Esta historia surgió de un anuncio real leído en segundamano.es como trabajo para un taller de escritura creativa. De hecho, el texto del anuncio que aparecen en el relato está copiado tal cual estaba en el anuncio. Sin duda, la vida real es una fuente inagotable de historias.
Un espacio abierto
jueves, 30 de enero de 2014
lunes, 27 de enero de 2014
Lilith
Dante Gabriel Rossetti. Lilith.
Al principio de los tiempos,
Yavé creó el mundo y a todas sus criaturas, pero viendo que faltaba algo,
decidió crear dos seres nuevos: un hombre, a su imagen y semejanza, y una
mujer, su compañera. Los modeló a ambos con el mismo barro y les insufló vida
con el mismo aliento. Adán y Lilith, Lilith y Adán. Sin embargo, jamás llegaron
a entenderse ni a tener descendencia porque nunca llegaron a ponerse de acuerdo
al hacer el amor. Él la quería siempre debajo, sometida, dominada; ella quería
gozar como su igual y cambiar, a veces debajo, a veces encima. Las discusiones
hacían de la convivencia un infierno y un día, Lilith, sabiendo que era ella quién
tenía la fuerza dadora de vida, invocó el nombre de Yavé y abandonó a Adán
trasladándose a un lugar entre la tierra y el mar habitado por genios y
demonios. Allí con ellos, Lilith se dedicó a disfrutar del sexo y de la
maternidad, cuidando de sus amantes y de su prole.
Adán, despechado y solo, llamó
a Yavé para quejarse y pedir una nueva mujer, más sumisa que la anterior. Yavé,
enfadado porque Lilith había descubierto su propio poder y había escapado
invocando su nombre, intentó acabar con ella, pero era tarde: ella, creada a su
imagen y semejanza, ya había dado vida. Pero la maldijo con la muerte de toda
su descendencia. Lilith, desesperada, abandonada por los genios que sólo
deseaban la diversión del sexo, lloró en soledad la muerte de sus hijos.
A Adán, Yavé le dio una nueva
compañera, ahora de su gusto: Eva, que sacó de su costilla evitando así que
fuera su igual. Con ella, sí hubo descendencia, también bajo la maldición de la
muerte, pero para qué contar una historia tan conocida.
Pasan los tiempos, transcurre
la vida, y Lilith, no se resigna. Todas las noches de luna negra, cuando todo
sobre la faz de la tierra es invisible, se venga de Yavé colándose en los
sueños de los hombres, guiándoles por los caminos del placer sexual prohibido
hasta provocarles eyaculaciones con cuyo semen engendra nuevos hijos,
destinados como todos a la muerte. A la mañana siguiente, los hombres
descendientes de Lilith despiertan renovados y satisfechos; los de Eva, con
culpa y angustiados. Yavé se revuelve en su trono, viendo como sus criaturas,
incluso las que difunden su palabra y han hecho votos de castidad, se entregan
irremisiblemente al placer que le entrega una mujer ajena al pecado.
Era una noche de luna negra. Un ligero roce en la base de la espalda le hizo estremecer. Lo ignoró e intentó volver a conciliar el sueño. Sabía que era ella de nuevo. Notó como recorría todas y cada una de sus vértebras. No la veía, pero podía sentir sus dedos, su lengua, sus labios. Se resistió. No quería, no estaba bien abandonarse así a una mujer. Se giró y abrió los ojos, que rápidamente se adaptaron a la oscuridad. Miró a su alrededor, su traje negro en el galán de noche, el escritorio en orden, la cruz presidiendo la alcoba. El estremecimiento desapareció. Kempis, desde la mesilla, le reconfortó. Respiró tranquilo, recuperando lentamente la profundidad del sueño reparador.
Aún no había recuperado el aliento sereno cuando la sensación de placer sutil que intuía en los dedos de los pies le tentó a entrar en el lugar en el que los sueños juegan a alternar el placer con el miedo. Se resistió de nuevo. Caminos vacíos con márgenes plagados de serpientes que se arrastraban, escondidas entre los adoquines, hasta enroscarse en sus piernas. Animales suaves, húmedos, viscosos. La sensación era tan placentera como angustiosa. Inconscientemente se movió para liberarse de su abrazo sinuoso y calculado. Tenía que encontrar fuerza para soportar la tentación.
Apenas había recuperado el aliento cuando, una humedad cálida hizo que su sexo empezara a tensarse. Se removió, agitado, intentando rebelarse al ansia del deseo. Abrió los ojos y la vio, a horcajadas sobre él. Padre nuestro, que estás en el cielo… Su pelo cobrizo revuelto por la brisa que se colaba por la ventana. Santificado sea tu nombre… Sus brazos ligeramente doblados mostrando sus pechos, en reposo, reclamando unos labios que los hicieran revivir. Venga a nosotros tu reino… Su sexo de hembra, jugoso, caliente, inundando su vientre. Hágase tu voluntad… Su lengua, húmeda, ardiente, enervando las venas de su miembro enhiesto. Aquí en la tierra como en el cielo… Pedía templanza y valor a su dios para resistir y se entregó a la oración como vía de salvación. Inútil: su piel era más fuerte que su espíritu.
Cerró los ojos para desterrar su imagen, pero las curvas que formaban su cuello y sus hombros recortados por la luz escasa que entraba por la ventana, se le colaron entre los párpados. Intentó luchar, no quería volver a caer, era pecado, no era la voluntad de dios. Pero… Lilith. La conocía demasiado bien, desde hacía demasiado tiempo. No podía evitar mirarla, hermosa, sentada sobre su sexo, que crecía sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Veía sus pechos vibrar mientras le montaba sin darle opción. Sintió su interior, voraz, fuerte, elástico, aprisionándole en una cárcel de placer de la que nadie hubiera querido escapar. Y se rindió: imposible ganar esa batalla. Se abandonó a los vaivenes de ella, dejándola hacer, escalando, asido a su piel, lugares en los que respirar es tarea de titanes, diluyendo su aliento en ella.
Volvió a cerrar los ojos, entregado ya a la lujuria, aprisionándola en su recuerdo, tan fuerte, tan bella, tan poderosa. Sin cesar, en un movimiento cadencioso y de ritmo creciente, Lilith se dejaba caer sobre su pecho, lamiendo, mordiendo sus pezones, provocando movimientos que le curvaban la espalda hasta que ella podía abrazarlo, hundiendo en su piel la suavidad de sus pechos, acariciándole al mismo ritmo que su sexo crecía, poniéndole al borde de una descarga que daría envidia a la explosión creadora primigenia que su fe negaba. Exhausto, se dio por vencido, se abandonó a su fuerza, la de ella, la de la mujer a la que Yavé no podía matar. Y estalló.
Mientras él, inconsciente, recupera la serenidad del sueño satisfecho, Lilith intenta recoger el semen vertido fuera de ella. Que se pierda lo menos posible, lo necesita. Los hijos que matará la maldición de Yavé se lo demandan. Aunque siempre deja una parte, lo justo para que él, el hombre de dios, al despertar, sea consciente de su pecado. La vergüenza del hombre que pregona la palabra de Yavé, es parte de su venganza.
Y es que Lilith se sabe condenada al desconsuelo de la muerte prematura de sus hijos inocentes. Castigada por el rencor de un dios que, a través de la muerte, resarce a su primera criatura del despecho por el abandono y se venga de la inmortalidad y la fuerza que da ser generadora de vida. Lilith, eterna. Lilith, maldita. Pero ella, cada noche, se venga de Yavé llevando a sus siervos predilectos, esos que dicen difundir su palabra, por los caminos del placer prohibido, haciéndoles disfrutar inconscientemente del sexo, mostrándoles la belleza del tabú, sembrando en ellos el gozo de las formas proscritas, haciéndoles esclavos de sus pasiones, doblegándoles a sus deseos y quedándose con su savia para engendrar aquellos hijos que Yavé matará tan pronto sepa de ellos.
Sin embargo, su venganza no es perfecta hasta que, a la mañana siguiente, al despertar, la culpa les inunda y, en muchas más ocasiones de las que reconocen, su fe flaquea. Así, cada día Lilith le recuerda a Yavé que no está derrotada, que puede que sus hijos no la sobrevivan, pero siempre podrá dar vida, mostrándole que, si con esa terrible maldición, el dios de los hombres, no ha conseguido derrotarla, nada lo logrará.
domingo, 26 de enero de 2014
Nimué
Contando cuentos antiguos con palabras propias.
Edward Burn-Jones. La seducción de Merlín
Merlín, dormido, respiraba sereno, satisfecho. Nimué le miró sin prisa recorriendo sus tobillos subiendo con sus ojos hasta las corvas de sus rodillas para detenerse en el lienzo que tapaba el resto de las piernas, la parte baja de su espalda y un vientre abultado por la edad que, con escaso éxito, intentaba disimular; siguió por el resto de la espalda, sus hombros y la cabeza que hundía en el revoltillo que formaban sus ropas.
Cubierta tan solo con una ligera tela rebuscó en la bolsa que había traído. Mandrágora, belladona, beleño. Se ajustó unos finos y ajados guantes de lana hechos por ella misma con parches de cuero en las yemas, y puso todo en un cuenco que había en la mesa. Le añadió agua y otros bálsamos que también sacó de la bolsa y, lentamente, empezó a mezclarlo todo con un pequeño mazo hasta que tomó la consistencia deseada.
Era el momento de la verdad, de saber si todo lo que Merlín le había enseñado valía las noches de placer que le había dado a cambio, y mientras recitaba encantamientos y conjuros recién aprendidos empezó a ungirle -cuidando que la mezcla no excediera el marco de los parches de sus guantes- con el bálsamo que acababa de preparar. Los huecos de los tobillos, las piernas, el sexo, el vientre, el pecho, los ojos. Y vio que sí, que había valido la pena. Merlín, retorciéndose preso de lo que podría haber sido tanto dolor como placer, flotaba bajo su hechizo. Se sintió poderosa. Él, el gran mago, el que todo lo sabía, el que todo lo veía. Con la fuerza de sus ensalmos le dirigió, a través de los árboles inmortales de Broceliande hacia la entrada de la gruta, oculta en la maleza, dónde pensaba dejarle hasta el fin de los tiempos. Él, el que la había hecho sentir pequeña, simple, ignorante. Le depositó sobre un lecho de hierbas mullidas, acercándose a recoger su aliento. Él, que se preciaba de conocer los arcanos del mundo, el origen de los tiempos, el destino del futuro. No moriría, no; viviría, sólo e inmóvil, pero eterno. A él, que había vendido su conocimiento por un poco de piel. Sí, le regalaría la inmortalidad, atado a aquel lecho, a aquella cueva, a aquel tiempo.
Merlín, abiertos ya los ojos, la miró. A ella, que creía que le había vencido; a ella, que le miraba desde el atalaya de quien se cree poderosa; a ella... que seguía sin entender. La miró y sin hablar le contó que lo sabía, que siempre lo había sabido, que ése era su sino: vivir la eternidad atrapado en un tiempo y un espacio irreales. Le dijo que podía haberlo evitado y no lo hizo; que siempre supo lo que hacía y, aun así, siguió adelante; que podía no haber llegado allí, pero quiso llegar. Y que esa última noche que habían compartido sería eterna aunque ella no lo supiera entonces: él podría repetirla siempre que quisiera, obligándola a amarle en sus sueños, porque no le había enseñado todo, porque estaban unidos por lazos que nada ni nadie sería capaz de romper, ni siquiera ella. Había valido la pena aceptar ese destino. Mientras sellaba para siempre la puerta de la cueva, Nimué sintió que su piel se estremecía ante la certeza de aquel vínculo eterno.
viernes, 24 de enero de 2014
Bajo la lluvia
Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó lentamente al bordillo. Brillaba, pero no fue eso lo que le atrajo. Resbalaba, pero tampoco le desalentó. Se acercó, simplemente.
Y junto al bordillo, ajeno al ruido del tráfico de la calle, al chapoteo de los coches, a las prisas de los peatones, miraba. Miraba el agua que, por la parte de la calzada pegada a la acera, bajaba arrastrando desperdicios que en su día fueron útiles: envoltorios de comida y latas arrugadas, alguna bolsa de plástico, papeles rotos, colillas deshechas, condones retorcidos… Objetos inservibles que en algún momento saciaron el hambre, calmaron la sed, satisficieron la curiosidad, aplacaron el deseo.
Arreciaba. El hilo de agua junto al bordillo se había convertido ya en un arroyo infranqueable para saltarlo de una zancada. Ahora habría de mojarse para cruzar. Y seguía corriendo, sin parar, sin dejar de arrastrar en su marcha objetos, siempre los mismos, siempre distintos. Y él, impertérrito bajo su paraguas, seguía con la mirada baja viendo pasar las cosas, los coches, las personas, inmóvil junto al bordillo. Mirando.
Cansado de los objetos que arrastraba el agua, de las estelas que los coches dejaban en el asfalto, levantó el paraguas, alzó la vista, y la vio. Allí, refugiada bajo el estrecho techado de una tienda de moda con luces matizadas por la cortina de lluvia que descomponía las formas y los colores, haciéndolos irreales, oníricos, casi fantasmagóricos, la vio. Se resguardaba del chaparrón, esperando que cesara. La lluvia debía de haberla sorprendido porque no llevaba paraguas, ni gabardina, ni nada que la protegiera. Así que estaba bajo el techado, a un lado del escaparate, aferrada a su bolso… esperando.
La vio tan perfecta como siempre: bella, firme, sonriente. Con el pelo enrollado, suponía que sujeto con una goma en un moño bajo como solía hacer; sus perennes pantalones de colorines, su chaqueta negra, su bolso enorme. Las luces del escaparate la llenaban de colores. Estaba realmente preciosa. Y él la miraba. No podía dejar de mirarla. Pensó en ir a saludarla, invitarla a un café, charlar de lo que había ocurrido desde que habían perdido el contacto. Pensó en cómo sería volver a caminar a su lado, darle la mano, tomarla de la cintura. Pensó en si seguiría besando con la misma fuerza, si amaría con la misma pasión. Pensó…
Fue el silencio quien lo sacó de su ensimismamiento. La lluvia había cesado, ya no sonaban los claxon de los coches, las sirenas habían callado y la calle quedó envuelta en el silencio de lo corriente, ese sordo rumor habitual que dice que no ocurre nada. Como al despertar, necesitó de un tiempo para tomar conciencia de dónde estaba, para situarse. Buscó con la mirada un lugar más cómodo, sin charcos, para salvar la calzada y cuando, tras encontrarlo unos metros a la izquierda, volvió a levantar la vista buscándola, ya era tarde. La vio alejarse, caminando segura, sin prisa pero ligera, imposible de alcanzar. Al menos para él.
miércoles, 22 de enero de 2014
Si alguna vez alguien creyó en algo...
… ese fue Heinrich Schliemann. Para quienes no lo conozcan, él fue el que descubrió las ruinas de Troya y desenterró los tesoros de Micenas. En definitiva, el que situó en la realidad lo que, hasta entonces, sólo había sido un mito: los hechos que se narran en la Iliada y la Odisea.
Schliemann nació en 1822 y aunque se suele decir que era alemán, no es del todo cierto ya que Alemania no existía en aquellos tiempos (hasta 1870 Alemania -al igual que Italia- sólo era un concepto geográfico, no político). Schliemann nació en la belicosa Prusia y vivió en un tiempo histórico convulso (guerras, revoluciones, juegos políticos, industrialización...), aunque a él no le afectó: tenía otros intereses y otros objetivos, también en consonancia con un siglo marcado por los descubrimientos.
Hijo de un pastor protestante, desde muy joven se interesó por el mundo homérico. El propio Heinrich relata en su autobiografía que su padre le regaló un libro de Historia con un grabado que mostraba a Eneas huyendo de Troya cargado con su padre, Anquises, y acompañado de su hijo Ascanio. Le impresionó tanto la imagen que, aunque su padre le aseguró que tal hecho no era histórico sino legendario, él se resistió a creerlo.
Tras la muerte de su madre, el padre de Heinrich se arruinó y él tuvo que ponerse a trabajar en una tienda. Allí conoció a un estudiante que le recitó versos de Homero en griego que le impactaron tanto como el libro que le había regalado su padre, aún cuando todavía no conocía el idioma. A partir de entonces los objetivos de Schliemann serían aprender griego y hacer fortuna para poder buscar Troya. Y consiguió ambas cosas.
En los años siguientes, Schliemann aprendió no sólo griego, sino otros catorce idiomas más; se casó con una rusa; viajó por todo el mundo, incluso a lugares tan lejanos como América, India o China, aprendiendo cosas nuevas hasta que con 44 años se trasladó a París, donde se matriculó en la Sorbona para estudiar Ciencias de la Antigüedad. Dos años después visitó Grecia por primera vez y fue entonces cuando empezó su verdadera vida: liquidó todos sus negocios (era ya multimillonario) y se dedicó a la arqueología. Como su mujer no quería seguirle en esa aventura, se divorció de ella y encargó a su amigo el obispo de Mantinea que le buscara una mujer griega a la que también interesara la arqueología. Fue así como conoció a Sofía, una joven de 17 años (treinta menos que Schliemann), con la que tuvo dos hijos (Andrómada y Agamenón) y que le acompañó durante el resto de su vida.
Así, a partir de 1868, Heinrich se dedicó por completo a su gran pasión: la Antigüedad Griega. Con la Iliada en la mano empezó a buscar Troya. Tras desechar distintos emplazamientos por falta de coherencia con el texto homérico, empezó a excavar en una colina de Turquía llamada Hissarlik: en 1870 aparecieron distintos niveles de ruinas de una ciudad destruida en repetidas ocasiones. Aunque posteriormente el estrato que Schliemann identificó como la Troya protagonista de La Iliada se ha demostrado que no era el correcto, lo cierto es que encontró la Troya de La Iliada.
Pero quedaban más sorpresas en esas excavaciones ya que encontró lo que él llamó el "Tesoro de Príamo": un espectacular hallazgo de joyas de oro y otros objetos. Tras adornar y fotografiar a Sofía con las joyas, Schliemann trasladó el Tesoro a Berlín, donde lo depositó en el Museo de Artes y Oficios. Se dice que se lo llevó ilegalmente aunque otros dicen que no: de hecho los turcos le concedieron permisos posteriores para seguir excavando. Tras la invasión rusa de Berlín al finalizar la II Guerra Mundial, el Tesoro de Príamo desapareció del museo berlinés, reapareciendo en Moscú muchos años después, donde sigue actualmente, expuesto en el Museo Pushkin de esa ciudad. Rusia afronta la reclamación de Alemania para su devolución, pero supongo que como todos estos asuntos, será algo que quede sin resolver.
No obstante, la Iliada no acababa en Troya, así que en 1874 Schliemann se trasladó a Grecia donde empezó a excavar buscando las patrias de Agamenón y Menelao (hijos del rey Atreo de Micenas), Ulises (rey de Ítaca), Aquiles (hijo del rey Peleo de Tesalia), Menelao (rey de Esparta)... Y, finalmente, en Micenas, aunque sus ruinas ya eran conocidas -Lord Elgin se había llevado al Museo Británico parte de la fachada del Tesoro de Atreo-, Schliemann encontró de nuevo un gran tesoro, tanto arqueológico como de objetos.
Basándose ahora en la Descripción de Grecia de Pausanias, Schliemann excavó una serie de tumbas reales conocidas como Círculo A, buscando el Tesoro de Agamenón. Y lo encontró. Bueno, quizá no fuera del propio Agamenón, pero ese es un detalle insignificante al lado de la riqueza de las tumbas (con cadáveres y todo) y de los ajuares funerarios que Heinrich encontró allí. Por encima de todo destaca la conocida como Máscara de Agamenón (que, en realidad es unos tres siglos anterior a Agamenón), conservada en el Museo Arqueológico de Atenas.
Pero Schliemann no se paró aquí sino que siguió excavando: Ítaca, Orcómeno, Tirinto, Olimpia, Troya en varias ocasiones más..., aunque ya ningún hallazgo tendría la espectacularidad de lo que ya había encontrado. En 1890, mientras visitaba las ruinas de Pompeya y preparaba una excavación en Cnossos, murió repentinamente. Su colaborador Dörpfeld le dedicó esta frase de despedida: "¡Descansa en paz: ya has hecho bastante!"
Si hay algo por lo que admiro a Schliemann -entre otras muchas cosas- es por su capacidad y su fuerza para perseguir su sueño, su ilusión, su corazonada, siempre con determinación. No importa que, como se ha demostrado posteriormente, no acertara en las atribuciones que hizo de sus hallazgos arqueológicos; lo verdaderamente importante es que gracias a él, a su pasión, a su audacia, a su resolución, se ha podido conocer mejor la edad oscura de la Historia de Grecia, que la ficción a veces esconde posos de realidad y que los sueños no siempre son inalcanzables.
lunes, 20 de enero de 2014
Mirada
Se distrajo en la cocina preparando café el tiempo justo para no percatarse de que ella había encendido la luz. No importaban esos pocos segundos: tenía todo el tiempo del mundo.
La vio dejar algunos libros y documentos desparramados en el sofá, y el bolso sobre la mesa del comedor junto al jarrón de las flores secas, abierto, mostrando parte de lo que había dentro: la cartera, el tabaco, la bolsita de maquillaje, un cuadernito rojo con un bolígrafo plateado enganchado en la solapa… Todo un mundo el bolso de las mujeres, pensó. Ella dejó el salón y entró en el dormitorio quitándose la chaqueta como si tuviera prisa. La puso en la cama mientras desaparecía por la puerta del baño. Aunque no podía oírlo, imaginó el ruido del agua de la ducha cayendo sin obstáculos aún, esperando alcanzar la temperatura adecuada.
Todavía humeaba el café mientras pensaba que esa premura se debía, sin duda, a que iba a salir. ¿Dónde iría? ¿Tendría alguna reunión de última hora? ¿Una cena de trabajo? ¿Una cita? Un pequeño atisbo de celos asomó a sus ojos, pero rápidamente lo reprimió: no tenía derecho a mostrarse celoso; ni él lo había sido nunca, ni ella le dio jamás motivo.
Salió del cuarto de baño, ya desnuda, y recorrió el camino en sentido inverso, hacia la cocina, con ropa entre los brazos para llevarla a la lavadora. Su desnudez daba un aire sensual, casi erótico, a ese acto tan cotidiano. Volvió de la cocina ya con las manos vacías, con ese contoneo que la caracterizaba: incluso cuando creía estar sola sus movimientos eran suaves, dulces, sinuosos. Se volvió a perder en el baño mientras él daba un sorbo al café que hacía rato se había quedado frío. No le importó: el café le gustaba de cualquier manera. Como ella.
Nunca llegó a entender del todo porque se había enamorado de él, porque había cerrado los ojos a las diferencias, entregándose sin exigencias. Nunca llegó a entender qué había visto en él, y eso le hacía sentirse inseguro, buscando siempre ir un poco más lejos para merecer que una mujer así, como ella, le amara. Nunca llegó a entenderla del todo.
Envuelta en una toalla enorme salió del baño, secándose el pelo, ladeando la cabeza para que toda la melena cayera de un lado y poder secarla con mayor facilidad. Al enrollar la toalla pequeña en la cabeza, se le cayó la grande que la envolvía y habría jurado que la sintió tiritar por el cambio de temperatura. Hubiera querido ir a abrazarla, darle calor, jurarle que todo estaba bien… pero no, no podía invadir esa intimidad que tanto le fascinaba. Ella recuperó la toalla poniéndosela mientras volvía a desaparecer tras la puerta del baño.
Le gustaba mirarla así, con distancia, sin que ella se supiera observada. La veía plena, serena, esencial: como era ella de verdad. Y le volvía esa sensación de pequeñez que siempre le invadía cuando la pensaba, ese sentirse insignificante a su lado, esa impresión de futilidad que ella, sin saberlo, le imponía.
Al cabo de un rato, ya con el pelo seco y ligeramente maquillada, salió de nuevo del baño y abrió la puerta izquierda del armario: la de los vestidos. Definitivamente tenía una cena. Seguro que eran asuntos de trabajo. Era una profesional de éxito, como él, pero ella lo afrontaba paciente, sin sucumbir al estrés. Se puso un vestido azul noche, de largo medio, por debajo de la rodilla, con escote cuadrado y manga corta. Sí, definitivamente, era trabajo. Sin saber por qué, respiró tranquilo. Se puso una chaqueta sastre encima del vestido, beige, ceñida de corte clásico, elegante. Eligió el mismo tono para los zapatos, de tacón medio, y para el bolso, armado, firme, como correspondía a la imagen de seriedad que pretendía ofrecer. Estaba maravillosa: la seguridad con la que elegía la ropa se correspondía con la firmeza con la que afrontaba cualquier aspecto de su vida. Era una persona con la que se podía contar, en la que se podía confiar. Como él cuando olvidaba sus recelos y permitía que los demás le vieran como era… pero eso no ocurría siempre.
Y es que cualquiera que los hubiera visto juntos habría pensado en ellos como almas gemelas con cualidades y valores similares, aunque en el fondo… eran tan diferentes. Él era un hombre lúcido, pero no le parecía suficiente: quería ser -o, al menos, parecer- más inteligente que los demás; ella, aunque no lo era tanto, no necesitaba ser más que nadie: se aceptaba tal cual. Él aparentaba seguridad en sí mismo; ella la había conquistado. Él necesitaba destacar; ella, no, aunque no pasara desapercibida. Él se desesperaba por sus escasos errores, negándolos incluso; ella asumía y aprendía de los suyos, mucho más frecuentes. Él tenía que imponerse, demostrar constantemente ser el mejor; ella, sencillamente, hacía lo mejor que sabía. Él se agotaba en tanta postura e impostura mientras que ella, simplemente, estaba.
Pero por encima de todo, él la amaba. Por sus virtudes, las de ella. Pero le hacía la vida imposible. Por sus defectos, los de él. Y es que, por más que había intentado evitarlo, se sentía apabullado, incapaz de aceptar la diferencia, de asumir que no era mejor que ella sino simplemente diferente, incapaz de reconocer que era una mujer que valía la pena. Admiraba su fuerza, su valentía, pero no aguantaba que los demás lo valoraran; adoraba su belleza, pero no soportaba saber que no era el único que la había disfrutado; amaba su esencia, la que aceptaba su imperfección como parte de sí misma sin por ello sentirse menos, y odiaba la suya, la de él, igual de perfecto e imperfecto a un tiempo, pero incapaz de asumirse como tal.
Y su propia incongruencia le llevó a comportamientos calculados y dañinos en los que la hacía sufrir de forma consciente, medida. Cualquier cosa que ella hacía la calificaba, solapadamente, de forma negativa; compensaba los halagos con la constatación de algún defecto intentado evitar que se sintiera lo hermosa que él la veía en la realidad; cualquier decisión, por buena que le pareciera, siempre se encontraba con un “pero”. Todo era criticable, siempre de forma encubierta, escondiendo los reproches entre elogios y alabanzas, como si no pudiera aceptar que algo fuera bueno o estuviera bien hecho sin ponerle la puntilla. Y la agotó. Sin más.
Desde entonces se conforma con contemplarla desde la ventana de su salón, el de él, donde tiene un telescopio de alcance medio siempre enfocando a la fachada del edificio en el que se abren los ventanales de la cocina, el salón y el dormitorio. Los de ella.
domingo, 19 de enero de 2014
Mar
Se incorporó lentamente, con la indolencia que da la ausencia de ganas de vivir. Miró a su alrededor y vio lo que ya iba convirtiéndose en habitual: una habitación impersonal de hotel; una mesa con propaganda, hojas y sobres con el anagrama del establecimiento; un espantoso cuadro de flores; una lámpara de sobremesa azul, a juego con las cortinas, oscuras y pesadas; dos mesitas bordeando una cama grande y fría.
En la cama, al igual que en ocasiones anteriores, dormía plácidamente un hombre del que ni siquiera recordaba el nombre. No recordaba tampoco como le había conocido, ni porque habían pasado la noche juntos. Lo que podría haberse interpretado como intimidad, no era más que una forma de olvidar. O tal vez de recordar. Quién sabe. Buscaba. Buscaba con desesperación aquello que había perdido hacía algún tiempo. Ningún hombre sería igual al que había desaparecido sin dejar más rastro que un corazón roto y una tristeza imposible de superar. Y noche tras noche, buscaba la ilusión del amor, recuperar sensaciones perdidas, aliviar el peso de la desesperación.
No lo conseguía. Por más que intentaba encontrar amor en todos los hombres que se la acercaban, sabía que era pura ficción. No podía encontrarlo porque no era amor lo que buscaba, no. Quería recuperar al amante perdido, aquél al que el abandono había convertido en obsesión. Así, se vio enredada en una rueda que únicamente aumentaba el dolor.
Cada noche que despertaba en una habitación de hotel con un desconocido al que- como siempre- dejaría una nota de despedida, se moría otra parte de su alma. Había aprendido a convivir con el dolor sin ser consciente de que la destruía por dentro.
No podía soportarlo más. Por más que intentaba pensar en algo que la atara a la vida, no lo encontraba. Hacía tiempo que no trataba con su familia y sus amigos eran tan pocos que soportarían fácilmente su ausencia. Su trabajo, rutinario y aburrido, no era ningún aliciente; no tenía aficiones que llenaran su tiempo, ni sueños que alimentaran su alma. Pero lo peor era la falta de esperanza. Ya no pensaba en el futuro, había dejado de hacer planes, la ilusión había desaparecido. Se sentía vacía.
Estaba a punto de amanecer. Terminó de escribir la nota para su amante ocasional, se vistió sin prisa y, cuando terminó, miró desde la puerta la habitación. Por un instante, deseó ser como aquel hombre al que dejaba durmiendo tranquilo y satisfecho. Cerró la puerta sin ruido y, una vez en el coche, condujo sin rumbo.
Tenía la mente en blanco, pero el dolor no desaparecía. Sintió el olor del mar, y cuando llegó a un ensanchamiento de la carretera paró el coche, se bajó y empezó a caminar. Amanecía, y sobre los árboles, a lo lejos, se reflejaban los tonos anaranjados y rojizos del alba. Se quitó los zapatos de tacón y caminó descalza. Notó la dureza del suelo, el frío. Siguió caminando, sin ningún propósito, sin ir a ningún sitio. Seguía sin pensar. El dolor la acompañaba aún.
El final del camino. Se giró. En la distancia, el monte, el valle; a su espalda, el acantilado, el mar. A lo lejos, un sol naranja empezaba a iluminar a contraluz los pueblos, los cultivos, los bosques. Un olor a verde, a fresco, a suave lo llenaba todo. Se diría que el mundo despertaba dulce. Hubiera querido sentirse como el paisaje, como la mañana, apacible, tibia, tranquila. Quería volver a sentirse viva, pero no lo conseguía. Necesitaba paz y que el dolor desapareciera.
Sin saber por qué, se volvió buscando el mar, y miró hacia el sol que se alzaba, poderoso ya, a su derecha, sin cerrar los ojos. Quedó cegada y soltando los zapatos, se quitó la chaqueta; seguía con los ojos abiertos, mirando sin ver nada, pero sintiendo calor en la cara. Queriendo notar la misma sensación en todo el cuerpo, terminó de desnudarse y se emborrachó de la calidez del día que nacía. Pero el dolor seguía allí, dentro de ella.
No podía más, necesitaba descansar. Sin pensarlo, empezó a caminar, ciega, sin ver donde pisaba. Únicamente notaba el suelo, cruel e inhóspito, bajo sus pies; y el sol, cálido, acogedor, sobre su piel. Un paso, el siguiente, otro más; de repente, nada bajo sus pies, el vacío.
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