Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

miércoles, 29 de abril de 2015

Recuerdo

Anciano moribundo. Silvestro Lega.

El abuelo se moría apaciblemente, rodeado de las personas que habían llenado su vida: sus dos hijos y sus tres nietas. Sin embargo, y en contra de lo que se suele decir, en ese momento no pasó por su cabeza el resumen de su vida entera o el recuerdo de quienes la compartieron la mayor parte del tiempo. 

No, el abuelo no recordó nada de eso. Sólo fue capaz de evocar unos brazos prohibidos; un cuerpo joven, pleno y entregado, que le ofrecía un espacio desconocido; unos labios ardientes y húmedos que le recorrían con fuerza adictiva; unas caricias que le hacían estremecer llevándole a mundos que creía que sólo existían en sus fantasías; un amor que ofuscaba su conciencia haciéndole pensar en universos que no sabía siquiera si habían existido. 

Sólo vio el rostro joven, vivo en el olvido, de una mujer con la que únicamente podía soñar. Recordó las palabras escritas en amarillentas cartas, guardadas en el fondo de un cajón, como se guarda todo aquello que no se es capaz de tirar; cartas llenas de sueños, de recuerdos, de ilusiones; cartas que el tiempo había estropeado pero que no había conseguido destruir. 

Recordó su cobardía, su miedo, su incapacidad para hacer frente a su familia. Hacía tanto de eso que parecía perderse en el principio de los tiempos. También evocó su horror a lo desconocido por más que fuera deseado. Se acordó de su conformismo, de su adaptación a lo que los demás esperaban, de su comportamiento tan estrictamente correcto. 

Y ahora, cuando la muerte le rondaba, era únicamente cuando tomaba plena conciencia de que nunca en toda su vida había dejado de arrepentirse de no haberse atrevido a dejarlo todo y vivir como habría deseado. Ahora, cuando el final era inminente, ese recuerdo era lo único que su espíritu añoraba, la oportunidad perdida de vivir un amor prohibido. Añoraba la urgencia de un deseo jamás experimentado como si fuera un fuego nunca extinguido, tan sólo apaciguado en el fondo de la memoria junto a sensaciones y sentimientos que en este último momento afloraban, para recordarla, y morir con su nombre en la boca. 

Mientras su hijo menor le cerraba los ojos, todos se miraron extrañados, sin comprender qué había ocurrido, interrogándose en silencio, buscando una respuesta en los ojos de los demás. ¿Alguien sabía quién era Laura? 

jueves, 12 de marzo de 2015

Ofelia



Ofelia - Gregory Crewdson


Nació antes de tiempo y más pequeña de lo habitual. Nadie podía asegurar que sobreviviera. Pero lo hizo. Creció frágil y convencida de ser alguien especial, de estar por encima del mundo que la rodeaba. Su madre, atrapada en una vida anodina y en una relación agotada, había volcado en la niña sus anhelos y ambiciones, todos sus sueños románticos, buscando que su hija viviera al margen del mundo ordinario y tosco en el que se movían. No le permitía jugar con los demás niños, ni salir a la calle, ni tocar nada que pudiera mancharla: quería que fuera etérea, única, como de otro mundo, pensando que alejarla de la realidad que les envolvía le abriría la puerta a una vida mejor que la suya. Incluso al elegir su nombre, buscó escapar. Ofelia, sutil y delicada, enamorada sin esperanza de Hamlet. No se le ocurrió que tal vez un nombre puede estar unido a un destino.

Desde muy pequeña, su angelical aspecto, su pelo negro y sus ojos violeta intenso en contraste con una piel casi traslúcida, permitieron a su madre introducirla en el mundo de la publicidad, de la fotografía y, finalmente, de la televisión. Tenía que concentrarse por completo en ese futuro. La niña sería famosa y ella, de algún modo, también.

Los trabajos empezaron a ser cada vez más frecuentes y los días de casting, sesión fotográfica o rodaje, la niña no iba al colegio. Ofelia, rodeada de una nube de peluqueras, estilistas y maquilladoras, se sentía una princesa de cuento de hadas. Su madre organizaba todo y sus caprichos se convertían en realidad al instante. El mundo giraba en torno suyo, tenía todo lo que deseaba y nadie le decía que no a nada. No podía imaginar que no siempre sería así.

Cuando tenía nueve años, y previendo el desastre, el padre de Ofelia, incapaz de soportar por más tiempo aquella situación, pidió el divorcio y la custodia de la niña, alegando que el que dedicara tanto tiempo al trabajo descuidaba su educación. El juez desestimó la petición, y el hombre tuvo que conformarse con hacerse cargo de su manutención y verla los tiempos que, a fuerza de repetirse, se habían tornado clásicos: un fin de semana de cada dos y quince días en verano. Durante todo el tiempo que pasó con ella nunca dejó de intentar devolver a Ofelia al mundo real, llevándola a parques llenos de atracciones, a las cuales la niña no subía; invitando a los hijos de sus amigos, a los que ignoraba y trataba con desprecio; visitando museos, ferias, exposiciones, pueblos… buscando despertar algún interés en su hija. Pero ella permanecía ausente, ajena, hastiada y deseando marchar. Fue una tortura que duró cuatro años, hasta que, con la complicidad con su madre, la niña logró que un juez suprimiera las visitas.

Sin embargo, la vida que su madre había soñado para ella no llegó nunca. La adolescencia se llevó el ángel que tuvo durante la infancia. La cara se le llenó de granos, la piel se le oscureció, los rasgos se le endurecieron y, hacia los veinte años, se había convertido en una mujer absolutamente vulgar, pequeña y demasiado flaca, de formas rectas y sin ningún atractivo especial: una mujer como tantas. Sin estudios, tuvo que aceptar un trabajo corriente y mal pagado que le impedía llevar el ritmo de vida que estaba convencida de merecer. La frustración se hizo su más fiel compañera: ella seguía viéndose como la reina que creía ser y comportándose como tal, con aires de superioridad y desprecio hacia los demás, mirando al resto del mundo desde una atalaya inexistente.

Los hombres que se le acercaban nunca eran los que ella quería, y los que a ella le interesaban, la ignoraban. Así, se fue fabricándose una personalidad hipersensible, incomprendida del resto del mundo, rodeada de un aura de romanticismo fatuo, de amores desmedidos y sensibleros, de exigencias sin compensaciones, que ninguno de sus eventuales novios podía soportar. Esperaba con desesperación la llegada de un príncipe azul que la rescatara de ese mundo mediocre e insensible en el que vivía, un mundo que la trataba cruelmente. Pocos llegaban a convertirse en sus amantes, pero cuando ocurría, su frialdad, su desconsideración, sus ínfulas de princesa, esperando todo sin dar nada, llevaban la relación al fracaso. Y cada uno de ellos era un paso más hacia la desesperanza: se sentía maltratada y herida, sin comprender el porqué de tanto daño y sin siquiera plantearse que parte de la culpa de esos fracasos podía ser suya.

Según pasaba el tiempo, acuciada por la soledad y la necesidad de encontrar ese amor que había inventado y que sólo existía en su mente, su listón masculino empezó a bajar, lo que no impidió que los desastres se sucediera uno tras otro. Al principio, la incomprensión y el asombro por los comportamientos de sus amantes fueron acompañadas de rabia e ira, pero poco a poco las sustituyeron la angustia y la ansiedad. Ofelia se sentía desgarrada, vejada, convencida de que nadie era capaz de percibir su exquisitez, de entender sus sentimientos, de abrir la jaula donde su pasión se mantenía cautiva. Empezó a barajar la posibilidad de poner fin a todo, cada vez más lánguida, apática e indolente. Sentía que el mundo la había traicionado e, incapaz de admitir sus propios errores, su egocentrismo y sus defectos, empezó a pensar en un final acorde a la percepción que tenía de sí misma.

Aquel viernes, al llegar de su trabajo, se desvistió de forma casi ritual, como para un baño purificador. Una vez desnuda, abrió los grifos de la bañera, luego los del lavabo, finalmente, bajó a la planta inferior para abrir los de la cocina. Subió de nuevo a su alcoba y se puso un camisón blanco, ligero, de seda, y de forma suave y teatral, se sumergió en el agua, que pronto llenó la bañera y la desbordó, uniéndose a la que manaba del lavabo e inundaba el cuarto de baño para salir al pasillo y descender por las escaleras, donde se encontraría con el agua de la cocina y que ya había empezado a llenar el suelo de la sala de estar, rodeando los muebles de la estancia. Ofelia, salió de la bañera, bajó las escaleras y tras tomarse todas las pastillas del bote de barbitúricos, se tumbó en el suelo a esperar que la muerte le diese un final con la belleza y el brillo que ella merecía.

Cuando, a los dos días, los vecinos, preocupados por el reguero de agua que escapaba por debajo de la puerta, avisaron a la policía y a los bomberos, éstos sólo vieron a una mujer pálida y flaca, flotando en medio de un salón inundado en el que muebles destartalados, impersonales y grises flotaban a su alrededor.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Marina





Hacía meses que a Marina le habían quitado el respirador artificial que la mantenía con vida tras el accidente. Todo el mundo esperaba que muriera entonces, pero no lo hizo. Y pasó el tiempo; los días se convirtieron en semanas y las semanas, en meses, hasta que Marina quedó semiolvidada en una habitación de hospital, luminosa y clara, con vistas a la sierra y con olor a flores frescas en primavera y a nieve en invierno. Poco a poco dejaron de visitarla, primero los amigos, luego la familia. Finalmente, sólo su madre acudía todos los domingos a contemplar como aquel cuerpo inerte seguía respirando por sí mismo, sintiendo como su hija moría en vida.

La madre de Marina se sentaba en un sillón junto a la cama, le tomaba la mano y en silencio pasaba el día, con la mirada perdida en el horizonte que veía a través de la ventana, entre las montañas lejanas de la sierra, como si allí pudiera encontrar la explicación de lo que ocurría. Intentaba descubrir por qué su hija, tan alegre y vital en otros tiempos, estaba allí, viviendo su propia muerte. Hubiera querido averiguar por qué su niña se aferraba a una vida sin esperanza, por qué su alma no abandonaba aquel cuerpo que, según le decían, jamás despertaría. 

No entendía nada. Ella era una mujer a la que la vida había vuelto seca y dura. Era de esas mujeres fuertes, bravías, que lo que son y lo que tienen no se lo deben a nadie, porque se lo arrancaron a la vida a fuerza de carácter, trabajo y sufrimiento. Era de ese tipo de mujeres anónimas a las que nadie ayuda, dignas y valerosas, ignoradas y que han tenido que luchar lo indecible por salir adelante. 

Ella en ningún momento pudo permitirse el lujo de la queja. Había estado demasiado ocupada trabajando sin descanso y escapando del hombre con el que se casó, el padre de Marina, cuya muerte, al fin, le devolvió la paz y le permitió parar. Hasta entonces, llevaron una vida errante, de ciudad en ciudad, huyendo de su destino. Era una mujer que no sabía de las grandes cosas del mundo, pero de lo que sí sabía -aparte del miedo: profundo, íntimo, intenso- era de los problemas cotidianos, del agobio de no llegar a fin de mes, de la desesperación por la falta de trabajo, del dolor de no poder dar a su hija lo que le hubiera gustado, de la tristeza de una cama vacía, del vacío de una soledad buscada.

Quizá por esas carencias constantes, intentó enseñar a su hija el valor de las pequeñas cosas, esas que no se compran con dinero, esas que siempre están ahí pero que tan frecuentemente se dejan pasar. Esas pequeñas cosas que son las que construyen poco a poco la vida, las que le dan sentido y permiten no desfallecer ante la adversidad: los besos de buenas noches, las caricias perezosas al compartir un sofá, los abrazos sin más motivo que decir "me importas", el olor de las rosquillas, el sabor de las fresas, el aspecto de la mesa de Nochebuena, el consuelo ante el miedo y el fracaso, el silencio compartiendo el dolor por el abandono del primer novio, las risas por un estropicio de platos en el suelo, una canción a pleno pulmón en la cocina, o la pena compartida por la muerte de alguien querido. Amparo había intentado llenar su vida y la de Marina de pequeñas cosas valiosas que siempre darían ánimo cuando las grandes fallaran. Y fallarían. Siempre fallaban.

Ahora, se sentía completamente perdida: las pequeñas cosas habían desaparecido para Marina, no le quedaba nada y no podía comprender qué habría tan importante en la vida de su hija para que ésta se aferrara de ese modo a ella. No entendía de medicina, de estados comatosos, de vida vegetativa; en realidad, no entendía nada de lo que le decían los médicos. Pero sabía que había algo, algo que ella no lograba ver, algo profundo y fuerte que mantenía a su hija aferrada a un cuerpo muerto. Y pensaba en los tiempos anteriores al accidente, en cómo se habían distanciado, hasta casi limitar el contacto a una breve llamada semanal en la que hablaban de cosas insustanciales. Pensaba en el tiempo perdido en discusiones triviales, que entonces parecían tan importantes y ahora tan carentes de sentido. Pensaba en cómo habrían sido los últimos meses de la vida de su hija antes del accidente, como serían sus amigos en aquella gran ciudad, qué haría en su tiempo libre, cuáles serían sus planes, sus metas, en definitiva, como sería su vida. Y se daba cuenta de lo poco que sabía de su hija.

Así, domingo tras domingo, Amparo veía las semanas pasar a través de la ventana, interrogándose sin encontrar respuestas y esperando, en vano, la muerte de Marina. Hasta que un domingo de abril, luminoso y alegre, por fin, le llegaron las respuestas de la mano de un desconocido.

Él tendría unos cuarenta y cinco años y una mirada profunda y triste. De pelo entrecano y piel curtida, aún conservaba gran parte del atractivo que sin duda tuvo en su juventud. Cuando abrió la puerta de la habitación de Marina, la anciana, sentada junto a su cama, se levantó casi de un brinco. Hacía tanto que nadie visitaba a su hija que aquella presencia la sobresaltó, más por inusitada que por otra cosa. Ambos quedaron en pie, frente a frente, escrutándose con la mirada. El hombre, lentamente, se acercó a la cama en la que yacía Marina, y con suavidad, la besó en la frente. La madre creyó ver un cambio en su hija, algo casi imperceptible, una reacción. Fue entonces cuando comprendió que él era la causa por la que su hija se aferraba a ese cuerpo muerto. Todo ese tiempo le había estado esperando.

Discretamente, sin decir una sola palabra, con un leve movimiento de cabeza a modo de saludo, abandonó la habitación, y cedió el sillón que ocupaba todos los domingos a aquel desconocido. Desde el pasillo, pudo ver como el hombre se sentaba junto a la cama y, al igual que hacía ella, tomaba la mano de Marina. Y vio como le hablaba, con gestos suaves, y cómo, con movimientos dulces, recorría su cara. Amparo no lo sabía, pero él buscaba en cada uno de los rasgos de ese rostro inerte los de la mujer que amaba, que tanto había soñado y cuyo recuerdo fraguado en apenas dos breves encuentros que llevaba grabados a fuego en la memoria: el perfil de los ojos, la línea de la nariz, la curva de los labios. Las lágrimas del desconocido caían sobre la mano de Marina mientras la sostenía con una suavidad impensable en manos tan toscas y ásperas.

Si hubiera podido oírle, habría escuchado como sus palabras brotaban tiernas y sentidas, evocando con nostalgia lo que pudo haber sido. Una casualidad les había puesto en contacto. Marina pertenecía a un club de lectura en Internet, en el cual también participaba él. A ella le llamó la atención la fuerza de sus sentimientos, la pulcritud de sus sensaciones, la precisión de sus descripciones, así que se puso en contacto directo con él intentando saber más. Y así, sin darse cuenta, los correos se fueron haciendo más frecuentes hasta convertirse en diarios. La ilusión les hacía encender el ordenador antes de desayunar para ver si había correo, o quedarse despiertos hasta altas horas de la madrugada chateando sin sentir cómo pasaba el tiempo. No había pasado mucho tiempo cuando se dieron cuenta de que había nacido entre ellos un sentimiento especial al que no se atrevían a poner nombre, pese a intuirlo. Y aunque se sintieron inseguros, siguieron adelante con esa relación sin nombre, cada vez con más ganas, con más fuerza, más anhelantes, pensando siempre el uno con el otro, absorbidos por la presencia ausente de quien sabían que estaba al otro lado de la red, hasta el punto de convertirse en casi una obsesión. La confianza, la admiración y la complicidad abrieron la puerta a la necesidad de verse, escucharse, tocarse. 

Se vieron dos veces antes de tomar una decisión. Dos encuentros fugaces pero intensos, repletos de complicidad, de confesiones, de intimidad. Fueron días de largos paseos intercambiando confidencias y de cenas íntimas a la sombra de árboles frondosos y frescos, enmarcando conversaciones en las que las manos surcaban la mesa entre vasos y platos para encontrarse en el centro, conversaciones en las que las palabras surgían ajenas al lenguaje de las miradas, que ansiaban el silencio de los besos. Encuentros en los que descubrieron su sabor, su aroma, el tacto de su piel, la posición de los lunares, los gestos del amor… su esencia. Querían capturar en esos pocos días sus despertares, sus gustos, sus costumbres, sus manías, sus dudas, sus miedos. Querían aprehenderse el uno al otro, fundirse, confundirse, respirar el mismo aire, ocupar el mismo espacio y olvidar el mundo. 

Pero, de forma inevitable, el tiempo se agotaba y tenían que volver a su día a día, a sus trabajos, a su vida real, y retomar los sueños en línea, aunque ya conscientes del nombre del sentimiento que vertían en cada uno de sus correos y de sus conversaciones. Se habían enamorado, con la serenidad y seguridad que da el mutuo conocimiento grabado en cada frase, en cada línea, en cada letra, y con la fuerza y la pasión vivida cada segundo de los que compartieron.

No tenía sentido seguir así, de forma que se decidieron a compartir casa, mesa y cama además de ilusiones, sentimientos y amor. Planearon la intendencia minuciosamente. Marina no dudó en dejar un trabajo que no la llenaba, un piso compartido que nunca había sentido como suyo, una vida solitaria en una ciudad atestada de gente desconocida para trasladarse a vivir a la pequeña ciudad en las que él tenía casa, tierras y raíces. Nada quedó sin prever, todo parecía controlado: la venta del coche y de los pocos muebles, las maletas con la ropa, las fotos, los escasos recuerdos que no habían quedado en casa de su madre, el billete de tren. Todo estaba previsto. Todo menos la fatalidad. 

Camino de la estación, un conductor ebrio se saltó la mediana estrellándose contra el taxi en el que viajaba Marina. El choque, lateral, terrible y mortal, apenas afectó al taxista, que viajaba en el lado contrario al del impacto y con el cinturón de seguridad, pero alcanzó de lleno a Marina, con tan mala fortuna que se golpeó la nuca quedando inerte, con apenas un soplo de vida en un cuerpo muerto. 

Él la esperó en la estación del tren hasta que, ya de madrugada, supo que no vendría. Desesperado, se juró no buscarla, no quería saber nada, se sintió traicionado, engañado. Tardó varios días reaccionar hasta que, cuando al fin se decidió a llamarla por teléfono, encontró que el aparato estaba desconectado. La busco en la red, pero no daba señales de vida: durante días le dejó mensajes en el correo. Necesitaba una explicación. Sin embargo, ante la falta de respuesta, pensó que ella lo evitaba, que había desaparecido diluida en ese mundo cibernético que hace que lo irreal parezca cierto. Se convenció de que él sólo había sido una aventura, un juego. Desesperado, indignado, enfurecido por la mentira que suponía real, se refugió en el trabajo. Se endureció, se volvió frío. No volvió a sonreír y disminuyó sus contactos con el resto del mundo a lo estrictamente imprescindible. Se encerró en su casa y en sí mismo, lamentándose por lo que él suponía una traición, sin poder siquiera imaginar que en un lejano hospital Marina se negaba a morir sin despedirse de él. 

Había transcurrido bastante tiempo cuando el hombre, ya más sereno, recordó el foro literario en el que se habían conocido y dejó allí un mensaje, por si ella aparecía. A los pocos días recibió un correo de una de las que participaban en el foro que, además, había sido compañera de trabajo de Marina, en el que le contaba todo lo que había ocurrido y le decía dónde podía encontrarla. Sumido en una desesperación infinitamente mayor que su furia inicial, se sintió mezquino y despreciable. El desconsuelo le invadió por completo. Cuando al fin consiguió vaciar su dolor y reponerse, se encontró con el valor suficiente para ir al sanatorio en el que Marina esperaba el momento de morir en paz.

Y ahora, por fin, con la mano de Marina entre las suyas, había llegado el momento del descanso. La madre entró en la habitación y, mientras el desconocido se secaba torpemente las lágrimas, ella se puso al otro lado de la cama, tomó a su hija la otra mano y creyó sentir como ella, ya liberada, abandonaba aquel cuerpo muerto. Y aunque nadie la creyera, habría jurado ver una imperceptible sonrisa en sus labios.

jueves, 5 de febrero de 2015

Luna






La situación podría haber resultado evocadora si el banco en el que se sentó aquella noche de agosto no hubiera tenido una lama medio rota, o si la farola bajo la que estaba situado no hubiera titilado constante y molestamente, o si la luna no hubiera brillado sin halo, sin marcas, sin siquiera una triste nubecilla que la rompiera en dos. Aun así, se sentía melancólico. Y algo triste. Sí, algo triste, pero sólo un poco.

Desde ese banco ajado podía ver en la distancia, la entrada de la casa a través del enorme portón del edificio que se abría a un patio en torno al cual, en varios pisos, se distribuían las puertas y ventanas de las casas, al modo de las antiguas corralas de Madrid. Su puerta, en el piso central, estaba cerrada. Hubo un tiempo en el que ella casi vivía allí y la casa siempre estaba abierta; después, cuando ya únicamente iba de vez en cuando, sólo hacía falta llamar si se veía luz a través de la ventana para que abriera. Últimamente pasaba demasiado tiempo cerrada, aunque sabía que hoy acabaría iluminándose: había luna llena. Y ella siempre volvía por luna llena. Siempre. Hasta ahora.

Prendió un cigarrillo. Otro más. Cualquier otro se habría cansado. Él no. La esperaba. Sabía que llegaría. La noche avanzaba y una brisa fresca y dulce se coló bajo la camisa tensándole la piel. Fue esa ligera tirantez la que le recordó su piel, la de ella, dorada, suave, cálida. Encendió otro cigarro, acabaría perdiendo la cuenta. No quería que su memoria le llevara a esas otras noches, noches grabadas a fuego en el recuerdo, noches de luna llena, noches plenas de ella.

Pero no había cigarro que lograra evitar que en estas noches como ésta, en las que, pletórica, regresa la luna, él volviera a sentirla suya, en la distancia, en el pensamiento, en el deseo… pero suya. Y aunque ella no lo sabía, él siempre volvía, todas las noches de luna llena. O quizá sí, quizá sí lo sabía.

Se acomodó en el banco mientras miraba de nuevo hacia el portón. De repente hubo un vaivén de luces que se encendían y apagaban. Debía de ser por la hora: no todo el mundo hace las cosas al mismo tiempo pero hay momentos en los que parece que los astros se conjuran para que los ritmos coincidan. Pero la suya no se encendía. No importaba. Seguiría allí esperando: había luna llena… seguro que su luz acabaría encendiéndose. 

Y es que ella sabía que la luna era suya, él se la regaló hace tiempo, la atrapó para ella. Cierto que el mundo había girado mil veces, que nada estaba dónde estuvo; la hierba del jardín en el que se amaron ya no era tan suave, ni la tierra olía tan bien; las noches no eran tan cálidas y ella ya no estaba con él. Sin saber cómo ni por qué, la había dejado ir, se le había escapado entre los dedos. A veces, pensaba en acercarse de nuevo, pero no se atrevía a llamarla, ni a escribirla. No quería arriesgarse. Y se limitó a observarla de lejos y a lamentar su irresolución. Pero de alguna forma extraña, la luna les unía, porque seguía siendo suya, de ella, siempre lo sería, él se la dio mientras, desnudos y abrazados, miraban a través de esa ventana que aún seguía sin luz. Y por eso él volvía, para intuirla a través de las sombras en las noches de luna llena, sin osar pensar en llamar, sin siquiera atreverse a soñar con entrar. 

Bajó la vista un segundo para apagar el enésimo cigarrillo y, al volver a levantarla, la vio. Su silueta envuelta en sombras, asomada a la ventana, quizá buscando la luna, esa luna que le pertenecía. Cerró los ojos atrapando su imagen y se levantó. Mientras se iba pensaba que ya no quedaba nada para la siguiente luna.



lunes, 2 de febrero de 2015

Un mal día





Caminaba por las Ramblas silbando como si estuviera solo. Lo que creyó un tropezón le devolvió a la realidad, junto con un apretón en los testículos. Miró a la mujer que le agarraba con firmeza sin poder creérselo. 

¿Te apetece un polvo? Veinte pavos, un completo, le dijo. Se zafó como pudo y se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta para comprobar que la cartera seguía en su sitio. Todo bien. Volvió a mirar a la mujer. Lloraba. ¡Joder! Buscó un pañuelo de papel y se lo ofreció. Se quedó clavado, viéndola llorar casi en silencio y sin saber qué hacer. Acababa de salir de una reunión de trabajo en la que todo había salido lo mejor que podía salir. Todo era perfecto… hasta que una puta que acababa de estrujarle los testículos y ofrecerle sexo por veinte euros, se puso a llorar. 

Venga mujer, cálmese, le dijo. ¿Le apetece una tila? No se le ocurrió otra cosa. Entraron en el café que había enfrente y el hombre pidió un café y una tila, para la señora. Poco a poco, la mujer fue calmando el llanto y deshaciéndose en disculpas. Nunca había hecho nada así, dijo, pero es que tenía un mal día. Bueno, un día peor. 

El hombre no dijo nada, pensando que se tomaría la tila y podría volver a su paseo. Pero no, la mujer, secándose la nariz empezó a contarle que era un día peor de lo habitual porque acababa de enterarse de que su marido, había muerto. No es que sintiera pena, no, antes se tenía que haber muerto aquel cabrón, dijo, pero aún así, se sentía mal. Le contó que habían regresado de sopetón todos los recuerdos que quería olvidar y que la habían llevado a dónde estaba. Vamos, que se había metido a puta huyendo de aquel miserable que la prometió amor eterno y la humillaba a diario. Hasta un aborto le provocó con la última paliza. Y escapó pensando en buscar un trabajo y vivir en paz, pero al final no le quedó otra que meterse a puta. Aún así, era mejor que estar con él. Se dijo que sería sólo por un tiempo, pero al final, la vida se le enredó y, sin darse cuenta, habían pasado más de veinte años. 

¿Qué decir? Al hombre sólo se le ocurrió cogerla la mano. Una mano reseca y ajada, como ella. ¿Cuántos años tendría? Seguramente menos de los que aparentaba. 

Terminaron en silencio el café y la tila, y salieron a la calle. Creo que hoy va a ser el día en el que se acabe esto de ser puta, que ya va siendo hora, le dijo mirando al luminoso del bar. No lo sería.

miércoles, 7 de enero de 2015

Recogiendo tempestades






La sala
El comedor del restaurante que había elegido Germán resultaba de todo menos acogedor. Demasiado diseño, demasiada luz, demasiado artificial. Pero era el sitio de moda de la ciudad. Y carísimo. Algo que Germán podía permitirse. 

El maître hizo una marca junto a su nombre en el libro de reservas y con afectación teatral, le acompañó hasta un rincón apartado y discreto, adecuado para una conversación que prometía ser intensa. Un camino de mesa negro enmarcaba el metacrilato que descansaba sobre gruesas patas de acero y servilletas en color antracita. Los cubiertos eran finos y alargados, algo pesados, y la vajilla con una forma triangular extraña; las copas de líneas sencillas y exquisitas estaban perfectamente colocadas, junto a unos pequeños platillos, también triangulares, para el pan. Como colofón, un centro de mesa con una vela gris rodeada de pequeños frutos redondos en negro. Elegante. Y frío. 

Germán dejó su chaqueta al maître y se acomodó en su asiento. Había quedado a las dos y media y aún faltaban diez minutos. Suponía que Ricardo llegaría puntual, como solía, aunque hacía tanto que no se veían que no sabía si habría cambiado sus costumbres. Tampoco sabía si habría cambiado él ni por qué había aceptado su invitación a comer. No se hablaban, mejor dicho, Ricardo no hablaba a Germán, desde hacía casi cinco años. Y no porque Germán no lo hubiera intentado en infinidad de ocasiones. Era su hijo. 

A las dos y media en punto, Ricardo se acercó al mostrador de la recepción preguntando por su padre. Germán le observó mientas le acompañaban. Había cambiado, sí. Ahora era un hombre. No muy alto, fornido, quizá algo grueso -nunca quiso hacer deporte con regularidad por más que le había insistido desde niño-, con poco pelo, pero largo. No tan largo como antes, pero con el mismo aspecto desgreñado. Seguía vistiendo de oscuro -al menos ya no era negro riguroso- y sin ningún gusto. Cazadora de cuero, camiseta con un dibujo obsceno, pantalón vaquero raído, palestina al cuello. Parecía mentira, pensó, con treinta y dos años y vistiendo como un andrajoso. Pero era su hijo. 

Cuando llegó a su altura, Germán se levantó e hizo un ademán como de querer abrazarle, pero Ricardo impuso distancia. No parecía que el reencuentro fuera a ser fácil. 

- ¡Cuánto tiempo, hijo! 

La emoción de Germán era sincera, llevaba tanto deseando ese momento. Ricardo se limitó a un formal hola, papá, mientras se sentaba y, al tiempo que colocaba su cazadora en el respaldo de la silla, agradecía al maître su ofrecimiento a dejarla en el guardarropa diciéndole que no era necesario. Su incomodidad era palpable. Por el lugar. Por su padre. Sólo a él se le habría ocurrido elegir un sitio tan esnob. 

Sentados ambos, desplegaron en silencio y casi sin mirarse las servilletas. El maître les dio las cartas y Germán intentó romper el hielo hablando de la reputación del restaurante -dos estrellas Michelín, dijo-, del fabuloso diseño del local y de la fama internacional del cocinero, de quién habló con tal familiaridad que cualquier habría dicho que le conocía. No era así. Pero Germán siempre hacía lo mismo y a Ricardo hacía mucho que no le impresionaba ese comportamiento fatuo de su padre. Comentó que no estaba mal, aunque fuera poco acogedor y con luz excesiva. 

Un silencio incómodo se instaló entre ambos hasta que vino el jefe de sala a tomar nota de la comida. Con pomposidad recomendó los platos más aplaudidos e, incluso, se permitió ofrecer un vino embotellado en exclusiva. Germán aceptó todas sus recomendaciones, pero Ricardo pidió un entrecot con patatas fritas y una cerveza. 


La comida

Miró a su padre. Estaba viejo y mucho más gordo, pero no decrépito. En cierto modo, le decepcionó que no lo estuviera. Mantenía ese aire de quien se cree superior, de quién mira a los demás desde su atalaya. No parecía que la edad le hubiera hecho más comprensivo con las flaquezas ajenas. Su tono y forma de hablar eran los mismos que recordaba, como si lo supiera todo, como si estuviera de vuelta de todo. Seguía sin saber nada. 

- Bueno, hijo, ¿y a qué te dedicas ahora? ¿Trabajas o sigues con eso de los tebeos? 

- ¿Nunca cambiarás, verdad? 

Ricardo, tras fracasar en Derecho y Económicas, se había licenciado en Filología Inglesa y era traductor de comics para la sucursal de una editorial norteamericana en España, pero a su padre nunca le pareció un trabajo. No daba dinero. Y esa era la medida del éxito para Germán: ganar dinero, mucho dinero. Para tener un buen coche, ropa de marca, vivir en el centro, viajar, comer en restaurantes de moda, salir con las mujeres más guapas a los locales más caros. El dinero lo podía todo. Y para conseguirlo había que tener una formación seria y trabajar duro, medrar, ascender y ser alguien. A Germán siempre le dolió que su hijo no hiciera carrera (lo de la Filología nunca llegó a verlo como una carrera de verdad), que se instalara voluntariamente en una vida de fracasado. 

- Sí papá, sigo trabajando en la editorial, haciendo lo mismo que hacía. 

- Pero, ¿no has ascendido, sigues dónde estabas? Yo sé que podrías llegar muy lejos, sé que podrías ser alguien incluso en ese tipo de empresa. No tienes más que querer hacerlo, hijo. Eres inteligente, mucho más de lo que tú te crees. 

- Hago lo que me gusta, papá. No quiero ascender ni llegar a ningún sitio. Estoy bien dónde estoy, aunque a ti, como siempre, te parezca poca cosa. 

- Hombre, no es que me parezca poca cosa, hoy día tener un trabajo ya es importante -Germán intentó confraternizar-, pero es que estoy seguro de que podrías aspirar a mucho más. Fíjate en tu primo, sin ir más lejos: no es ni la mitad de inteligente que tú y tiene un puesto importante en una empresa de verdad. 

- Mi primo es un perfecto gilipollas y lo sabes. Vive sólo para trabajar y ganar dinero con el que comprar cosas que ni necesita ni disfruta. No me compares, joder. 

Germán se dio cuenta de que no iba por buen camino justo cuando les traían el plato principal: ninguno de los dos había pedido primero, ni siquiera uno para compartir. En el fondo, hubiera deseado que su hijo fuera como su sobrino: un ejecutivo que ocupaba un alto cargo en la misma empresa en la que habían trabajado Germán y su hermano, empresa que consideraban suya pese a no serlo; tal vez porque se dejaron allí más de media vida. Y aunque se había divorciado ya dos veces y parecía tener un cierto problema con la bebida, podía permitirse lujos que Ricardo no tendría ni empleando todo el sueldo de un año. Cambió de rumbo. 

- Me ha dicho tu tía que sigues con esa chica con la que salías. 

- Llevamos viviendo juntos más de seis años, desde poco antes de que te mamá te echara. ¿No lo recuerdas? 

- Lo recuerdo, por supuesto. -Germán volvió a intentar rebajar la tensión- ¿Y trabaja? 

- Sí, aunque es posible que para ti lo que hace ella no lo consideres tampoco un trabajo. 

- Joder, Ricardo, dame un poco de cuartelillo. Sólo intento acercarme a ti. 

Ricardo se calló. Miró a su padre y recordó todos los desplantes que había hecho a Sara cuando él aún vivía en casa con sus padres, cuando aún hacían como que eran una familia feliz. Sara lo había aguantado todo, la prepotencia, los comentarios inicuos de Germán, parapetados en una actitud en la que mezclaba una soberbia contenida con una conmiseración que escondía una clara intención de humillar, acerca de la familia de ella, su trabajo, su forma de ver la vida. Mirando siempre desde lo alto de su torre de hombre de éxito. Nunca la vio de verdad. Nunca quiso verla. Y se la estaba perdiendo. Porque Sara era una mujer rara, extravagante incluso, pero buena hasta la médula. Y alegre y divertida. Es posible que no fuera tan inteligente como él, pero era mucho más perceptiva y sagaz. Era más viva. Le salía vida por todos los poros de su piel. Y Ricardo la adoraba. Cada día más. 

- Eso podías haberlo pensado antes, ¿no crees? 

- ¿El qué? ¿Acercarme a ti? Sabes que llevo años intentando verte, mantener una relación normal contigo, como todo el mundo. 

- ¿Normal? ¿Nosotros? De verdad, papá, ¿hablas en serio? 

Germán nunca entendió porqué su hijo, de repente, había dejado de hablarle. Sí que sabía el cuándo. Siempre pensó que fue por la separación de su madre: el chico se puso de parte de ella. No le importó hacer el papel del malo. Su matrimonio era una pantalla que les venía bien a los dos, les proporcionaba respetabilidad y seriedad: a él en el trabajo, a ella entre la gente bien con la que solía salir. Un acuerdo de negocios en el que los dos ganaban… mientras mantuvieron las apariencias. Y así fue durante años, hasta que Germán perdió los papeles y abandonó la discreción que hasta entonces le había caracterizado y fue de boca en boca, al mismo ritmo que iba de bar en bar, de mujer en mujer, ante cualquiera que quisiera mirar. La madre de Ricardo le puso en la calle, no sin antes asegurarse de quedarse cubierta económicamente. Germán no puso ninguna pega, al fin y al cabo, sólo era dinero. Tenía una reputación que conservar. 

- Mira, Ricardo, ya tienes edad para dejarte de traumas por la separación de tus padres. No es nada raro, joder, todo el mundo se separa hoy día. 

- ¿De verdad crees que todo esto es por la separación? Me conoces mucho menos de lo que me imaginaba. 

- No digas gilipolleces, hijo. Te conozco mucho mejor que tú mismo, aunque no lo quieras creer. Sé cuáles son tus fortalezas y cuáles tus debilidades, sé que podrías haber tenido mucho más si me hubieras hecho caso en su momento y hubieras seguido estudiando algo de provecho. Sé que te pudo la pereza, la desidia. El conformismo guió tu camino. 

- Veo que lo último que has leído ha sido un manual de liderazgo o algo así. Nunca te imaginé recurriendo a estereotipos y lugares comunes. Te haces viejo, padre, te falla la chispa que antes te servía para hacer que cualquiera se sintiera inseguro e intimidado. 

Germán se revolvió en su asiento y si no soltó ningún exabrupto fue porque estaba decidido a recuperar la relación con su hijo. Pero no dejó de pensar que quién se había creído aquel niñato para llamarle viejo, para decirle que recurría a lugares comunes. Un hombre vestido de adolescente tarado, con un trabajo y un sueldo de mierda, una mujer -que ni siquiera era su mujer- sin clase… Pero qué coño se había creído este majadero. Sin embargo, se calló. Incluso esbozó una sonrisa tan falsa que hasta el gilipollas de su hijo lo notaría. 

- No lo dirás por ti -dijo Germán, en un tono que intentaba sonar distendido. 

- Pues sí, por mí y por mucha gente más. La inseguridad ha sido lo único que me ha acompañado siempre. Gracias a ti. Por suerte, en este tiempo en el que te he mantenido lejos, he aprendido a vivir sin ella. 

- No es justo eso que dices, hijo. Te lo di todo. Los mejores colegios, una carrera tras otra -a punto estuvo de decir según fracasabas, pero se calló-, aficiones, caprichos… Te puse el mundo en bandeja de plata, pero no supiste aprovecharlo. Si me hubieras hecho caso, tú vida sería mucho mejor. 

- No, papá, si te hubiera hecho caso mi vida sería como la tuya. Y te aseguro que no me resulta envidiable. Y, por supuesto, es muchísimo peor que la yo he elegido. Mírate, joder, mírate. La jubilación se ha llevado lo que movía tu vida, el trabajo y el dinero con el que comprar de todo y a todos. Ya sé que sigues teniendo dinero, pero no cómo antes, ya no te puedes permitir los lujos y las juergas que te corrías hace años. Seguramente ni siquiera podrías aguantar ese ritmo. Es más, dudo que, viéndote cómo estás ahora, las mujeres con las que ibas antes te hicieran caso. Ni aún comprándolas con regalos como solías. 

Un silencio espeso se instaló sobre la mesa en la que los platos aparecían a medio tocar. Ricardo se veía aliviado, mientras Germán parecía a punto de explotar. Aún así se controlaba. Lo que no entendía era la inquina que su hijo sentía hacia él. Si le había dado todo, todas las oportunidades que él no tuvo y por las que tuvo que luchar sin pararse a pensar en si lo que hacía era o no correcto. Sólo tenía en mente su objetivo: llegar. Y llegó, y se lo ofreció todo a Ricardo, pero él no lo supo valorar. Y mira que Ricardo era inteligente. Pero también era blando y timorato. Intentó hacerle fuerte obligándole a practicar deportes de contacto, pero no era lo suficiente resistente. Aún así, Germán insistía, seguía empujándole de un deporte a otro, kickboxing, kárate, judo, boxeo, rugby… siempre acababa dejándolo. Como los estudios o el trabajo. Intentó domarle, pero no lo consiguió. Siempre pensaba en su hijo como su único fracaso. 


Los postres
El camarero rompió el silencio preguntando si podía retirar los platos y si los señores deseaban algún postre. Ambos asintieron a la retirada de los platos y Germán pidió la carta de postres. Cuando la trajeron, Ricardo no se molestó en mirarla y pidió un café solo, bien cargado. Su padre pidió una deconstrucción de arroz con leche y otro café, también solo y también cargado. Ninguno sabía cómo romper el incómodo silencio que les envolvía. Germán decidió jugarse el resto. 

- Mira hijo, creo que ya va siendo hora de acabar con esta situación. ¿No crees que ya ha sido suficiente? 

- ¿Suficiente? Suficiente, ¿qué? 

- Suficiente castigo. Llevas casi cinco años castigándome con tu silencio. Es posible que me equivocara, que hiciera cosas mal, pero todo lo que hice fue pensando que sería lo mejor para ti. De verdad que me parece excesivo. 

- Así que piensas que te castigo. Creo que nunca entenderás nada, papá. 

Y ahora, ¿qué había que entender? Germán estaba harto de las memeces de su hijo y no sabía con qué nueva gilipollez iba a salir ahora. 

- ¿Y qué es lo que tengo que entender? 

- Qué no te quiero en mi vida, papá, que no te quiero cerca. Que soy mejor cuando tú no estás, más libre, sin miedo. Joder, si hasta odiarte me daba miedo. ¿Por qué crees que he aceptado cenar contigo? ¿Para arreglar lo nuestro? 

Germán endureció el gesto. Pues claro que pensaba que lo iban a arreglar y que iban a ser como todas las familias normales. Creía que el tiempo le habría dado a Ricardo la perspectiva necesaria para darse cuenta de lo equivocado que estaba. Estaba seguro de que habría madurado, que entendería lo que él había intentado inculcarle desde pequeño. ¿De qué mierda de miedo hablaba? 

- Pensé que el tiempo te habría hecho madurar y reconsiderar lo que siempre te he dicho -dijo Germán intentando parecer conciliador. 

- ¿Madurar? Sigues como siempre, pensando que soy un niñato que no sabe lo que quiere. Y aunque no te guste, te equivocas. Sé lo que quiero, bueno, más bien sé lo que no quiero. No quiero nada de lo que tú crees que debería querer y que me quisiste meter a base de golpes y humillaciones. Y con dolerme los golpes y las palizas, sí, no me mires así, las palizas, fueron peores las humillaciones, los desprecios, el hacerme sentir que no merecía ser tu hijo. 

- ¿Pero qué gilipolleces estás diciendo? Lo único que quería era domarte, hacer de ti un hombre de provecho, que tuvieras un futuro. Esperaba que con el tiempo te dieras cuenta y me lo agradecieras. 

- ¿Agradecer? ¿Pero tú en qué mundo vives? He tardado años en recuperarme de todo el daño que me hiciste. Nunca me aceptaste como era y veo que sigues sin hacerlo. Y sospecho que nunca lo harás. Aunque a estas alturas me da exactamente igual porque hace tiempo que he conseguido superar todo lo que pasó. Ya no quiero que me sigas llamando, ni escribiendo, ni enviando mensajes a través de la familia. Sólo quiero que me dejes en paz y que salgas de mi vida de una puta vez. 

Ricardo, se levantó, sin hacer siquiera ademán de sacar la cartera. Cogió su cazadora del respaldo, se la puso en el brazo y se encaminó hacia la puerta. A medio camino se paró, miró de soslayo hacia atrás, e hizo un ademán como si fuera a regresar a la mesa donde Germán estaba esperando la cuenta. Pensó en confesarle que tenía una nieta, que se llamaba Ana y tenía catorce meses; en decirle que aunque no supiera bien cómo iba eso de ser padre, sí que sabía que aceptaría a la niña como fuera, sin exigencias ni miedos; en contarle que estaba seguro de que los besos, las caricias, los abrazos, serían mejores educadores que los golpes y las humillaciones, por veladas que éstas intentaran ser. Estuvo a punto de confiarle que gracias a esa forma tan distinta de educar, estaba convencido de que cuando Ana tuviera treinta y dos años, no se encontraría con ella en un restaurante de lujo para escuchar de su boca que no le quería volver a ver jamás. Sólo lo pensó.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Perforado


Hace unos meses escribí este relato al que he dado una vuelta, incluso al título. Y a pesar del repaso, aún no estoy convencida de que esté bien. En realidad, nunca estoy convencida de que esté bien lo que escribo. En cualquier caso, creo que está mejor que antes. 





Creo que el sexo está sobrevalorado, no sé qué le ven. Es viscoso y húmedo. Resulta angustioso, asfixiante, agobiante. Un asco. Lo odio, pero no me queda otra que estar en ello. Es lo malo de ser un piercing en el pene de una estrella del rock. 

Hace muchos años Suso, batería y alma mater de un grupo de rock de cierto éxito, además de mi portador, invitó a Román –aprendiz de perforador y fan acérrimo de la banda- a uno de sus conciertos y a la posterior juerga en los camerinos. El chico me fabricó para él como agradecimiento. No soy un pearcing corriente. Soy más grueso de lo habitual, todo mi cuerpo está labrado y las dos bolitas de mis extremos tienen minúsculas inscripciones de inspiración rúnica. Como el tiempo no sólo desgasta a los humanos -y además yo llevo un trajín que ni os cuento-, de tanto en tanto Suso me lleva al local de Román, que ahora -casi treinta años después- ya tiene negocio propio, para que me dé un repasito.

Hacía ya mucho que no íbamos a ver Román, así que andaba yo un poco flojo y desgastadillo: en los últimos meses tenemos más jaleo de lo habitual. Mira que pensaba que con la edad iba a ir ganando en tranquilidad. Y así fue desde que Suso se sumergió en los cuarenta hasta hace unos meses. Él lo negará, sigue teniendo que alimentar su imagen de icono sexual, pero la verdad es que los años se le notan bastante más de lo que está dispuesto a admitir. Ya no toca con tanta energía como antes, aunque ahora tiene más técnica, ni aguanta la noche como solía; por mucho que intente disimular la barriguita, ahí está, y el pelo hace ya tiempo que empezó a ralear, así que decidió raparse, convencido de que así potenciaría su imagen de rockero duro y peligroso. Algo que siempre atrae a las chicas. No es que lo entienda (¿quién entiende a las mujeres?), como lo del sexo, pero es un hecho: pocas cosas les gustan más que un tipo con pinta de duro. Y si se es una estrella del rock, aunque sea una enana blanca, ya ni hablamos. Suso no es especialmente atractivo y, por supuesto, nada duro, pero le gusta dar esa imagen, es lo que vende. La imagen que él vende. Y lo hace de miedo. Se mete en su personaje como nadie, hasta el punto de que yo apostaría que le cuesta dejar de lado ese rol. Y sé lo que digo: yo estoy con él cuando se queda a solas y hay veces que sigue actuando. Otras no. 

Es un buen tío, Suso. Me cayó bien desde el principio. Y suele caer bien a los demás. Hará cosa de quince años, en el bar de la esquina, se encontró con un compañero del colegio que, al cabo de muchas cañas, le contó que andaba de pelea con el cura porque no quería dejar que su hijo hiciera la comunión. Y todo porque él y la madre del niño no estaban casados por la iglesia. No es que no quisieran, es que ella estaba divorciada y no podían, pero se sentía católica y quería que su hijo hiciera la comunión como todos los niños de su edad. A aunque a su amigo le importaba un pimiento, habría hecho cualquier cosa por su mujer. En los días siguientes, Suso, aprovechando que era un personaje conocido, contó el caso en la radio, escribió al periódico y movilizó durante un par de semanas a media ciudad contra el cura. El niño no hizo la comunión, pero Suso se ganó el respeto de su gente.

Tras aquel incidente, también se hizo con unos cuantos detractores, sobre todo entre aquellos convencidos de que el único modo de vida aceptable es aquel que sigue la corriente, el que no se sale del camino marcado. Ya se sabe: trabajo normal, familia normal, amigos normales. Nada que ver con Suso y su vida plagada de excesos: alcohol, drogas… y sexo. Cualquier cosa menos normal.

Aún recuerdo las juergas de aquellos primeros tiempos. Sin límites. Eran los años finales de los ochenta, había de todo y era peligroso. No podría enumerar la cantidad de broncas en las que se metió este tarado que me porta, borracho como una cuba o puesto hasta las cejas. Peleas a las que arrastraba a sus colegas, que siempre respondían. Jamás le dejaron solo aunque luego tuvieran agarradas monumentales. Cada uno tenía sus motivos. Todos tenían alguno. Ya os digo que Suso es un buen tío.

También es verdad que con los años (al que viene Suso cumplirá los cincuenta, por más que mienta sobre su edad cuando le preguntan) las drogas se han convertido en algo anecdótico, y aunque sigue bebiendo casi sin control cuando sale de juerga, lo habitual es que no se tome más que unas cuantas cervezas. En cuanto al sexo… más del que a mí me gustaría y mucho menos del que él dice. No lleva bien eso de hacerse mayor. A veces creo que ni siquiera es consciente de ello. Otras, sí. Pero la mayor parte del tiempo se comporta como cuando empezaba en esto de la música, cuando su primer éxito le lanzó a la fama con su banda, cuando todas las mujeres le deseaban y él deseaba a todas. Recuerdo como una pesadilla aquellos tiempos de follar con una chica distinta cada noche. Durante un tiempo, le encantó esa vida y, aunque yo apostaría a que llegó un punto en el que se cansó, tenía una imagen que vender. El sexo en esa época era tan fácil y le gustaba. Pero no todo valía para Suso. No le importó tirarse a la novia de un fan -¡qué buena estaba, joder!- mientras el resto de la banda entretenía al futuro cornudo, encantado el muy idiota con ser el centro de atención. Sin embargo, en otro concierto se dio de hostias con Tino, uno de sus guitarristas, cuando le pilló, borracho hasta el delirio, en el baño de la sala intentando follarse a una cría que no tendría más de dieciséis años. La chica se largó y, desde entonces, Tino era el primero que se ponía al lado de Suso siempre. Nunca volvieron a pegarse. 

Lo del sexo siguió siendo una ruleta rusa -aún hoy me sorprendo de que nunca pillara ninguna enfermedad de esas que hubieran dejado a mi soporte para el arrastre- hasta que a los treinta y pocos conoció a Lena. Una chica preciosa y encantadora que le adoraba. No sé si a él o a su imagen. Pero le adoraba. Y él a ella; mucho más de lo que se imaginaba. Pero al cabo de un año todo se fue al garete cuando le pilló en el camerino follando con una fan que se lo había puesto a huevo. No lo hizo de mala fe, es que salieron así las cosas y Suso nunca supo decir no. Casi le cuesta una enfermedad la ruptura. Los siguientes meses los pasó bebido y drogado, preguntándose cómo le había podido pasar aquello e intentando disimular ante los demás lo tocado que estaba. Descubrió que le gustaba estar enamorado y a partir de ahí empezó su rosario de fracasos amorosos, con las consiguientes depresiones diluidas en drogas y alcohol. Pasados sus cuarenta, yo ya había perdido la cuenta de las decepciones acumuladas, todas cortadas por patrones similares. Mujeres que se enamoraban de la estrella; otras que esperaban cambiarle; algunas que pretendían domarle. Pocas se enamoraban del hombre, pero cuando lo hacían, él no sabía responder. Le costaba mantenerse fiel, asumir compromisos, plantearse el futuro. Así que la acababa cagando. Y vuelta a las depresiones, a los vicios, al sexo fácil. Lo que digo: un asco.

Hace unos siete meses, en un festival de esos de finales del verano, conoció a Norah. Sí, a mí también me pareció un nombre raro. No era el suyo. En realidad se llamaba Rosario, pero eso no vendía en el mundo del rock, así que se lo cambió. Era la vocalista de una banda que estaba intentando abrirse un hueco en el mercado español (sólo habían sacado un disco) y Suso los había invitado a tocar como teloneros casi sin haberles escuchado. Era fácil verle fanfarronear borracho de éxito, pero igual de fácil era que ayudara a todas las bandas que empezaban, apoyándoles, dándoles la oportunidad que él estaba seguro que todos merecían.

Aunque como banda aún les quedaba mucho por crecer, ella tenía una voz especial, rasgada y potente, casi masculina: le recordaba a Ángela, la vocalista de Arch Enemy. Era joven, divertida, preciosa… Y no decía que no a nada. Parecía dispuesta a exprimir la vida. Ese mismo día, mientras el grupo de Norah desmontaba el equipo, ellos dos follaron por primera vez -y como si fuera a ser la última- en un camerino con la puerta atrancada por una silla. Tenía veintisiete años recién cumplidos, unas tetas perfectas, operadas, por supuesto, y un culo de impresión, que yo apostaría a que también estaba operado. Aunque no fuera una belleza al uso, tenía un atractivo especial. Era una mujer por la que perder la cabeza. Y Suso la perdió. Se enamoró como solía hacerlo él, sin medida. Pero algo había cambiado. No sabía qué, pero ahora era diferente.

No pensaba más que en ella y así andaba yo, con mis grabados desgastados y las bolitas flojas. Pero nada, no me hacía caso. A Norah le encantaba mi roce en su piel: siempre encontraba ese punto de placer que la llevaba al éxtasis. Las semanas pasaban y ellos dos seguían su historia, empalagosa hasta el aburrimiento. Y follando a todas horas. Yo olía más a ella que él. A veces pienso que pasaba más tiempo dentro de su cuerpo que fuera. Estaban locos el uno por el otro. No podían imaginarse separados y apenas recordaban cómo había sido la vida antes de estar juntos. No sé cuando dejó de ser sólo sexo. Ella admiraba a Suso por lo que era. Lo que era como músico y lo que era como hombre. Le quería sin exigencias, aceptando lo que le ofrecía y dando lo que tenía. Él la adoraba por su energía, sus ganas de vivir, su sonrisa, incluso cuando todo parecía ir mal. Es cierto que le abrió muchas puertas, pero no se aprovechó de él. Ambos lo ponían todo en aquella historia. Si Norah no estaba, Suso se iba pronto a casa. Escribió temas nuevos, hizo entrevistas, intentó –con escaso éxito- trabajar con el manager para organizar la gira del verano. Y en todo ese tiempo no folló con ninguna otra.

Por suerte para mí, llegó la primavera y con ella, tiempo de bolos para ambos. Norah sabía que muchos de aquellos conciertos tenían la firma oculta de Suso aunque él jamás se lo dijo. Igualmente ella se lo agradecía. Para evitar suspicacias y habladurías, Suso se cuidó mucho de que en ninguno coincidieran sus dos bandas. No es que tuvieran muchos bolos programados (es lo que tienen los tiempos de crisis), pero aún así era un descanso. Lo que me pude alegrar. Pensé que por fin Suso se acordaría de mí y me llevaría a Román, a que repasara los grabados e inscripciones y me ajustara las bolitas. Pero no.

Sería a principios de mayo cuando suspendieron el concierto que la banda de Suso iba a dar en Orense. Norah tocaba ese fin de semana en Córdoba, así que yo me había hecho a la idea de un tiempo de descanso. Error mío. Suso, tan pronto supo lo de la cancelación, sin decir nada a nadie, reservó una suite en el mejor hotel de Córdoba y sacó un billete de AVE. Incluso compró la entrada para el concierto.

Por razones obvias, no pude ver el encuentro en la puerta del camerino cuando acabó el concierto, pero sí que sentí los efectos de la cercanía dentro del pantalón durante un rato. Luego vinieron los bares, las copas, las risas. Serían más de las tres cuando llegamos al hotel. Yo estaba incómodo, tanto tira y afloja por efecto del toqueteo, deseando salir de mi prisión. Aunque hubiera sido mejor no hacerlo. Estaban los dos eufóricos, sospecho que no sólo corría alcohol por sus venas. Se desnudaron con ansia, como si hubieran pasado meses desde la última vez que se vieron, y se lanzaron el uno contra el otro como si el fin de mundo estuviera a la vuelta de la esquina. Lo estaba.
Follaron con desespero, quedándose sin aliento a cada paso, comiéndose en cada beso. Suso se movía dentro de ella con tanta furia que una de mis bolitas finalmente se soltó. Ellos no se dieron ni cuenta, pero el extremo que quedó huérfano se enganchó en su piel, desgarrándola un poco más con cada sacudida. La sangre se vino a unir a los fluidos habituales. Y no paraban, no notaban nada. Hasta que se corrieron en un delirio que les dejó sumidos en un letargo financiado por el cóctel de alcohol y drogas que llevaban en el cuerpo.

Cuando Suso se despertó a la mañana siguiente, lo hizo en el charco de sangre en el que se había convertido la cama. Norah estaba inmóvil, no respiraba. Se había desangrado. Yo no entendía nada. Cómo podía ser, la herida no era tan grande. Si de algo sé un poco es de heridas, y esos rasguños, cierto que al final hubo más de uno, siempre se terminan cerrando al cabo de un rato. No me explico qué pudo pasar.

El lío fue monumental. La policía, el juez, los forenses. Parecía sacado de una película. Y el pobre Suso en un estado de shock terrible. No era capaz de reaccionar en ningún sentido. Acabaron llevándole al hospital para tenerle en observación y bajo vigilancia policial mientras se aclarara el motivo de la muerte. Cuando al día siguiente llegó Tino a buscarle había asimilado algo lo que había pasado y la policía ya debía de saber que Suso no tenía nada que ver con el charco de sangre en el que Norah se dejó la vida.

Los amigos no le dejaron ver la tele ni leer la prensa, pero no lograron impedir que fuera al entierro de Norah. Fue al cabo de tres días, en Barcelona, dónde vivía la familia de ella. 

Vestidos de riguroso negro, Tino y Suso llegaron al cementerio y se mantuvieron alejados, en un discreto segundo plano observando cómo una grúa levantaba un ataúd marrón que contenía lo que quedaba de la mujer a la que más había amado. De la mujer que aún amaba.

Cuando todo terminó, incluso los pésames, abrazos y apretones de mano, Suso seguía inmóvil, casi sin respirar. Y Tino, a su lado, sin moverse tampoco. Se les acercó un chico, como de unos veinte años, y se paró junto a ellos. 

- ¿Tú eras el novio de Rosario, no? - dijo con marcado acento latinoamericano. - Yo soy su hermano Héctor.

Suso asintió sin decir nada. Estaba esperando que se le deshiciera el nudo que le oprimía la garganta.

- Ya ves, -siguió diciendo el muchacho- al final se nos murió por la maldita hemofilia.

- ¿Cómo? -Suso salió de golpe de su estado semicatatónico-. ¿Cómo que hemofilia?

- ¿No lo sabías?

Saber, ¿qué? Era imposible que hubiera muerto de eso. La hemofilia sólo la padecen los hombres. No podía ser.

- Es imposible que Norah muriera de hemofilia, las mujeres no padecen la enfermedad, sólo son portadoras - dijo finalmente.

El chico lanzó a Suso una mirada entre la estupefacción y la lástima. Luego miró a Tino, buscando ver si él sabía algo. No, ninguno de los dos sabía.

- Claro que murió de hemofilia, lo determinó la autopsia. Al principio, pensaron que la habías asesinado tú. Pero no, murió desangrada por unas pequeñas heridas que tenía en la vagina. Lo que aún no saben es cómo se las pudo hacer.

Suso seguía sin dar crédito. Cómo entender que su novia había muerto de una enfermedad que no podía tener. Pero cómo no creer a este chaval que tenía sus mismos ojos. No entendía nada. Y se le notaba. Tanto que el muchacho, compadeciéndose de él, le dijo:

- Me parece que mi hermana no te lo contó todo. Sólo era Norah desde hace ocho años cuando, tras morir mi padre, nos vinimos el resto de la familia a Barcelona para que ella pudiera ser quien era en realidad. En nuestro país aún hay quién llama Rosario a los varones. Como mi padre.