Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.
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miércoles, 27 de noviembre de 2013

Saturno (o Cronos, que me gusta más)



Hace poco, en un relato de Jose apareció este cuadro que podemos ver en el Museo del Prado. Fue pintado por Rubens para la Torre de la Parada, un pabellón de caza (en realidad un palacete de estilo Austria) situado en el Monte del Pardo (Madrid), en el que Felipe IV se retiraba de tanto en tanto, supongo que para relajarse de las duras tareas de rey. Sin comentarios, que ya sabemos todos lo duro que es ser rey: antes y ahora.

Pero el mayor interés del desaparecido edificio (fue destruido en 1714 durante la guerra de sucesión con los Borbones) era la serie de pinturas mitológicas basadas en las Metamorfosis de Ovidio que el rey encargó a pintores tan relevantes en aquel momento como Rubens o Velázquez, y de la que este cuadro es una muestra más. 

Vemos que Rubens nos muestra a un Saturno anciano en el que el cuerpo flácido, cuya sensación de decrepitud se acentúa con el uso de tonos amarillos en el pecho y el vientre, no parece encajar con unas piernas poderosas. En cambio, su hijo (no sabemos a cuál representa) es un niñito rubito y regordete, de piel clara. Con gesto horrorizado ante el dolor (la mueca de la boca resulta estremecedora) causado por el mordisco de su padre que, con mirada de loco, le está arrancando la piel y la carne del pecho, el niño con un brazo parece tirarle del pelo, en un intento de defensa abocado al fracaso. Todo el lienzo rebosa dramatismo y dolor, las formas: repulsivo, el viejo; enternecedor, el bebé; el color, con predominio de tonos fríos y grises, y el negro de la tela como contrapunto luctuoso; el uso de la luz que se concentra en el brazo del crío, centrando la atención en él y su gesto desesperado. Todo está calculado para provocar sensaciones intensas, inevitables a la vista del crudo realismo de la carne infantil rasgándose en la boca del anciano trastornado. Barroco en estado puro.

Y ahora, la historia que hay detrás. Saturno, ¡qué personaje! Aunque es un dios de origen romano, se le suele identificar con Cronos, el dios del tiempo griego y rey de los dioses de la primera generación. Se le suele representar como un anciano que porta una guadaña, la que usa para segar las vidas de los mortales, aunque también en una de las versiones del mito, la más truculenta, la guadaña la usó Cronos para... Pero vayamos por partes, que la historia tiene tela.

Cronos era hijo de Gea –la Tierra- y Urano –el Cielo-, quien a su vez, también era hijo de Gea, que lo concibió por sí misma. Así, esta extraña pareja (madre y esposa, hijo y marido), no podía por menos que concebir hijos también raros, como los cíclopes, gigantes de un solo ojo; los hecatónquiros, gigantes de cien manos y cincuenta cabezas; y los primeros titanes y titánides (seis varones y seis mujeres), dioses de la edad de oro, de los que Cronos era el menor. Pues bien, Urano, al que no le debió gustar parte de su prole, decidió encerrar a los cíclopes y a los hecatónquiros en el Tártaro (el infierno), en lo más profundo de la Tierra. Pero, cómo Gea era la propia Tierra, la pobre tenía a todos hijos aprisionados en su interior, lo que no debía resultarle nada agradable. Así, intentó convencer a sus otros hijos –los Titanes- para que asesinaran a su padre. Para ello, fabricó una guadaña de adamantio (material mitológico que se convierte en indestructible una vez frío), para que sus hijos la vengaran. Pero, todos los titanes se negaron y se pusieron del lado Urano, siendo Cronos el único que se alió con su madre, castrando a su padre mientras Gea le entretenía en placeres erótico-festivos. Tras semejante proeza, Cronos arrojó al mar los testículos de su padre. De la espuma que provocaron al caer, surgió de entre las aguas, la diosa Afrodita, y de la sangre que se vertió, las Erinias, diosas de la venganza. 

Urano, castrado pero no vencido, y ayudado por los titanes, luchó contra su hijo Cronos, que tenía a su lado a los cíclopes y hecatónquiros a los que había liberado, resultando derrotado... Urano, por supuesto. Cronos ocupó el lugar de su padre como rey de dioses. Los titanes, que no pasarán a la Historia como paradigma de nobleza y pundonor, abandonaron a su padre y se aliaron con su hermano vencedor.

Como cualquier gobernante que se precie, Cronos tampoco cumplió sus promesas y volvió a encerrar a sus hermanos cíclopes y hecatónquiros en el Tártaro, con el consiguiente mosqueo de su madre, que le maldijo vaticinando que, llegado el momento, sus hijos le derrocarían a él. Obviamente, Cronos no echó en saco roto semejante maldición: después de todo venía de una poderosa diosa… y de una madre. Y ya se sabe que las madres nunca se equivocan. Es una de las leyes más indiscutibles del universo. 

Una vez puesto el mundo en orden, Cronos se casó con su hermana Rea, y cada vez que tenían un hijo, el rey de dioses se lo comía entero (no cómo lo pintan Rubens o Goya -como no mencionar a Goya-, pero claro, si lo hubieran pintado así no habría resultado tan impactante), creyendo que así evitaría la maldición. Poco a poco fueron desapareciendo todos los hijos que paría su mujer: Démeter, Hera, Hades, Hestia y Poseidón, hasta que, harta de que la acémila de su marido devorase a su prole, Rea, embarazada de nuevo, marchó a la isla de Creta dónde nació Zeus. El niño quedó en manos de la cabra Amaltea que lo amamantó y la ninfa Adamantea que lo crió, aunque hay quien dice que fue su propia abuela, Gea, quien lo hizo. En lugar del niño, Rea entregó a Urano una piedra, que sin fijarse mucho (sería por la costumbre), el dios se tragó creyendo que era su último hijo.



Cuando Zeus creció y Gea vio llegado el momento de la venganza, entregó a su nieto un bebedizo que, mediante engaños, consiguió que Cronos bebiera, regurgitando a todos sus hermanas. Después, volvió a liberar a los pobres cíclopes y hecatónquiros (que no ganaban para entradas y salidas del Tártaro), y apoyado por éstos y por sus hermanos, inició una guerra contra su padre y sus tíos, los titanes, conocida como la Titananomaquia, de la que Cronos salió derrotado, acabando encerrado junto con sus hermanos en el Tártaro… y, por supuesto, con los cíclopes y hecatónquiros. Gea, otra vez enfadada (no paraban de llenarle las entrañas de indeseables), engendró a un monstruo llamado Tifón, pero el pobre no tendría ningún éxito contra Zeus, quien junto con sus hermanos se asentó en el Olimpo, desde donde gobernarían el mundo de dioses y hombres de forma más bien arbitraria a tenor de la cantidad de historias que nos han legado. Pero esto lo contaré en otra ocasión.


miércoles, 20 de noviembre de 2013

Marte y Velázquez


Este es un cuadro que me ha fascinado desde la primera vez que lo vi en el Museo del Prado. Se trata de una tela que representa a Marte, dios de la guerra, y que fue realizado en 1640, por un Velázquez estilísticamente maduro (lo que a veces lleva a datarlo en fechas posteriores) y que es una maravilla por distintos motivos. 

Uno de ellos es la magnífica técnica utilizada por Velázquez, que recuerda las obras de Rubens por el uso de colores suntuosos, vitales. La cara, ensombrecida por el casco, es la zona menos trabajada, apenas unas pinceladas superficiales que resaltan las luces y sombras, así como la sensación de atmósfera. En general, la técnica es libre, de pinceladas sueltas, vivas y enérgicas, que difuminan los detalles resaltando el conjunto, y muestran un total dominio de los efectos de claroscuro y del color. En estos momentos, Velázquez ya es capaz de pintar el aire, de dar vida al cuadro.

Otro motivo que hace excepcional este cuadro es que es uno de los pocos cuadros mitológicos del Barroco español, bajo el dominio de la Contrarreforma, tiempo en el que raramente se tocaban temas al margen de la religión. Velázquez escapó de esta norma por ser pintor de palacio y tener una cierta influencia sobre el rey, Felipe IV. Otro maestro que hizo pintura mitológica fue Zurbarán, que por encargo de Velázquez (para el Salón de Reinos) realizó, con mucha menor fortuna, los Trabajos de Hércules.

Además, este Marte admite interpretaciones variadas. Nos muestra un hombre que ya no es joven, semidesnudo, de enorme bigote (¿no os recuerda a Alatriste?) y cubierto con un casco, que está sentado al borde de una cama con las ropas desordenadas, y a cuyos pies yacen sus armas. La postura que adopta, pensativo, con una mano en la barbilla, recuerda a la de la escultura que Miguel Ángel hizo de Lorenzo el Magnífico (Il Pensieroso) para su capilla funeraria en Florencia. Ahora bien: ¿qué le hace adoptar esa actitud? Son diversas las interpretaciones.

La primera interpretación sería en clave mitológica: Marte reflexiona tras el episodio de sus amores con Venus, a juzgar por la cara de perplejidad, resignación y tristeza que tiene. El gesto ha sido perfectamente captado por el pintor, poniendo de manifiesto su facilidad para mostrar el alma de sus personajes. Vulcano, tras ser informado por Apolo de los amores entre su mujer, Afrodita, y Marte, elaboró una malla de plata invisible e irrompible para sorprender y atrapar a los amantes y que los demás dioses del Olimpo, avisados por él, contemplaran el enredo, con la consiguiente burla que esto traería para los adúlteros. En el cuadro, todo esto ya ha ocurrido, Venus ha huido, avergonzada por ser objeto de la burla, y Marte aparece desconcertado, aturdido y derrotado. Todo un dios de la guerra... derrotado por un herrero cojo. Esta interpretación es bastante plausible ya que Velázquez, además de un pintor excepcional, era un hombre culto que conocía muy bien las obras de los clásicos, en este caso la de Ovidio, quien narró esta historia en las Metamorfosis (libro más que recomendable, por cierto).

Otra visión del cuadro habla de una burla que Velázquez realizaría de los temas paganos, y que tienen como telón de fondo las tesis artísticas de la Contrarreforma, de carácter moralizante. Sin embargo, a la vista de otras obras mitológicas de Velázquez, y de la dignidad que emana de esta y otras figuras mitológicas, esta propuesta no parece muy plausible.

Por último, también hay quienes (como Camón Aznar o Angulo, eminencias ambos en el conocimiento de la pintura de Velázquez) interpretan este cuadro como una referencia a las derrotas de los ejércitos españoles en las guerras que se producían en los Países Bajos, y de soslayo, al carácter español. Durante el reinado de Felipe IV, los tercios españoles estaban siendo vapuleados en Flandes (como cuenta Pérez-Reverte... maravillosamente), pero aún se mantenían en pie valores y defectos que definirán al hombre español y que, en cierto modo, perduran en el tiempo. Así, Marte derrotado reflejaría a un militar español del momento que mantiene su dignidad en la adversidad, su sentido del honor, la aceptación del destino que le toca vivir. 

Sin embargo, ese sentido del honor tiene un doble filo, pues provocaría que en España se diera importancia capital a conceptos como la limpieza de sangre, la hidalguía o la nobleza, llevando a los nobles a considerarse por encima de los demás y a creerse merecer más de lo que tienen, no por lo qué hacen ni por lo que saben, sino por lo que son por nacimiento. Y a los que no eran nobles, les inclinaría a intentar adquirir la nobleza por el medio que fuera.

¡Cuánto daño no habrán hecho a lo largo de los siglos estas pretensiones de nobleza! El futuro desarrollo español se vio seriamente limitado por esta pretensión de ennoblecimiento de todos, frente al mundo protestante que buscaba su valía en el trabajo, en la industriosidad, en construir algo, y no en esperar que todo les llegara caído del cielo. La Historia está repleta de personajes que tras trabajar duramente y conseguir un capital, lo dilapidaban en buscar tan sólo el ennoblecimiento social. Aún hoy todos conocemos personas que se creen más que los demás debido a su origen, gentes que consideran denigrantes ciertos trabajos, que piensan que ser de un sitio concreto es un valor añadido, o que se creen por encima del bien y del mal, blindados ante la vida. 

Incluso el propio Velázquez sucumbió ante tales aspiraciones: sus deseos de ennoblecimiento (propio y, de paso, de la pintura) le llevaron a supeditar toda su vida a la consecución de esa posición social. De hecho, cuando finalmente consiguió ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago, modificó Las Meninas para pintarse en el pecho la cruz del apóstol: toda una actitud. Así pues, si alguien del nivel moral e intelectual de Velázquez estaba dominado por este sentimiento, qué no ocurriría entre los militares, funcionarios reales, grandes terratenientes…

Y aunque podría parecer improbable que Velázquez, teniendo en cuenta su posición en la corte, su relación con Felipe IV y sus deseos de ennoblecimiento, hiciera un cuadro que cuestionara el honor de los afamados tercios de Flandes, su inteligencia y su inigualable calidad artística consiguieron que esta intención, si es que realmente existió en ese cuadro, no levantase ninguna ampolla. 

Pero a pesar de todo, la interpretación que más me seduce a mí, es la mitológica: el gran Marte, dios de la guerra, incapaz de controlarse ante la belleza de una mujer, acaba siendo ridiculizado por el feo y cojo dios herrero que le hace objeto de escarnio por sus colegas. Todo un símbolo... incluso hoy.

El banquete de Tereo


Hoy, revisando artículos de mi antiguo blog me he encontrado con una historia mitológica terrible y no de las más conocidas. Se trata de la del Banquete de Tereo, que me trae bontios recuerdos, a pesar de la truculencia de la historia. Los recuerdos vienen de hace mucho tiempo, cuando llevé a mi hija, mi sobrina y una de mis ahijadas al Museo del Prado; tenían 5, 6 y 7 años, más o menos. Un museo es un sitio estupendo para ir con críos de esa edad siempre y cuando se cumplan dos condiciones: 

1. Nunca estar más tiempo del que ellos pueden aguantar sin aburrirse.
2. Contar lo que están viendo de forma que les resulte interesante: esto es algo más complicado.

Yo ese día di con lo que les resultó interesante en la mitología y los intensos cuadros de Rubens (nadie ha retratado con tantísima fuerza la esencia de los mitos), suntuosos, desgarradores, llenos de matices y fuerza. En esos momentos estaba leyendo las Metamorfosis de Ovidio y tenía toda la mitología más o menos fresca (lo que se me olvidaba, lo inventaba sin sonrojo alguno) de forma que con palabras sencillas les contaba las historias que narraban cada uno de los cuadros. Al cabo de un ratito, una de las niñas me dijo muy bajito: "hay gente que nos sigue" y yo, muerta de risa, me di cuenta de que había algunas personas que se ponían junto a nosotras para escuchar los cuentos que yo les contaba a las crías. Así que alcé un poquito más la voz para que todos pudieran oír bien y, de vez en cuando, miraba para ver si seguían atentos. Y sí, allí seguían. Por supuesto, mi ego recibió una inyección de esas buenas de verdad.

Ese día, el cuadro y la historia que más impresionó a mis tres niñas fueron los que ahora os reproduzco, quizá porque aparecía un niño, quizá por la truculencia de la Historia. 



Tereo, hijo de Ares, dios de la Guerra, era el rey de Tracia. Su actuación como árbitro en una disputa entre los hijos de Pandión, rey de Atenas, le valió el derecho a casarse con una de las hijas de éste, Procne. Sin embargo, Tereo no quería a su esposa, sino que se había enamorado locamente de Filomela, la hermana de Procne. Como Tereo ya había dado su palabra de matrimonio a Procne, mantuvo en secreto su pasión por Filomela, mientras pensaba en el modo de poseerla.

Pasó el tiempo y, aunque Procne había dado un hijo a Tereo, Itis, la pasión de aquél por Filomela no había hecho sino crecer y ocupar por completo su corazón, endureciéndolo de forma atroz. Pasado un tiempo prudencia, creyó llegado el momento de poner en marcha el plan que había ideado. Así, Tereo encerró a Procne en las estancias de las esclavas, tras confesarle que estaba loco de deseo por su hermana Filomela y cortarle la lengua para que no pudiera contar a nadie lo que ocurría. La locura se apoderó de ella, y ya no pensó en otra cosa que en vengarse de su marido. El transcurso del tiempo encerrada y el alma roída por el dolor y la traición, convirtieron a Procne en un monstruo sediento de venganza. Ella también empezó a maquinar.

Mientras tanto, Tereo había ido a la casa de Pandión a comunicar el fallecimiento de su mujer, y a pedir a Filomela para que la sustituyera. Pandión, con el alma destrozada por el dolor de la pérdida de su hija, no supo negarse, pese a las reiteradas peticiones de Filomela, que detestaba la idea de tener que casarse con Tereo.

Así pues, Tereo y su futura esposa emprendieron el camino hacia Tracia, pero incapaz de contenerse hasta celebrar el matrimonio, violó a Filomela durante el viaje. Filomela creyó morir. La humillación y el dolor, llenaron su alma, pero era tanta su vergüenza que no era capaz siquiera de pensar en vengarse. Se sentía miserable, como si hubiera traicionada a la hermana que ella creía muerta y a la que seguía llorando por las noches. Era incapaz de reaccionar, y así, durante todo el tiempo que duró el trayecto hasta la casa de los futuros esposos, fue violada cada noche por el monstruo que habría de ser su marido, sin que ella hallase el valor necesario para reaccionar.

Ya en Tracia, se pusieron en marcha los preparativos para la boda, entre ellos el traje de novia de Filomela, que sería confeccionado por las esclavas. Esclavas entre las que se encontraba Procne, que gracias a este trabajo pudo ponerse en contacto con su hermana. De niñas habían inventado un lenguaje de signos sencillos, sólo conocido por ellas dos: era su gran secreto. Ahora Procne lo utilizó para bordar en el vestido de novia de su hermana el siguiente mensaje: “Procne está entre las esclavas”.

Cuando Filomela se puso el vestido para la boda, reconoció de inmediato el lenguaje inventado tantos años atrás. Dejando toda la preparación para la boda, corrió a las estancias de las esclavas, donde liberó a Procne. A través de gestos y la nunca perdida complicidad entre las hermanas, Filomela supo todo lo que había ocurrido, así como el plan que Procne llevaba tanto madurando. Filomela, hasta entonces sumida en la apatía de la degradación constante, se sintió revivir y se prestó de inmediato a colaborar en el plan de su hermana.

Los esponsales se celebraron como estaba previsto, pero durante el banquete, Filomela insistió en servir personalmente a su flamante esposo el plato principal. Mientras Tereo comía, alabando la excelente calidad de la carne, Filomela sentada a su lado le miraba con una expresión indefinible, entre sarcástica y vengativa. Cuando terminó, Filomela le anunció el postre. Tereo, satisfecho tras tan magnífico banquete se recostó y se dispuso a esperar que lo trajeran.

Sin embargo, el gesto de satisfacción se heló en su rostro, cuando vio que tras Filomela venía Procne, con una bandeja cubierta. Al llegar a su altura, ambas hermanas se pararon frente a él, y destapando juntas la bandeja, Tereo pudo ver la cabeza de su amado hijo Itis. Con una saña sin igual, Filomela le contó con todo detalle la procedencia de la comida que acababa de degustar, y cuyos únicos restos reposaban en aquella bandeja. La sorpresa de Tereo se transformó en repulsión, y finalmente en odio.

Tomó un hacha enorme y se lanzó contra las dos hermanas, que huyeron despavoridas fuera del castillo. Pero en el momento en que Tereo les dio alcance y se disponía a asesinarlas, los dioses, horrorizados, decidieron no permitir más sangre, y los transformaron en pájaros a todos: Filomela, en ruiseñor y Procne, en golondrina, mientras que Tereo fue convertido en un halcón.

martes, 19 de noviembre de 2013

El Laocoonte.


Y ya puesta con obras que me gustan... La foto no hace honor a lo magnífica que es esta escultura, pero incluso así, en dos dimensiones, resulta impresionante.



En los Museos Vaticanos, entre infinidad de obras maestras nos encontramos con esta joya del arte Helenístico. El original se sitúa a finales del siglo I a.C., ya en una época en la que Roma dominaba el mundo, cuando Octavio que había vencido a Marco Antonio, y Cleopatra prefirió morir víctima de una serpiente antes que darle el gusto a su enemigo de llevarla encadenada a la Ciudad Eterna. Al tiempo que se iniciaba una nueva época, en Rodas, una pequeña y preciosa isla del Egeo una serie de artistas, discípulos de Lísipo, daban vida a una escuela en la que primaba la pasión y la fuerza en las formas y en las historias.

Los romanos supieron apreciar el valor del arte (y de la cultura… ¡cuántos no podrían aprender hoy día!) de los griegos y a su manera, les rindieron homenaje… si bien eso supuso además de la imitación de formas, con magníficos resultados en muchas ocasiones, el trasladar a Roma muchas de las obras griegas lo que, en cierto modo, sirvió para conservarlas. Ésta obra, al parecer de Agesandro y sus hijos Polidoro y Atenodoro, fue una de las obras trasladadas a la capital, y siglos después fue encontrada entre las ruinas del palacio del emperador Tito. 

La escultura nos muestra al sacerdote troyano Laocoonte contemplando cómo unas enormes serpientes asesinan a sus hijos. Es posible que los gestos resulten demasiado teatrales o que las anatomías tan marcadas sean excesivas, pero es innegable que ambas contribuyen a acentuar el dramatismo de la escena. Pero, ¿por qué unas serpientes asesinan a los hijos delante de él? ¿Qué historia hay detrás?

Como ya hemos dicho, Laocoonte era un sacerdote troyano, en concreto consagrado al dios Apolo. En los tiempos de la Guerra de Troya, cuando los griegos ofrecieron al pueblo de Troya un caballo de madera como regalo de confraternización, Laocoonte avisó a sus compatriotas del peligro que suponía confiar en los enemigos griegos: desconfiad de los griegos, incluso cuando tren regalos, dijo. Pero como vio que no le hacían caso, lanzó una tea de fuego contra el caballo, momento en el que Poseidón, enemigo de Troya, lanzó contra sus hijos dos serpientes marinas que empezaron a devorarlos. Laocoonte, loco de dolor al ver a sus hijos morir de aquella forma, se lanzó contra las serpientes, siendo él también devorado por las mismas. El resultado es bien conocido: el caballo estaba lleno de soldados griegos que se colaron así dentro de las murallas de la, hasta entonces, inexpugnable Troya, inclinando de su lado la balanza de la guerra. 

Es fácil comprender los gestos de dolor profundo del padre ante el sufrimiento de sus hijos que se reflejan en su cara mientras su cuerpo se rompe en torsiones imposibles intentando zafarse de las serpientes, mientras la fatalidad se impone inexorable. 

Más difícil es comprender (o quizá no) el odio de un dios hacia una ciudad y sus habitantes hasta el punto de ser capaz de asesinar a unos niños (aunque en la escultura no lo parezcan, los hijos de Laocoonte eran niños) por inclinar la balanza de la guerra a favor de los suyos. En realidad… nada que no siga ocurriendo en nuestro mundo de hoy, con distintos dioses, distintas guerras, pero la misma miseria moral capaz de sacrificar a cualquiera en aras de sus propios intereses. No, creo que no, que no es difícil de comprender.

Duelo a garrotazos.






Hace unos meses un amigo muy querido me pidió un comentario sobre este cuadro, dándome así la oportunidad de retomar el placer de mirar lo que esconden los cuadros. 


Duelo a garrotazos. Impactante título para una obra no menos impresionante. Sin embargo, este nombre sólo se utiliza desde 1900, ya que su título original era Dos forasteros, algo que choca en una escena que parece representar la esencia de nuestro país. 

Resulta difícil resistirse a ver aquí el carácter de nuestra tierra, porque parece encajar a la perfección con nuestra España de hoy, casi dos siglos después de que Goya pintara todo este conjunto de pinturas negras en los muros de su Quinta, una serie de cuadros que resultan impresionantes por una crudeza tan profunda que nos conmueve y una ferocidad que aterra.

Un paisaje yermo y sin posibilidades, tan parecido a nuestro país de hoy en la que cada día que pasa, parece más difícil poder plantar nada; un cielo gris, en el que se entrevé un breve toque de azul, como si fuera un respiro, aunque presto a desaparecer, engullido por nubes amenazantes; dos idiotas enterrados hasta las rodillas que en lugar de ayudarse a salir del hoyo en el que están, pierden el tiempo apaleándose, posiblemente hasta la muerte. La España del XIX, la España del XX, la España del XXI… la España de siempre. Goya, sin duda, supo ver la esencia de nuestra tierra, de nuestra gente. 

Pero puestos a soñar, podríamos imaginar que estos dos tipos no fueran tan imbéciles; que, en lugar de atizarse con sus garrotes, los utilizaran para remover la tierra que les inmoviliza; que, en vez de perder fuerzas y tiempo, agotándose y agrediéndose hasta la muerte… soñemos que, en lugar de todo esto, usaran las garrotas para remover la tierra que les atenaza, que se ayudaran para salir adelante, que se dieran las manos sumando sus fuerzas; imaginemos que juntos, consiguieran ser libres, olvidaran rencillas estúpidas, y colaboraran en cambiar esa tierra estéril, en hacerla fructífera y fértil, en disfrutarla en lugar de agostarla en disputas agotadoras y vanas. 

Pero el caso es que esto no es más que un ejercicio de imaginación y ensueño. La realidad es que Goya reflejó lo que fuimos y lo que somos en las paredes de su Quinta. Junto a estos dos tontos puso un perrillo, entre asustado y triste que apenas se atreve a asomar la cabeza; un aquelarre en el que un cabrón dirige a una panda de malvados; la procesión del Santo Oficio, en el que una caterva de ignorantes e idiotas, siguen a quien les quita la felicidad presente prometiéndoles la futura, a cambio de renunciar a su dignidad; dos viejas, demacradas y decrépitas comiendo lo poco que encuentran; la romería de San Isidro, en el que lo que se anuncia como diversión no es más que entontecimiento e intentos de ocultar miedos; Saturno que devora, sangrientamente, a su hijo… Ojalá Goya se equivoque con respecto al futuro, aunque, visto lo visto… me temo que no.