encontró la Troya de La Iliada. 



Pero quedaban más sorpresas en esas excavaciones ya que encontró lo que él llamó el "Tesoro de Príamo": un espectacular hallazgo de joyas de oro y otros objetos. Tras adornar y fotografiar a Sofía con las joyas, Schliemann trasladó el Tesoro a Berlín, donde lo depositó en el Museo de Artes y Oficios. Se dice que se lo llevó ilegalmente aunque otros dicen que no: de hecho los turcos le concedieron permisos posteriores para seguir excavando. Tras la invasión rusa de Berlín al finalizar la II Guerra Mundial, el Tesoro de Príamo desapareció del museo berlinés, reapareciendo en Moscú muchos años después, donde sigue actualmente, expuesto en el Museo Pushkin de esa ciudad. Rusia afronta la reclamación de Alemania para su devolución, pero supongo que como todos estos asuntos, será algo que quede sin resolver.

No obstante, la Iliada no acababa en Troya, así que en 1874 Schliemann se trasladó a Grecia donde empezó a excavar buscando las patrias de Agamenón y Menelao (hijos del rey Atreo de Micenas), Ulises (rey de Ítaca), Aquiles (hijo del rey Peleo de Tesalia), Menelao (rey de Esparta)... Y, finalmente, en Micenas, aunque sus ruinas ya eran conocidas -Lord Elgin se había llevado al Museo Británico parte de la fachada del Tesoro de Atreo-, Schliemann encontró de nuevo un gran tesoro, tanto arqueológico como de objetos.

Basándose ahora en la Descripción de Grecia de Pausanias, Schliemann excavó una serie de tumbas reales conocidas como Círculo A, buscando el Tesoro de Agamenón. Y lo encontró. Bueno, quizá no fuera del propio Agamenón, pero ese es un detalle insignificante al lado de la riqueza de las tumbas (con cadáveres y todo) y de los ajuares funerarios que Heinrich encontró allí. Por encima de todo destaca la conocida como Máscara de Agamenón (que, en realidad es unos tres siglos anterior a Agamenón), conservada en el Museo Arqueológico de Atenas.

Pero Schliemann no se paró aquí sino que siguió excavando: Ítaca, Orcómeno, Tirinto, Olimpia, Troya en varias ocasiones más..., aunque ya ningún hallazgo tendría la espectacularidad de lo que ya había encontrado. En 1890, mientras visitaba las ruinas de Pompeya y preparaba una excavación en Cnossos, murió repentinamente. Su colaborador Dörpfeld le dedicó esta frase de despedida: "¡Descansa en paz: ya has hecho bastante!"

Si hay algo por lo que admiro a Schliemann -entre otras muchas cosas- es por su capacidad y su fuerza para perseguir su sueño, su ilusión, su corazonada, siempre con determinación. No importa que, como se ha demostrado posteriormente, no acertara en las atribuciones que hizo de sus hallazgos arqueológicos; lo verdaderamente importante es que gracias a él, a su pasión, a su audacia, a su resolución, se ha podido conocer mejor la edad oscura de la Historia de Grecia, que la ficción a veces esconde posos de realidad y que los sueños no siempre son inalcanzables. 



jueves, 9 de enero de 2014

Los orígenes (IV y final)




Y por fin, llegamos a la Historia nosotros, los Homo sapiens, seres soberbios convencidos de ser el centro del universo y los reyes de una supuesta creación cuando, en realidad, tan sólo somos una etapa más en la evolución de las especies. Quizá la consciencia de finitud no gustó a nuestros ancestros y para ello, yendo un poco más allá de lo que fueron los neandertales (que recordemos que enterraban a sus muertos al tiempo que les rendían un cierto culto), inventaron una serie de espíritus y dioses que explicaran lo que a ellos les resultaba inexplicable (después, la ciencia lo ha ido explicando casi todo) y para que dieran un sentido trascendente a la vida humana; trascendencia que quizá no sea tal. Pero no nos adelantemos, que nuestros pobres sapiens primitivos bastante tenían con sobrevivir. 

Allá por el 160.000 BP (que significa before present, una nueva forma de datación arqueológica que establece 1950 como presente sustituyendo la datación tradicional de a.C., antes de Cristo), mientras Europa era tierra de neandertales y Asia de erectus modernos, los Homo ergaster que habían quedado en África habían evolucionado tanto que se habían transformado ya en otra especie: el Homo sapiens, eso sí, en un estadio aún muy primitivo y, por tanto, algo diferente de los sapiens actuales, que somos nosotros. Estos nuevos individuos africanos, ante un importante crecimiento demográfico y una disminución de los recursos en la zona en la que vivían debido -otra vez- a los cambios climáticos (poco a poco se empezaban a retirar los hielos del norte lo que suponía una disminución importante de las lluvias en África, disminuyendo la selva y los recursos alimenticios), se pusieron de nuevo en marcha y abandonaron África para, esta vez sí, extenderse por todo el planeta.





Por supuesto hay quienes se niegan a admitir el origen africano de la especie (esto supone que la especie humana actual deriva de individuos negros que, por adaptación evolutiva, al estar lejos de las zonas donde los rayos solares inciden con mayor fuerza, fueron perdiendo la melanina y se convirtieron en individuos de pieles más claras) y han llegado a desarrollar teorías que rechazan la de la Eva Negra (¡qué nombre tan poético para una teoría científica!) que es como se conoce a esta hipótesis de un único origen para toda la especie. La teoría alternativa (multirregional) supone que las distintas razas surgieron de distintas especies: así los negros descendería de los ergaster evolucionados, los orientales de los erectus y los caucásicos, de los neandertales. Sin embargo, la ciencia se ha empeñado en negar esta posibilidad no sólo por el estudio formal de los huesos, la distribución y frecuencia de los fósiles en el espacio geográfico, sino por el análisis del ADN. Pero no el del ADN ‘normal’, ese que tenemos en los núcleos de todas y cada una de nuestras células, sino el análisis del ADN mitocondrial, que únicamente se transmite por vía femenina, y más concretamente, por el estudio de las variaciones que se producen en él. Si he de ser sincera, no he llegado a entender por completo los mecanismos científicos de esta cuestión (que son complejísimos para alguien sin formación científica sólida, como yo) pero en síntesis lo que se infiere de las conclusiones de los estudios realizados en muestras amplias de población de todos los continentes, es que toda la especie humana tiene un origen común en una mujer africana, desechando la teoría multirregional, que tiene cada vez menos adeptos en el mundo científico y más entre los que se siguen negando a admitir un origen africano para la especie y siguen creyendo en las diferencias raciales.

Así pues, tenemos ya a nuestros antecesores dispuestos a moverse por el mundo, con una tecnología mucho más evolucionada, al igual que sus estrategias sociales y de aprovisionamiento de alimentos y de materias primas, lo que les permitirá explotar con éxito los distintos medios en los que se instalan. Y se mueven siguiendo una ruta que, desde la zona del valle del Rift les lleva hasta la franja palestina y Oriente Próximo, desde donde a su vez se reparten hacia el este (Asia) y hacia el oeste (Europa). A lo largo de los siguientes milenios los Homo sapiens irán aumentando de número y colonizando distintos territorios por Asia y Europa. Hace unos 25.000 años llegarían hasta el estrecho de Bering (el punto de encuentro entre Siberia y América), congelado en esos tiempos, pasando desde ahí a América. Cualquiera que observe a los americanos autóctonos (los pocos indígenas que aún sobreviven, tanto del norte como del sur) verá que tienen mucho mayor parecido con los asiáticos que con los caucásicos europeos o los negros africanos y esto se debe a su tardía colonización por individuos que ya habían adquirido rasgos orientales a lo largo de su evolución dentro de la especie.

Las sociedades de Homo sapiens también estaban mucho más evolucionadas y cohesionadas socialmente que las de sus predecesores, con una clara división de las tareas de forma que cada uno hiciera lo que mejor pudiera, una jefatura más organizativa que otra cosa, una distribución eficiente de los espacios (por ejemplo, donde se dormía no se descarnaba ni se cortaba la caza), la protección y cuidado de los indefensos y de los débiles, etc. Esto permitiría la formación de grupo tribales de mayor tamaño (los neandertales se movían en grupos de unos 20 individuos, mientras que los grupos de sapiens podían llegar a superar los 50) con las innegables ventajas que ello tenía en las partidas de caza o en la protección del campamento. Por no hablar de que evitaban aparearse entre ellos, con lo que los nuevos miembros de las tribus se veían libres de los efectos nocivos de la endogamia, lo que permitía un crecimiento poblacional importante, que se expandía (muy poco a poco: se tardaron miles de años) por todo el planeta.



También el mundo ritual de los Homo sapiens era más complejo, al igual que su cerebro. El lenguaje articulado era cada vez más eficiente, mucho más que el de otras especies, por lo que pueden poner en común estrategias de colonización, de caza y aprovisionamiento de materias primas, enseñanza de técnicas y trabajos y, en general, todo tipo de experiencias e historias, no sólo prácticas sino también espirituales. Porque es con nuestra especie con quien nace la espiritualidad surgida de la necesidad de explicación de los fenómenos naturales incomprensibles además de la necesidad de trascendencia que he mencionado antes. Al principio, posiblemente se recurriría a alguna especie de ‘espíritus’ para poder explicar fenómenos como la lluvia, los rayos, la luz, la noche…, pero llegó un momento en que hubo necesidad de entender la vida y la muerte, por lo que hubo que dar mayor poder a estos ‘espíritus’, que se convertirían en seres superiores o dioses. Todos estos fenómenos se percibían como externos por lo que debían haber sido causados por ‘algo’ y a ese ‘algo’ era al que iban dirigidas las pinturas propiciatorias buscando favorecer la caza o aumentar la fertilidad. Es el momento en el que nace el Arte, si bien los hombres prehistóricos no lo entendían como nosotros, sino como algo con una finalidad práctica bien clara: favorecer a los espíritus, dioses o lo que fuera, para que tuvieran suerte en las partidas de caza o las mujeres se quedaran embarazadas.



No podemos pensar en que el lenguaje o el arte primitivo eran meras anécdotas en la vida de las tribus primitivas, ni ignorar el peso que tuvo su evolución en el mundo que vivimos nosotros hoy. Gracias al lenguaje y al arte, los hombres más avispados, que probablemente fueran los más inteligentes del grupo, supieron convencer a los demás de que eran capaces de hablar con los espíritus: sí, con esos espíritus que controlaban el éxito en la caza y la fertilidad de bosques, animales y mujeres; esos primitivos chamanes supieron hacer creer a sus congéneres que ellos tenían el poder de hablar con la divinidad y los espíritus (para lo que no escatimarían ningún tipo de conocimiento, bien de hierbas, bien del comportamiento humano) y, por supuesto, eso les requería tales esfuerzos que les impedía trabajar como los demás en la recolección, la talla o la caza. De estos chamanes primitivos a los sacerdotes, imanes, pastores y gurús diversos de la actualidad, hay sólo una pequeña diferencia de vestimenta, porque en el fondo no dejan de ser lo mismo: una serie de personas que viven sin trabajar a costa de la ignorancia de los demás. 


Lo que ocurre es que hoy ya han pasado varios miles de años y esas creencias se han consolidado y han pasado al acervo colectivo sin que, de forma generalizada, se cuestionen de un modo lógico y racional, y así nos encontramos con personas inteligentes y formadas que creen de verdad en la existencia de un ser superior (y los hay que, con la mejor de las intenciones, dedican su vida a poner en práctica unas doctrinas complejísimas que han surgido de mezclas eclécticas de distintas historias), con personas excelentes y muy válidas que están seguros de que hubo un dios todopoderoso que nos creó a su imagen y semejanza; aunque también hay gente malvada que se aprovecha de los demás en su propia búsqueda del poder que da el dominio de la conciencia. Pero, en mi opinión, pocas veces se podrá ver un ejercicio de soberbia de semejante calibre: creerse el centro del mundo y creados ex profeso para dominar el planeta. Y esa soberbia de creerse el ‘rey de la creación’ lleva en muchos casos a despreciar al resto de los seres vivos, cuando en realidad nunca deberíamos olvidar que los humanos somos un bicho más de la Naturaleza: los más evolucionados de los primates, pero del mismo modo que, quizá, el águila lo sea de las aves, el tigre de los felinos y la sardina de los peces. Dudo mucho, muchísimo, que nadie nos creara de la nada, ni que surgiéramos de la mente de un ser superior, ni que nuestra vida esté determinada por los caprichos de alguien que establece lo que es bueno o malo. Desde luego es mucho más creíble que la vida surgiera del sometimiento de distintos materiales inorgánicos, presentes en el universo en general y en la Tierra en particular, a condiciones atmosféricas especiales que de la mente de un dios que, sin motivo aparente (ni mucho acierto, para qué mentir), decidiera crear un mundo. De verdad que si se para uno a pensar esto de forma fría, es de lo más absurdo que puede haber.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Los orígenes (III)





Lamentablemente, las especies de las que hablé en mi anterior post estaban destinadas a sucumbir también. Los erectus en Asia y los ergaster africanos, habitantes de nichos ecológicos que no sufrieron los grandes cataclismos derivados de las glaciaciones sino tan sólo ajustes del nivel de pluviosidad, sobrevivieron prácticamente hasta su sustitución por Homo sapiens, pero en Europa, las cosas fueron diferentes. Una gran parte de Eurasia (y también de América del Norte, lo que no es relevante para nuestro asunto ya que en el continente americano no había ninguna especie de humanos en esa época) quedó cubierta por el hielo, por lo que la población se concentró en el sur del continente y aún ahí tuvieron que adaptarse a unos fríos inimaginables. El Homo antecessor dejó paso al Homo heidelbergensis y éste al Homo neanderthalensis, siendo estos últimos los únicos europeos autóctonos de verdad, ya que el Homo antecessor era de origen africano; es más, estas dos especies únicamente se desarrollaron en Europa. 



Los heidelbergensis y sobre todo sus sucesores, los neandertales, eran individuos muy robustos y perfectamente adaptados al durísimo clima de la Europa de las glaciaciones. Eran inteligentes y además de desarrollar una tecnología (musteriense) muchísimo más avanzada que la de sus predecesores que requería importantes estrategias de planificación, se cree -tras estudiar sus órganos fonadores y la forma de algunas partes del cráneo, en concreto las que están en contacto con la parte en la que se ubica el control del lenguaje- que tenían capacidad para haber desarrollado un lenguaje articulado, que no necesariamente sería como el nuestro, pero sí que les serviría para transmitir sus pensamientos y emociones. Y es que los neandertales ya tenían un conocimiento o intuición de la muerte y de la trascendencia, lo que se muestra no sólo porque enterraran a sus muertos, sino porque esos enterramientos iban acompañados de rituales funerarios, como ofrendas de flores, de ajuares de objetos o huesos de animales, ceremonias con cráneos manipulados y pigmentos, etc. No sólo eran plenamente conscientes de la diferencia entre la vida y la muerte y del carácter definitivo de esta última, sino que al igual que nosotros, se negaban a creer que todo acabase con el hecho de morir, motivo por el que desarrollaron las ceremonias funerarias y el culto a los muertos. Los Homo sapiens, no contentos con el culto a los muertos, fuimos un poco más allá e inventamos a los dioses.




Pero volviendo a los neandertales, una de las cuestiones más interesantes fue la de su desaparición. No faltan quienes hablan de una extinción masiva a manos de una nueva especie, si no más fuerte (ninguna especie humana, salvo quizá algunos heidelbergensis, ha tenido mayor fortaleza física que los neandertales) sí más efectiva, los Homo sapiens, recién llegados de África y con quienes convivieron varios miles de años, pero no parece que hubiera grandes matanzas de neandertales. Más bien parece que los neandertales se extinguieron porque se vieron relegados a las zonas menos ricas en recursos, ya que las mejores fueron ocupadas por los nuevos pobladores, que traían una tecnología mucho más efectiva y una organización social más cohesionada. Y lo que se ha vuelto a descartar por completo en los últimos estudios arqueológicos y biológicos, es que hubiera ningún tipo de intercambio genético duradero (es decir, que entre los humanos actuales nadie tiene genes de neandertal) entre las dos especies, lo que no significa que no se hubieran apareado entre sí, aunque, por supuesto, sin poder conseguir descendencia fértil.

La llegada de nuestra especie y su expansión por el mundo tendrá que esperar a la siguiente entrega.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Los orígenes (II)

Koobi Fora (Kenia). Hogar de los primeros Homo.

Retomando el anterior post, sería hace unos dos millones de años cuando surge el primer representante del género Homo: el Homo habilis. Los habilis eran unos tipos chiquititos, de apenas metro y medio, con rasgos bastante simiescos y con unos cráneos un poco más grandes (entre los 600 y los 850 cc.) que los de los australopithecus (que apenas llegaban a los 500 cc.) y más redondeados. Sin embargo, el tamaño del cerebro no era tan importante como el cambio en la forma en la que trabajaba ese cerebro, que fue lo que les permitió hacer lo que diferenciará a los Homo del resto de los primates hominoideos: pensar. Y ¿cómo se sabe que estos individuos pensaban si sólo se han encontrado restos óseos fosilizados? Pues porque eran capaces de hacer algo que los demás hominoideos no podía: fabricar cosas.

Instrumentos fabricados por Homo habilis.

Actualmente, se ha observado que algunos primates superiores como los chimpancés y los gorilas son capaces de utilizar instrumentos para conseguir alimentos (por ejemplo, los chimpancés usan palitos para capturar termitas y hormigas dentro de los troncos de los árboles) pero siguen siendo incapaces de fabricar nada. Y es que fabricar cualquier cosa, por muy sencilla que sea, como un chopper o un bifaz, implica, además de la intencionalidad consciente, una serie de procesos mentales de los que los otros primates carecen: conciencia clara de una necesidad, conocimiento del medio (el bien fabricado) para poder satisfacerla, proyección mental de instrumento que se ha va realizar, habilidad para seleccionar la materia prima, destreza en las manos para tratar esa materia prima, etc. 

Así pues, lo que distingue a la especie humana (los Homo, en general) de los demás primates es el pensamiento, la razón, sea en la medida que sea, porque es obvio que no tenían la misma capacidad racional los Homo habilis que los distintos Homo que les sucedieron en el tiempo. Del mismo modo que se producían cambios físicos, también se producían cambios en el tamaño y estructura del cerebro, lo que permitía no sólo adaptarse mejor al medio, sino llegar incluso a controlarlo. Así, los Homo ergaster, ocuparon el nicho ecológico que dejaron los habilis al extinguirse ya que éstos fueron incapaces de adaptarse a las novedades, mientras que aquellos, con mayor capacidad cerebral, lograron adaptarse mejor al medio y desarrollar estrategias alimenticias, técnicas y vitales nuevas para sobrevivir. 

Cráneo de Homo habilis

De esta forma, los ergaster asumieron los cambios en sus pautas alimenticias (la desecación progresiva del clima había cambiado la vegetación de la que se alimentaban), perfeccionaron los cuchillos y hachas de mano, haciéndolos más racionales (mayor filo útil por unidad de materia prima, selección de mejores materias primas), empezaron a practicar el carroñeo y, a veces, la caza, con estrategias de grupo (muy pobres, evidentemente) y cuando las cosas se pusieron muy difíciles para que tantos individuos sobrevivieran en una cada vez más seca sabana africana, empezaron a emigrar hacia otras zonas hace aproximadamente un millón de años. En cambio, los habilis no fueron capaces de adaptarse y desaparecieron. 

Se podría pensar que los ergaster que emigraron fueron los mejores de la especie, los más listos, pero al parecer no fue así: fueron precisamente los más débiles y menos inteligentes (es decir, los que aún no poseían la ‘tecnología’ más avanzada) los que se marcharon, ya que los mejores se quedaron con las tierras buenas de África y los ‘expulsaron’ hacia la periferia. Este fenómeno migratorio no ha cambiado prácticamente nada: los emigrantes son los más débiles (primando hoy el aspecto económico por encima de los demás, pero no deja de ser una debilidad) mientras que los dominantes son los que se quedan en su tierra y en su casa: lo básico, lo esencial, ha cambiado muy, muy poquito. Además, el hecho de que fueran los menos evolucionados los que emigraran explica porque, para idénticos periodos temporales, mientras en la zona oriental de África se encuentran herramientas evolucionadas, en Europa o Asia, las herramientas que acompañan a los fósiles son aún muy primitivas.

Así, a lo largo de los siguientes miles de años, esta especie humana ocupó las distintas zonas del planeta, evolucionando en nichos ecológicos muy diferentes y dando lugar a la aparición de otras especies, en función del lugar del planeta en que se encontraran.

Homo erectus

En Asia, los ergaster se evolucionaron hacia los Homo erectus, y en Europa derivaron en los Homo antecessor, mientras que en África pervivirían los Homo ergaster aunque cada vez más evolucionados. Físicamente estas especies eran más parecidas a los humanos de hoy que las que les precedieron: cráneos -y cerebros- cada vez mayores dentición y mandíbulas más modernas, huesos más finos y largos, individuos de mayor tamaño, menor dimorfismo sexual , es decir, la diferencia entre el tamaño de los machos y las hembras; en las sociedades poligínicas donde un macho dominante tiene un harén de hembras a su disposición -como el caso de los gorilas o los australopithecus- la diferencia de tamaño entre hembras y machos era importante; sin embargo, según se va tendiendo a formar parejas más o menos monogámicas, con vistas a asegurar que la descendencia es efectivamente de ese macho, la diferencia de tamaño se va haciendo cada vez menor ya que su importancia social también es menor.

Cráneo de Homo antecessor

Serían los individuos de estas especies quienes mejorarán los instrumentos técnicos (los útiles de piedra, hueso y madera, aunque de estos últimos no se hayan encontrado restos parece lógico que se fabricaran y utilizaran) haciéndolos cada vez más eficaces y, además, fueron quienes domesticaron el fuego. Este hecho supuso uno de los mayores avances en la Historia de la Humanidad ya que, por un lado, permitió una mejora sustancial en la alimentación pues el hecho de asar los alimentos no sólo los hacía más fácilmente digeribles (de forma que, una vez más, la digestión disminuyó su necesidad de energía que volvió a emplearse en aumentar el rendimiento cerebral) sino que eliminaba muchísimas bacterias aumentando así la esperanza y calidad de vida. Pero es que, entre otras muchas ventajas, el control del fuego permitía alargar las horas de vigilia y con ello, los tiempos sociales y la consiguiente transmisión de conocimientos, experiencias, historias, etc. Los hombres se hicieron más humanos gracias al fuego y a la conversación que propiciaba entonces como sigue haciéndolo hoy.

(Continuara...)

martes, 10 de diciembre de 2013

Los orígenes (I)



Si algo me parece fascinante en la Historia de la Humanidad, son nuestros orígenes, cuándo nos hicimos, como especie, humanos. De entrada voy a dejar clara mi postura absolutamente contraria al creacionismo tanto por convencimiento académico (aunque no me dedico a ello, soy historiadora), como moral (soy agnóstica rozando el ateísmo y, por tanto, tengo más que serias dudas de la existencia de ningún ser superior: ni un dios, ni un extraterrestre de inteligencia superior; aunque me parece más probable que exista un extraterrestre superdotado que un dios omnipotente al modo cristiano o musulmán, que es algo que, pensado de forma racional, resulta bastante absurdo; pero eso no toca hoy). 

La teoría de la evolución tiene bases científicas, multidisciplinares, mientras que la creación por parte de un ser superior tiene sólo una base de fe: dos puntos de vista prácticamente incompatibles. Ya importantes teólogos, como Santo Tomás de Aquino, intentaron conciliar razón y fe y no lo consiguieron. Las teorías evolutivas, en cambio, surgen a partir de las teorías de selección natural de Lamark, Wallace y Darwin, de las teorías genéticas de Mendel, de las teorías poblacionales de Malthus, etc. y, con el tiempo, éstas se vieron corroboradas por hechos como los descubrimientos arqueológicos y paleontológicos, la uniformidad constitutiva -a nivel celular- de todos los seres vivos, el que los embriones pasen por todas las etapas de relación filogenética, la similitud en los ciclos reproductores y las semejanzas anatómicas y genéticas entre las distintas especies.

Sin embargo, hay que precisar una serie de dificultades al hablar de este asunto:

- Se trabaja con un material muy precario -los fósiles- y muy, muy antiguo: hay muestras de varios millones de años de antigüedad que, lógicamente, no están lo que se dice impecables.

- Los fósiles más antiguos, además de ser un material precario, son muy escasos y están concentrados, los de mayor importancia, en África oriental, en concreto en la zona del valle de Rift. Esto no obsta para que haya otras zonas, siempre dentro de África (como Sudáfrica), con abundante material arqueológico de primera fila.

- Las teorías evolutivas son muy volátiles y cambian cada vez que se producen nuevos descubrimientos, lo que en los últimos cincuenta años ha ocurrido con mucha frecuencia.

Es pues éste un tema muy complejo y difícil de resumir, pero como me apasiona, lo intentaré hacer lo mejor posible, aún a sabiendas de que muchas cosas quedarán por decir y otras simplemente quedarán esbozadas. 

Se cree que todas las formas de vida tienen un origen común hace unos tres mil m.a. (millones de años), a partir de materias no vivientes sometidas a condiciones atmosféricas especiales, siendo unos restos de microvegetales hallados en el escudo precámbrico de Australia los restos de seres vivos más antiguos que se han encontrado, con una antigüedad de 2.500 m.a. A partir de estos primeros organismos se habría ido produciendo, de forma lenta e inexorable, su ramificación en los distintos seres vivos hasta dar lugar al inmenso número de especies existentes, tanto presentes como extinguidas. 


Cráneo de Orrorin tugenensis

En el marco de este proceso habría llegado un momento, hace unos seis millones de años, en que se separó dentro del orden de los primates una especie primitiva de homínidos: en Tanzania se descubrieron restos de Orrorin tugenensis que eran más parecidos a los chimpancés que a los humanos, pero que ya eran considerados homínidos. Estos individuos, que posiblemente no fueran aún bípedos, evolucionarían hacia especies más adaptadas hasta llegar a los australopitécidos (que todavía no eran humanos), ya completamente bípedos y que serían los más directos antecesores de los primeros homínidos. 


Australopithecus afarensis: Lucy.

El bipedismo era una condición sine qua non para marcar la evolución en la hominización ya que permitió tanto la liberación de las manos como la posibilidad de tener una visión con mayor horizonte y el aumento del tamaño y capacidad del cerebro. Hay muchas hipótesis sobre por qué los homínidos empezaron a caminar sobre dos patas y que hacen referencia a una mejor posibilidad de alimentación, a mejoras en la vigilancia, a la adaptación a cambios ambientales (comenzaba por aquellos tiempos el desecamiento del medio africano), a cambios en las estrategias de aprovisionamiento de alimentos (aparece el carroñeo), a cambios en la organización social de los grupos, etc. Supongo que sería un poco de todo, como ocurre siempre, y estas hipótesis no dejan de ser más que eso: hipótesis sin que se puedan demostrar, hoy por hoy, de forma fehaciente.

Por otro lado, el bipedismo además de liberar las manos produjo cambios físicos de adaptación a la verticalidad (uno de los peores es que las mujeres parimos con dolor por la inclinación del canal del parto, mientras que el resto de los animales, no) y, sobre todo, un progresivo aumento del cerebro en relación directa con los cambios alimenticios y del sistema digestivo. Al tener las manos libres los homínidos adquirieron más destreza en su uso y cambiaron su tipo de alimentación ya que tenían acceso a hojas más altas de los árboles, tenían más facilidad para descarnar animales muertos aumentando su aporte proteínico, podían agarrar palos para espantar a otros depredadores y quedarse con la mejor parte, etc. Así, sus digestiones fueron necesitando cada vez menos recursos energéticos que se podían emplear en potenciar el crecimiento del cerebro. Y como una pescadilla que se muerde la cola, el aumento del cerebro permitió llevar a cabo nuevas estrategias de alimentación y cobijo (aún sin fabricar todavía nada, por supuesto: seguían sin ser humanos) que les hacía poder disponer de una dieta más efectiva que favorecía, a su vez, el desarrollo cerebral. 

A lo largo de los cuatro millones de años siguientes el género Orrorin dejó paso al Ardipithecus, éste al Australopithecus en sus distintas especies, para que, finalmente llegara el género Homo con todas sus especies. Hago aquí un inciso para diferenciar órdenes, familias, géneros y especies antes de que todos acabemos locos, mediante un ejemplo. Todos los que voy a mencionar, incluyendo a los humanos, pertenecemos al orden de los primates, al igual que los chimpancés y los gorilas, pero a la familia de los hominidae; será en el género, que se escribe en mayúsculas, donde se establezcan las primeras diferencias, dentro de ser todos homínidos. Nosotros (Homo sapiens) pertenecemos al género Homo y a la especie sapiens (en minúsculas), mientras que los australopitécidos todos son del género Australopithecus, aunque haya distintas especies (anamensis, afarensis, africanus, bahri), aunque todos somos homínidos. Por supuesto hubo distintas especies del género Homo (hábilis, ergaster, erectus, antecessor, heidelbergensis, neanderthalensis, sapiens, entre otras) pero la única que sobrevive es la nuestra: sapiens.



Los pasos de una especie a otra se constatan por la aparición de individuos diferentes y que no podían aparearse para producir descendencia fértil ya que sus cargas genéticas eran distintas. Así, cada nueva especie se adaptaba mejor al medio en el que vivía y era más viable, evolucionando en función de los cambios que se producían en su medio. Así, los homínidos que no consiguieron adaptarse, tras un fuerte descenso de la vegetación por un desecamiento del clima, a una alimentación a base de productos correosos, simplemente desaparecieron; del mismo modo que lo hicieron quienes, al tener una dentición apropiada para esos frutos, no se adaptaron lo suficientemente bien a la alimentación carnívora (de carroña, sobre todo). Y lo mismo en lo que se refiere a la facilidad de subir a los árboles, correr, esconderse tras matojos, etc. La adaptación de las especies a los cambios en el medio fue lo que permitió la evolución dentro de los distintos géneros hominoideos hasta llegar al género Homo.

(Continuará...)

martes, 26 de noviembre de 2013

Tartessos, envuelto en misterio



Todo lo que rodea a esta cultura está teñido de un cierto misterio, porque si bien se conoce su existencia por fuentes escritas y por hallazgos ocasionales y descontextualizados, no se han encontrado yacimientos urbanos amplios que le sean claramente atribuibles (Schulten le dedicó a este asunto gran parte de su vida, esperando ser el Schliemann ibérico y encontrar su "Troya Tartéssica", pero no encontró nada); se conocen nombres de reyes -Gerión, al que Hércules robó el ganado en el marco de su décimo trabajo; Gárgoris, rey inventor de la apicultura y que ordenó matar a Habis, el hijo habido de su relación incestuosa con su hija, aunque el niño logró sobrevivir llegando a reinar; Argantonio, al que las fuentes señalan como paradigma de riqueza y longevidad de reinado-, pero no se sabe si realmente existieron o si se trata de simples leyendas o títulos de dignidades; se conoce su escritura, pero ha sido imposible descifrarla porque no se sabe qué idioma representa; se relaciona su existencia con la leyenda de la Atlántida, un reino más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) aunque no se ha demostrado nada...

Tartessos puede ser considerado como el primer estado peninsular y, además de por la arqueología, se conoce por las fuentes griegas y bíblicas que mencionan la riqueza de los reyes (sobre todo el mítico Argantonio) de aquellas tierras, gobernantes de un reino rico en metales preciosos, además de una ganadería, agricultura y comercio desarrollados. Aunque no se han encontrado más que pequeños indicios, se sabe que los asentamientos tartéssicos estaban emplazados en el suroeste peninsular (desde Huelva y Sevilla hasta probablemente Cartagena) desde principios del siglo VIII a.C.

Sus antecesores fueron los factores de las culturas almerienses de Los Millares y El Argar -de la Edad del Bronce- mezclados con gentes llegadas a la Península Ibérica en el marco de las invasiones de Los Pueblos del Mar, las cuales, hacia el 1.200 a.C., produjeron un verdadero cataclismo en el Oriente Mediterráneo y en el Próximo Oriente Asiático; cataclismo que se extendió, como efecto colateral, a las tierras occidentales, hasta entonces poco conocidas y que despertaban poco interés. Sus sucesores serían los distintos pueblos iberos que acabarían extendiéndose por toda zona mediterránea, sur y central (aquí mezclándose con los pueblos celtíberos en un batiburrillo de impresión) de la Península Ibérica.

La cultura o civilización tartéssica es especialmente atractiva por las formas orientalizantes de los objetos que se les atribuyen, algo que resulta chocante en un territorio tan occidental y alejado de los principales focos culturales de aquellos tiempos (fenicios y griegos) y que se explica precisamente por el contacto directo con estos pueblos orientales, especialmente con los fenicios, que llegaron a Occidente en el marco de los movimientos marítimos mediterráneos de finales del I milenio a.C. (posteriores a movimientos de los Pueblos del Mar) que partieron desde la costa asiática del Mediterráneo en las zonas siria y palestina.

Cuando llegaron los fenicios se encontraron con una cultura autóctona dedicada a la agricultura, la ganadería y, sobre todo, a la minería y la metalurgia, especialmente del hierro, lo que les habría dado el poder sobre los distintos pueblos de la zona, pudiendo establecer un régimen político de tipo monárquico. También parece que realizaban actividades comerciales por el Guadalquivir hacia Sierra Morena, por la llamada Vía de la Plata y por el Atlántico siguiendo la Ruta del Estaño hacia Galicia y las Islas Británicas. Este auge del comercio, tanto interior, como exterior, sería el que permitió que las estructuras urbanas (según Estrabón, había más de 200 ciudades) progresaran y la civilización se enriqueciera.

Pero sería su contacto con los fenicios, que se establecieron en la costa, lo que daría ese aire tan extrañamente oriental a los objetos de este pueblo tan occidental. Y eso se puede ver en las piezas encontradas, entre las que destacan las del Tesoro de Aliseda o las del Tesoro del Carambolo (si bien éste en los últimos tiempos tiende a considerarse más fenicio que tartésico).



También están sumidos en el misterio los motivos y la rapidez con que desapareció una cultura tan importante, especulándose sobre el declive fenicio y el consiguiente auge cartaginés, mucho más invasivos que los fenicios, la presión de los pueblos guerreros del interior, o las luchas internas por el poder. Sin duda, un pueblo de lo más interesante y del que aún queda mucho, muchísimo por saber.