Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

lunes, 14 de abril de 2014

Donde habita el olvido (y II). Él.




El choque fue brutal. Tras el shock del impacto, su primer pensamiento fue de alivio: no sentía nada. Ni dolor, ni angustia, ni miedo. Nada. Pensó que había tenido suerte: iba a morir sin tener que poner nada de su parte. Justo lo que necesitaba y cuando lo necesitaba. Giró trabajosamente la cabeza y vio, tendida en la carretera, a la conductora del otro coche: una mujer agonizante sostenida por la ocupante de otro coche. Pero lo que importaba era que él, por fin, iba a morir. Y gracias a una mujer. Una mujer desconocida, como todas las que habían pasado por su vida, aunque ahora las circunstancias no fueran las de otras ocasiones.

Apenas habían pasado cinco meses desde el diagnóstico. Cáncer terminal. Metástasis. Inoperable. Seis meses, a lo sumo, ocho. Se quedó en blanco, sin sentir nada, salvo la certeza de una muerte inevitable y que ahora sabía inminente por la ausencia de sensaciones.

Cuando salió de la consulta sólo tenía clara una cosa: no quería morir hecho un despojo humano, solo, en una cama de hospital, lleno de cables y sondas. Pero tampoco se atrevía a suicidarse. Necesitaba quien lo ayudara a morir. Algún familiar o amigo, alguien que le quisiera lo suficiente como para ayudarle en semejante trance.

Tenía poca familia, a cientos de kilómetros, y su relación con ellos era algo más que fría, así que pensó en los amigos. Tampoco tenía demasiados, pero decidió visitarlos, no sólo para pedirles su ayuda, también para despedirse de ellos. Así, volvería a viajar, a visitar ciudades y pueblos por los que había pasado tantas veces a lo largo de sus constantes viajes de trabajo. Pensó que podría aprovechar para volver a ver a antiguas amantes, mujeres que habían llenado las noches de aquellos tiempos de viajes que ahora parecían tan lejanos, buenos tiempos en los que, siempre que quiso, durmió con compañía, aunque jamás se permitió desayunar acompañado. Era una especie de promesa: no permitirse nada que pudiera parecer un compromiso con ellas, nada que les permitiera hacerse ilusiones, nada que indicara la existencia de algo más que meras noches de placer.

Aunque todas esas mujeres nunca significaron nada para él, su magnífica memoria le permitía recordarlas a todas: donde vivían, como eran, el aspecto que tenían cuando se conocieron, de forma que podía proyectar su imagen en el momento en que quisiera, e incluso hacer una abstracción sobre el tipo de mujeres en las que el tiempo las habría transformado. Estos ejercicios mentales, recordar el pasado, imaginar el presente, le permitía sobrellevar los dolores, cada vez más resistentes a la pesada medicación.

Con las metas fijadas en las cinco ciudades en las que vivían sus amigos, trazó itinerarios cuidadosos para pasar por aquellos lugares en los que habían vivido y en los que, quizá, aún vivieran las amantes que mejor recuerdo le dejaron.

Sus amigos, agradecidos por su visita, afligidos por su enfermedad, tristes por su definitivo adiós, se negaron a ayudarle a morir, se negaron a matarle. Porque lo cierto era que él pretendía evitar la responsabilidad y, como había hecho siempre, descargarla en los demás. Si echaba la vista atrás, podía darse cuenta de que siempre había evitado tomar decisiones o asumir actos que implicaran responsabilidades de tipo afectivo. No había tenido problemas en tomar decisiones de tipo práctico, pero implicarse en cualquier cuestión en la que hubiera la más mínima posibilidad de sufrir cualquier tipo de daño emocional, era algo superior a sus fuerzas. Había construido una coraza de tal grosor alrededor de sí mismo que ya ni él mismo encontraba resquicio por el que salir. Estaba blindado contra el dolor del corazón, nadie podía herirle, su espíritu estaba a salvo, no sufría ni se permitía sentimientos que le pudieran hacer vulnerable; pero tampoco se dejaba amar ni era capaz de apreciar ni compartir la entrega desinteresada, generosa, viva. Y así, aunque era apasionado en las formas, vehemente, casi fiero, resultaba frío y distante en esencia.

Frialdad que todas sus amantes habían percibido detrás de los abrazos ardientes, de las caricias expertas, de los besos apasionados, de las noches intensas. Chicas que sucumbían al morbo del forastero; jóvenes vulnerables tras relaciones fallidas; señoras que buscaban aventuras, hembras que buscaban la novedad; mujeres que rozaban la madurez y buscaban demostrarse a sí mismas que aún eran capaces de atraer y llevar a su cama a un hombre joven, y otras, ya maduras que bebían con él sus últimas ocasiones de amor prohibido. Todas ellas eran conscientes de que nada había detrás de esa noche de pasión, que nada iba a quedar en el recuerdo. Él, nada prometía y ellas, nada esperaban, y con la misma facilidad, le echaron al olvido.

Por eso, no resultaba difícil comprender que, a lo largo del viaje de despedida, distintas ex amantes, con las que había compartido noches de pasión y delirio, no guardaran ningún recuerdo de él. Ellas habían llenado sus vidas con maridos, parejas, hijos, amigos; recordaban sus amores, sus desengaños, sus alegrías, sus frustraciones, pero a él no. Él no había dejado ninguna huella, uno entre tantos. Alguna, haciendo un esfuerzo de memoria, conseguía ubicarle en el tiempo, esbozaba una sonrisa de compromiso y decía, justificándose: "Han pasado tantas cosas que ya sólo recordamos lo importante".

Y él no lo había sido para nadie. Nadie se acordaba de él, de su nombre, de su cara; nadie recordaba que él le hubiera inspirado ningún tipo de sentimiento, ni bueno, ni malo; nadie le había querido, nadie le había odiado. Ellas recordaban a quienes habían amado y a quienes las habían amado; recordaban el dolor de los engaños, de los abandonos, de las mentiras; recordaban a los padres de sus hijos, a las parejas que los acogieron como padres; recordaban la ilusión del enamoramiento, la plenitud de los amores, el calvario de las rupturas. Pero a él, no. Definitivamente, no. Le habían olvidado, en nadie había dejado huella, a nadie había impresionado. A lo largo del viaje, la soledad le había minado con más fuerza que el cáncer.

Y mientras estos pensamientos llenaban su cabeza y la desolación su alma, del coche semiaplastado que había al otro lado de la carretera le llegaba la voz de Sabina "…y una nube de arena dentro del corazón y esta racha de amor, sin apetito. Los besos que perdí, por no saber decir: te necesito." Se protegió tanto contra el dolor, contra el sentimiento, que ahora, aun consiguiendo lo que buscaba, morir, lo hacía con el alma en pena, sabiendo que nadie le lloraría, que nadie le había amado. Tampoco él amó jamás. Este pensamiento se mezcló con la estrofa final que describía su último pensamiento y que parecía mostrarle su último destino "…donde habita el olvido".

domingo, 13 de abril de 2014

Donde habita el olvido (I). Ella.




Al despertar sintió un dolor punzante en las sienes, un dolor de esos que anuncian una resaca de las de impresión. No quiso abrir los ojos, concentrándose en intentar dominar los agudos pinchazos que se sucedían incesante e intermitentemente. No había nada que hacer, no podía controlarlo, así que, perezosamente abrió los ojos y le vio allí, tumbado a su lado. Un desconocido que la observaba con los ojos apenas entreabiertos y la expresión amable y calmada de quien está en ese lugar indefinido entre el sueño y la vigilia. ¡Otra vez! Le había vuelto a pasar otra vez. Un velo de tristeza empañó su ya nublada mirada, y él, enternecido, se acercó y la besó con suavidad en la boca tras apartar, dulcemente, un mechón que le caía sobre la mejilla.

Pero aquel beso, sincero y delicado, no cambió nada y una triste penumbra se instaló en sus pupilas mientras el sol, a través de las pequeñas rendijas de la persiana a medio cerrar, empezaba a llenar de luz la habitación. Se levantó y fue al cuarto de baño donde, tras lavarse la cara con agua helada con la esperanza de que asustara a la soberbia resaca que ya no se escondía, se miró durante un buen rato al espejo.

Tenía unas espantosas ojeras rodeadas por pequeños regueros negros por el efecto del agua sobre el rimmel de la noche anterior. El maquillaje había desaparecido por completo mostrando una piel blanquecina, casi enfermiza, que acentuaba el efecto de desconsuelo que los tonos malva de las ojeras imprimían a su mirada. Hacía tanto que tenía ojeras y mirada triste que ya ni siquiera le sorprendía. Apenas si podía recordar la última noche que había dormido largo y despertado tranquila. Había olvidado las noches de sueño plácido y apacible, sin temores ni sobresaltos. Sí, hacía tanto que tenía esas ojeras que se había acostumbrado a sus tonos variados, a su forma, y las había incorporado a la visión que tenía de sí misma, del mismo modo que había integrado el desánimo y la desesperanza en su rutina diaria.

Terminó de quitarse los restos de rimmel y, tras peinarse con dificultad con un pequeño cepillo que encontró en una repisa del cuarto de baño, regresó a la habitación. Él había vuelto a dormirse, ocupando ahora el hueco que ella había dejado en la cama, respirando sereno, tranquilo, y pensó que quizá de haberse conocido en otro momento, en otras circunstancias, las cosas habrían sido diferentes. O quizás no.

Recogió su ropa, desperdigada por el suelo de la habitación, y se vistió lentamente. Tardó en encontrar los zapatos y cuando se los puso se sintió algo ridícula con esas altísimas sandalias de tacón a una hora tan temprana de la mañana. El ajustado vestido negro acentuaba esa sensación. ¡Qué más daba! Buscó en la cocina algún analgésico que aliviase el dolor de cabeza, y se tomó dos, esperando que el efecto fuera más rápido y eficaz, sin recordar que su estómago vacío lo pagaría después. Lavó el vaso, lo puso a escurrir, tomó su bolso y, cerrando la puerta suavemente, se marchó.

Era domingo, muy temprano, y la Gran Vía no tenía el trajín habitual -cuatro coches despistados y tres transeúntes perdidos en su propio mundo-, pero aun así, el escaso ruido le resultó insoportable, por lo que aceleró el paso hacia el parking de Santo Domingo donde había dejado el coche la noche anterior. Según caminaba, y gracias al efecto de los analgésicos, el dolor comenzó a remitir, e intentó recordar qué había pasado la noche anterior. Recordó al hombre, simpático, divertido; recordó las copas, muchas, muy seguidas; recordó el garito, original, extravagante y la música, alta, absorbente. Pero no recordaba más. No sabía como había llegado a esa cama, ni qué había ocurrido antes de dormir, aunque no necesitaba mucha imaginación para hacerse una idea. El condón usado que había visto en el suelo le daba las suficientes pistas.

Llegó al parking, entregó la tarjeta al empleado, quien tras cobrarle una barbaridad, le dio la ficha que abriría las barreras. Fue hacia el lugar en el que había aparcado el coche. Arrancó de forma maquinal mientras siguió intentando recordar qué había ocurrido, pero nada, aparte del hombre, el bar de copas y la música alta, no recordaba absolutamente nada. Mientras giraba en Plaza de España se dio cuenta de que ya ni siquiera recordaba el número del portal del que acaba de salir y en el que había dejado durmiendo al hombre con el que había compartido la cama y la noche. Y le invadió una tristeza infinita que no hizo más que acentuar el vacío que asomaba a sus ojos mientras accedía a una M30 prácticamente vacía.

Pisó el acelerador. La soledad pasaba a ocupar el lugar que iba dejando la resaca. El olvido le dejaba mal sabor de boca, y aunque no era habitual, tampoco era la primera vez que le ocurría. Le provocaba una amargura sosegada y conocida; también, odiada: acentuaba el desamparo, el vacío que parecía llenar su existencia.

Había tenido una oportunidad -hacía ya tanto- de salvarse de esta existencia tan banal, tan mediocre, tan vacía…, pero no la supo ver ni quiso hacerla suya. Le pareció poco para ella, para los planes que tenía, para lo que esperaba de la vida. Quería dinero, ropa cara y de firma, una casa grande y lujosa, coches potentes, posición social, poder; quería ser alguien y pensó que para ello necesitaba emplearse a fondo, y él, con sus gustos sencillos y su alegría perenne, no necesitaba nada de todo aquello que ella quería; no iba a ser más que una rémora para sus objetivos. Su sonrisa, su mirada, sus caricias, la sensación de bienestar que sentía a su lado… no fueron suficientes.

Le dejó, pero sus planes nunca llegaron a buen puerto. Consiguió un buen trabajo pero no tenía el poder que quería; podía vivir algo más que desahogadamente, pero no como ella creía merecer; su coche era bueno, pero no suficiente, y su casa era amplia y cómoda, pero no era la que quería. Y, además, estaba sola, muy sola, demasiado sola. Con nada estaba conforme y su carácter se había agriado, de modo que los amigos fueron desapareciendo poco a poco, quedándole apenas cuatro conocidos en el trabajo para, de vez en cuando, pasar el rato, y un mundo de desconocidos con los que compartir noches de soledad y sexo.

El tiempo pasaba y nada de lo que deseaba, nada que la hiciera sentir bien, llegaba. Todo parecía siempre igual, el mismo trabajo, las mismas personas, las mismas cosas, sin que ninguna le resultara satisfactoria. Siempre estaba en su horizonte aquello de lo que carecía, olvidando lo que sí tenía. Nada le satisfacía. Y cuando, de forma excepcional, como ese día, conseguía hacer algo que se salía de sus rutinas habituales, le quedaba una sensación desagradable, entre la desolación y el desconsuelo.

Aceleró aún más, de forma mecánica, concentrada en sus recuerdos inmediatos. No era capaz de reconstruir de forma íntegra la noche anterior, por más que lo intentaba. Pensó en él, en su sueño tranquilo, en la placidez de su cara mientras dormía, satisfecho, y sintió una punzada de envidia. ¿Por qué no podía ella disfrutar así? Se sentía completamente estafada. Le hubiera gustado ser capaz de abandonarse al disfrute del sexo sin consecuencias, sin tener que hablar de amor, ni pensarlo, ni sentirlo. Hubiera querido desterrar el amor de su vida y poner en su lugar los encuentros esporádicos, los desconocidos, la libertad, la falta de compromisos…

El coche cada vez iba más y más rápido, pero no levantó el pie del acelerador, atrapada en sus pensamientos. Por más que intentaba evitar evocar sensaciones de amor, deseos de afecto o sentimientos de necesidad, no lo conseguía porque en un lugar recóndito de esa memoria que, después de demasiadas copas, le fallaba en lo cercano, había una sonrisa despreocupada, abrazos deseados, besos por dar. Aquella idea le asaltaba de vez en cuando, sobre todo en estos momentos de decaimiento y cada día le era más difícil desecharla. Al menos ya hacía tiempo que había dejado de buscar, con urgencia y sin esperanza, el amor en cada encuentro; ya sabía que no aparecería nunca, que esos lances pseudo amorosos tan sólo eran instantes de placer momentáneo, tras los cuales sólo quedaba una terrible sensación de vacío. Nadie contaba con ella, no le importaba a nadie. Se había instalado en el vacío eterno donde habita el olvido…

Ese fue su último pensamiento, al hilo de la canción de Sabina que seguía sonando en el equipo de música del coche, cuando sintió como aquella extraña le cogía la mano, mientras esperaba la llegada del Samur, con un gesto de ternura que le dio en la hora final una mínima sensación de paz.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Libre




Con un solo movimiento endereza el cuadro. Perfecto. Las esquinas en línea con los bordes de las paredes. Se siente bien en su nueva casa: céntrica y luminosa, aunque pequeña. Y sólo suya. Bueno, y de Diego a fines de semana alternos. Aún hay cajas con sus cosas por el salón pero esta noche estarán todas, bien plegadas, junto al contenedor. Sus cosas, qué pocas. En el fondo no le sorprende. Abre otra caja: el ordenador, papeles, cuadernos, bolígrafos, algunos libros de uso frecuente… La lleva hasta la mesa que hay en la esquina del salón, bajo la ventana, que será la que haga de despacho. Pone en el centro de la mesa el portátil; lo enchufa. Los libros, a la izquierda, pegados a la pared; los cuadernos y papeles, a la derecha, apilados. En el centro, los botes con lápices y bolígrafos. Cuando va a deshacer la caja para ponerla junto a las otras se da cuenta de que algo ha quedado en el fondo. Un pisapapeles. Lo saca. Nueva York nevado. Lo voltea y la nieve se alborota. Sonia. La muy cabrona. Quién iba a decir que al final casi tendría que darle las gracias. 

Había llegado tarde a la reunión aquel martes y al entrar apenas si se fijó en la rubia que con un puntero láser explicaba los detalles de la diapositiva que el cañón disparaba contra la pantalla blanca. Algo sobre diseño de fachadas. Joder, se me ha pasado el turno, fue lo único que pensó. Tenía que presentar la parte de materiales para la estructura del edificio y eso siempre se hacía antes de fachadas. La mirada reprobadora de su jefe se lo corroboró. Aun así, se sentó y se puso a escuchar. Más relajado, se fijó en ella. Era nueva. Una mujer guapa de las que se saben guapas. Iba vestida para la ocasión, seria: pantalón oscuro, blusa clara, pero con un collar llamativo; el tono oscuro que se transparentaba bajo la blusa también decía que no era la clásica ejecutiva que vivía para el trabajo.

Al final todo se arregló, hizo su exposición y le presentaron a la nueva. Sonia. Arquitecta. Sobrina de alguien. Se había incorporado al equipo hacía unos días, pero Manuel no se había enterado. Nadie le había dicho nada. Tampoco había hecho falta hasta entonces, pero ahora tenían que trabajar juntos en la asignación de materiales para la fachada del edificio que Sonia había proyectado. 

Empezaron a reunirse cada dos o tres días, a primera hora, para ajustar el proyecto. Era guapa, Sonia; y joven, no llegaría a los 35; y cada día que pasaba su actitud hacia Manuel era más provocadora que el anterior. Todo el mundo lo notaba. Él, también y se dejaba querer. Le halagaba ese interés -quién podría resistirse a ser el centro de atención de la mujer más guapa del estudio-, pero lo que más le gustaba eran las miradas de envidia de sus colegas. No es que lo necesitara, ni que lo buscara, pero en el fondo, aun cuando no quisiera reconocerlo, le hacía sentir bien que, recién cumplidos los cincuenta, una mujer como Sonia dejara ver tan claramente su interés por él.

Sin embargo, no sería Manuel quien moviera ficha. Llevaba casado algo más de veinte años y estaba cómodo en esa relación sin sobresaltos. Y estaba Diego: doce años y el centro de su vida. Pero Sonia la movió y él entró al trapo. Por más que lo piense, Manuel no encuentra una explicación, pero el caso es que se dejó enredar y cayó como un adolescente. Era la primera vez que engañaba a Noelia en todo el tiempo que llevaban casados. Y eso que sabía que una mentira así sería el final. Hasta entonces, había mantenido la cabeza fría para evitar que se acabara un matrimonio en el que, si bien no quedaba ya ningún rescoldo de amor o pasión (si es que en algún momento los hubo), al menos estaba cómodo y tranquilo. Pero los cincuenta le pesaban más de lo que estaba dispuesto a admitir. Y la insistencia de Sonia, le halagaba tanto. Las leves insinuaciones dejaron paso a notas explícitas en post-it’s pegados a los planos.

Pensar en ella le excitaba, pero era mucho más potente el refuerzo que suponía para su ego el interés de una mujer como Sonia hacia él: le hacía sentirse poderoso. No habría sabido decir si le excitaba más ella o la situación. Si le extrañó encontrarse a sí mismo proponiéndole tomar una copa después del trabajo, todavía fue mayor la conmoción que le produjo volver a su casa de madrugada después de haber compartido la cama con ella. Era una mujer impresionante, pero algo en él falló: cansancio, falta de deseo, culpa. 

Desafiando al sentido común, Sonia siguió adelante: había tomado aquel fracaso inicial como un reto. Manuel encontró otra nota al cabo de unos días, sobre el montón de los anexos de la memoria de calidades y bajo un pisapapeles de forma redondeada, de esos que al girarlos cae la nieve sobre el sky-line de Nueva York, estatua de la Libertad incluida. Era sencillamente espantoso. 

A pesar del mensaje, Manuel no podía apartar la vista del cachivache. La mejor forma de hacerlo desaparecer era llevárselo a casa y guardarlo allí.

Y se repitió la copa después del trabajo y otra noche de sexo en la que Manuel esta vez hizo mejor papel. Fue el principio de una serie de noches vividas como si fueran dos historias diferentes. Sonia lo hacía con la emoción de la victoria y Manuel, aplacada su vanidad, con un cierto hartazgo, que crecía a la par que los rumores en el estudio ponían en peligro su estabilidad personal. Tenía que acabar con eso antes de que su matrimonio se viera afectado. No es que a esas alturas estuviera enamorado de Noelia, no era eso, pero le gustaba la serenidad de un ambiente organizado, aunque fuera a costa de moverse en un mundo previsible y monótono. Y, sobre todo, estaba Diego. 

Sonia no pensaba lo mismo. Se había tomado esa historia como un reto personal y la indolencia casi apática que Manuel gastaba últimamente actuaba como acicate para ella. Se había convertido en una especie de obsesión que había tocado su orgullo y que, a ratos, confundía con amor. No estaba acostumbrada a que el hombre que estuviera con ella no se volviera loco. Se tenía por una amante entregada y experta y, hasta entonces, había llevado a sus parejas por dónde ella quería. Con Manuel su autoestima empezaba a verse dañada y no estaba dispuesta a dejarse vencer. Aquella mañana volvió a dejarle otra nota, en el mismo tono de las anteriores, esta vez pegada en la agenda, en la cual anotó, a las ocho, su propio nombre.

A las ocho, sentados a la barra del bar, Manuel pidió un café. Sonia supo que algo no funcionaba. 

- Te has pasado, Sonia. ¿Cómo te atreves a abrir algo tan personal como mi agenda?

- Pensé que te haría ilusión -adoptó un tono meloso acompañado de un gesto aniñado. 

- Pues no, no me hace ninguna ilusión. Podía haberlo visto Toñi o cualquiera. Ya hay demasiados rumores sobre nosotros en el estudio.

- Lo siento -Sonia reculó y dejó las morisquetas intuyendo que no servirían de nada.- No volverá a ocurrir.

- No, no ocurrirá más porque esto tiene que acabar. Tú eres preciosa y muy joven. Encontrarás a cientos mejores que yo. 

- ¿Me estás dejando? ¿Tú? Pero, ¿quién te has creído que eres para dejarme a mí?

Manuel no se esperaba una reacción tan airada. Se había imaginado que no le haría gracia, pero esa agresividad le sorprendió.

- Piénsalo, es lo mejor.

- ¿Lo mejor? Lo mejor, ¿para quién? ¿Para mí? No, Manuel. No vamos a dejar nada. 

- ¿Qué? -Manuel estaba estupefacto.- ¿Cómo que no lo vamos a dejar? Pues claro que lo haremos. 

- Pues escúchame bien. Ten muy clarito que como salgas por esa puerta solo, cuando llegues a tu casa la bienvenida no será precisamente amistosa. Pon un pie fuera del bar sin mí y…

Manuel no la dejó terminar la frase mientras pensaba en qué ganaría Sonia contándoselo a su mujer, llegando a la conclusión de que nada. Absolutamente nada.

- Tú misma. 

Salió sin pensárselo dos veces, convencido de que no se atrevería. Tampoco había sido para tanto, ni tanto tiempo. Pero el análisis racional de Manuel había omitido variables como el despecho o el orgullo herido. Se equivocó en sus cálculos.

El silencio que encontró al entrar en el salón de casa le dijo que sí, que Sonia se había atrevido. Intentó hablar, explicar, pedir perdón. Nada sirvió.

Ahora, mientras ve la nieve cayendo sobre Nueva York en el espantoso trasto que le regaló Sonia, Manuel se fija en el pequeño recuadro blanco de la etiqueta que aún está pegada al otro lado del cristal y que distorsionaba la imagen real del cacharro. Dándole la vuelta, la quita con cuidado, y lo coloca encima de un bloque de papeles: ahora ya se ve como es. Seguía pareciéndole horrible, pero le recuerda cómo y cuando volvió a ser libre.

domingo, 16 de marzo de 2014

Cándida





Cándida traspasó por cuarta vez la puerta del cementerio para llevar flores a la tumba de su marido. La primera fue para el entierro, y ésta sería la última. Al menos para visitar su tumba. Llevaba, como los tres años anteriores, el ramo más feo que pudo encontrar: flores de plástico cutres compradas en un chino del barrio. Sin duda alguna, era muchísimo más espantoso que el del año anterior. Mientras caminaba entre las tumbas pensaba en que al año siguiente echaría de menos andar por las tiendas buscando algo aún más horroroso que lo del año anterior. 

Estaba cayendo la tarde del último día de octubre, anticipando una noche de brujas y aparecidos, sombras y espectros, almas en pena y espíritus malvados, pero a ella le daba igual. Desde que murió Nemesio ella todos los días treinta y uno de octubre, al atardecer, acudía a su tumba. Por nada del mundo le habría dado el gusto de ir un día santo como el día uno, pero ya era casualidad que el día de San Nemesio cayera justo antes del de Todos los Santos. No se merecía que nadie rezara por él ni visitara su tumba en un día santo. Pero en esta ocasión era especial: su última visita al cementerio.

Nemesio había muerto a finales del verano de hacía tres años, así que Cándida había ido ya tres veces a visitar su tumba y dejarle las flores más horrorosas que podía encontrar. Estuvieron casados más de treinta años y aunque estuvo tentada de poner aquel famoso epitafio de tanta gloria encuentres como paz dejas, no lo hizo. No le deseaba ninguna gloria, aunque su marcha sí que había dejado paz. Tanta paz como nunca había sentido. A veces pensaba que si iba cada año al cementerio era para cerciorarse de que su sepulcro seguía intacto y él tan muerto como aquel día de principios de septiembre. 

La tumba estaba al fondo del cementerio, junto a la tapia, rodeada de otras tumbas tan tristes como la suya. Solía decirle que cuando él muriera, su cuerpo sería el único que cabría en aquella fosa, ya que estaban allí sus padres y dos hermanos y sólo quedaba espacio para un cuerpo más. Como si Cándida hubiera querido enterrarse junto a él. Pero ella sólo escuchaba y callaba. Se acercó y, al contrario de lo que solían hacer el resto de viudas de aquel pueblo, no hizo ni un ademán para limpiar la suciedad que invadía la parte superior de la lápida. Se limitó a dejar su espantosa ofrenda encima y luego se sentó en la lápida vecina, mucho más cuidada y limpia. 

Rodeada de ese silencio que sólo la soledad de los cementerios ofrece, agradeció a ese dios del que hacía tiempo había renegado que se hubiera llevado a Nemesio, y le maldijo por haber tardado tanto en llevárselo. Fue un mal marido. Había llegado a odiarle con tanta fuerza que durante años su primer pensamiento al abrir los ojos era desear su muerte. Pero tardó en llegar. Demasiado. Ahora Cándida tenía cincuenta y tres años y sentía que le habían robado los últimos treinta y cuatro. Que Nemesio se los había robado. Sí, fue un mal marido. Y mira que ella le había querido. Pero no sirvió de nada. Apenas llevaban casados medio año cuando ya le vieron borracho magreándose con otras mujeres por los bares del pueblo. Después, los magreos se convirtieron en visitas asiduas a todos los puticlubs de la comarca, y las borracheras, en un alcoholismo que no se molestaba en ocultar. Fue la comidilla de todos los vecinos durante años y, lo que era peor, todos la miraban con lástima. Cómo odiaba esas miradas cargadas de lástima. Cómo las odiaba.

Por suerte, no habían tenido hijos. Y eso que a ella le encantaban los niños. Pero agradecía no haberlos tenido. Esas criaturas se habían ahorrado una vida de privaciones y humillaciones, de violencia y dolor. Se habían ahorrado una vida indigna. La que ella había llevado hasta hacía tres años. 

Pero ahora era libre. Por fin. Y rica. Era lo último que se esperaba, que el miserable de Nemesio hubiera heredado de un familiar unas tierras por las que ahora se interesaba una empresa para construir no sabía qué… ni le importaba. Como tampoco esperaba que Nemesio la hubiera dejado aquellas tierras en su testamento. Pero si hasta tenía testamento, y desde hacía más de veinticinco años. En aquellos tiempos, aún tenía momentos de lucidez. Y aún tenía esperanzas de tener hijos. Por eso debió de hacer testamento: dejaba sus bienes a sus hijos y, en su defecto, a su esposa. Cuántas cosas descubrió Cándida tras la muerte de su marido. Como lo supersticioso que era. Sólo a alguien así se le puede ocurrir dejar por escrito que quería que le hicieran una misa cada año tras su muerte y que durante tres años llevaran flores a su tumba. Absurdo. Pero Cándida era una mujer de palabra y aunque le odiara, cada año encargaba una misa y durante los tres años siguientes a su muerte fue al cementerio a llevarle flores. No hubiera estado tranquila aceptando la herencia sin cumplir con los deseos del muerto. Su única forma de rebelarse y mostrar lo que sentía era llevarle las flores más feas que encontraba. Y ya había dejado pagadas las misas para los próximos treinta años. No esperaba vivir más de eso.

Sentada en la tumba vecina pensaba en la nueva vida que se abría ante sus ojos. Ya había firmado la venta de los terrenos y comprado una casa pequeña en el centro de Logroño, cerca de la de su prima Lolita, que se había casado con un riojano hacía tiempo. No se veían desde hacía muchos años, pero nunca llegaron a perder el contacto del todo. Desde que, apenas hacía tres meses, se le abrió la posibilidad de dejar aquel pueblo en el que tanto había sufrido y aguantado, no dudó que Logroño sería su destino. El punto de partida de una nueva vida. Una vida de la que no esperaba más que paz. Y quizá encontrara a alguien que la quisiera de verdad. Sólo era un sueño, pero no lo podía evitar. Tampoco quería hacerlo, aunque le parecía imposible. Desconfiaba de los hombres en general. Sabía que no tenía sentido, que no todos son iguales, hasta en la tele había visto a hombres que trataban a sus mujeres con respeto y cariño, pero a ella le costaba creer que podría tener una oportunidad de esas. Y aún así, soñaba con ella. Según pasaba el tiempo se veía menos vieja, con más ganas de vivir. Había perdido peso, quizá demasiado, y se había teñido las canas de un oscuro profundo. Y acababa de renovar todo su vestuario. ¿Por qué no iba a tener una oportunidad?

Un ruido la sacó de su ensimismamiento. Miró el reloj y vio que eran las diez. Acababan de cerrar la puerta principal. Corrió hacia la entrada mientras gritaba, intentando llamar la atención del guarda. Pero nada, no la oyó. No podía creerlo: se había quedado encerrada en el cementerio la noche de difuntos. No es que creyera en espíritus ni aparecidos, pero el miedo la caló hasta los huesos. No podía pasar la noche allí. Recordó que la tumba en la que se había sentado tenía una cruz que llegaba hasta la mitad de la altura de la valla del cementerio. Si conseguía subirse a ella, podría asomarse por la valla y pedir ayuda. Cualquier cosa era mejor que pasar la noche allí encerrada. 

Volvió dónde estaba y con más tesón que habilidad, empujada por el miedo, aprovechó los huecos de ladrillos desgastados del muro para subirse a los travesaños de la cruz. Asomada al muro del cementerio esperó. Alguien acabaría pasando por la calle de enfrente. El cementerio ya no estaba en las afueras del pueblo, había sido absorbido por bloques de pisos de mala construcción. Entonces, cuando viera a alguien, gritaría para que la vieran y fueran a rescatarla.

Cándida no sabría decir cuánto tiempo había pasado, pero tenía los músculos entumecidos, le dolían los huesos y el frío estaba a punto de ser mucho más paralizante que el miedo. Ya había gritado al vacío y llorado de impotencia, cuando a lo lejos vio a una pareja que se acercaba. Según se acercaban vio que no eran una pareja, sino dos muchachos jóvenes, no muy altos, desgreñados y bastante más gordos de lo que sería normal a sus edades. Vamos, dos de esos melenudos que habían aparecido como setas por el pueblo. Vestidos de negro, haciendo sonar las cadenas que llevaban colgando de los pantalones y ruido con los tacones de las botas, enormes y puntiagudas. No los veía bien, pero uno parecía el hijo de su vecina Luisa. Se sintió aliviada. Por fin la iban a rescatar. Esperó a que se acercaran, más que nada porque se había quedado ronca de tanto gritar. Cuando estuvieron a su altura, Cándida, sacando las últimas fuerzas, chilló todo lo fuerte que pudo. Le salió una especie de graznido extraño, entre grave y agudo, cambiando de tono según su garganta se destrozaba del todo. 

Los muchachos, al oír aquel alarido como salido de ultratumba, miraron hacia el muro del cementerio. Lo que no se esperaban era ver aquello. Una aparición. Un ser de edad indefinida, blanco como la nieve y con el pelo negro, al igual que su ropa, al menos la que estaba a la vista. No se pararon a pensar si los fantasmas clásicos llevaban sábana blanca o no, porque corrieron como si hubieran visto al diablo, mientras los aullidos de aquel espectro se hacían cada vez más débiles y lastimeros. Como la acera no era suficiente para acoger tanto terror, corrieron por el centro de la calzada, dando zancadas tan grandes y rápidas que habrían dejado pasmado al profesor de educación física. No llevaban ni cien metros recorridos cuando se dieron de bruces con el coche de los municipales que tuvo que frenar en seco para no atropellarles. No tenían cara de amigos cuando bajaron del coche.

Los chavales, al borde del colapso por el esfuerzo de la carrera, apenas eran capaces de articular palabra. Por no hablar de cómo sudaban. Tan aterrados los vieron los municipales que se les pasó de golpe la mala leche que se les había puesto por el frenazo. Los otros dos se sentaron en la acera sin dejar de mirar hacia el muro del cementerio y cuando recuperaron el resuello -y su tiempo les costó- contaron a los guardias lo del aparecido por encima del muro. Los municipales ni se molestaron en ocultar la risa, mientras los chicos, aún temblando, les instaban a que fueran hacia allí. 

E intentando aguantar la risa, los dos policías se encaminaron hacia la valla. A voces preguntaron si había alguien allí y un gemido lastimero les borró las risitas. Volvieron al coche a pedir refuerzos. Un intruso en el cementerio, dijeron. No iban a decir que había un fantasma: hubieran sido la comidilla de la comisaría durante meses, tal vez años. Pero no se volvieron a acercar. Además, lo del intruso era lo más probable. 

Los compañeros tardaron casi quince minutos en llegar, pero hasta que no lo hicieron, ninguno de los cuatro se movió del coche patrulla, en el que se metieron, cerrando los pestillos. Venían cuatro municipales más, acompañados de Damián, el guarda del cementerio, que estaba de muy mal humor porque le habían interrumpido: estaba viendo el fútbol en la tele. Dieron la vuelta y entraron en el cementerio por la puerta principal, los cuatro guardias, con más miedo que prevención, y el guarda, más cabreado que otra cosa, pensando que sería un gato. Los chavales se quedaron en el coche.

Damián caminaba deprisa, pensando en que aún quedaba media hora de partido y que con un poco de suerte, cuando a estos memos se les pasara el cague al ver el gato, podría volver a casa y ver el final. Llegaron en seguida al fondo del cementerio, dónde habían oído los ruidos, y se encontraron, sobre la tumba polvorienta del que había sido su marido, a la pobre Cándida medio desmayada. Milagrosamente no se había roto ningún hueso pero estaba llena de moratones y desorientada, sin saber qué ocurría. Los cinco hombres se acercaron a ayudarla, y cuando Cándida se dio cuenta de que, por fin, iba a salir de allí, no se le ocurrió más que decir que tranquilos, que la cruz no se había roto. 

Preocupados por si la mujer se había roto algo, los hombres se acercaron. Mientras los policías pensaban si debían moverla o no, Damián se acercó y le tendió la mano, que ella tomó, incorporándose lentamente. Aunque era el clásico tipo encanijado, la sostuvo con fuerza y la ayudó a ponerse en pie, renqueando un poco, mientras los otros cuatro pasmarotes miraban sin saber qué hacer. Cándida empezó a soltar entre gimoteos provocados por el susto, explicaciones sobre lo que había ocurrido, pero de forma tan incongruente que nadie se enteró de nada. Tampoco importaba mucho: el misterio del espectro del cementerio se había resuelto. 

Una vez estuvieron seguros de que la señora estaba bien, y confiados en que Damián la acompañaría a su casa, los municipales enfilaron hacia la salida, dejando atrás al guarda y a Cándida, que se apoyaba en él para caminar. Sin saber bien por qué, ambos se volvieron a la vez para mirar el lugar dónde había ocurrido el accidente. Damián pensando que menos mal que no se había roto nada, y Cándida, que era la última vez que pensaba pisar ese cementerio. A la luz mortecina de las farolas que había al otro lado de la valla, Cándida pudo ver como su cuerpo al caer sobre la tumba de su marido había dejado una impronta en el polvo. Sería casualidad, pero la marca se daba un aire a esas palomas de la paz que pintaba un tipo bajito de ojos penetrantes. O quizá eso era lo que ella quería ver.


miércoles, 5 de marzo de 2014

Encuentro






Hundido en la hamaca, sus ojos se perdían en la línea en la que el horizonte dibujaba la ruptura del mar con el cielo. Pero su mirada se había quedado colgada en el recuerdo de aquel último encuentro. Lo recordaba como si hubiera sido ayer. Podría haber pasado una eternidad o, quizá, tan sólo unos meses.

Intentó no escuchar los latidos que retumbaban en su pecho. Tumbado de costado, Alejandro sentía como el olor de Julia se colaba por sus poros; cómo la curva sus hombros se dibujaba contra su pecho, y el roce de sus nalgas le excitaba de nuevo mientras sus piernas le enredaban como la hiedra. No sabía si dormía o si jugaba a excitarle simulando que lo hacía, pero su piel se moría de ganas de ella. Le estaba volviendo loco, como había hecho toda la noche desde que ella decidió que no irían a cenar. No habían dormido ni hablado más allá de las palabras a las que invita el deseo, y el sol ya asomaba, tímido, entre pequeñas nubes deshechas que se mostraban a través de los edificios. Poco menos de seis horas faltaban para que partiera el vuelo que le llevaría de regreso a casa, y el corazón le estallaba en el pecho mientras se aferraba a su tacto, a su sabor, a su aroma... El alma se le disolvía mientras se aferraba a ella. Como aquella otra vez, sabía que tenía que volver, aunque ahora ya no quisiera hacerlo.

Y al diluirse en sus besos, Alejandro pensaba que no, que no quería irse, que quería quedarse allí, en sus labios, en su pelo, en su piel; por más que tuviera motivos por los que volver. Y mientras la acariciaba, soñaba con amarla cada noche, cada madrugada. Pero, ¿cómo sobrevivir en esa ciudad sin mar? No importaba, cualquier cosa sería poco por estar con ella. Al ritmo de sus alientos entrecortados soñaba con compartirlo todo hasta que, confundidos en un orgasmo extenuante, supo que ya no había marcha atrás: no subiría a ese avión.

Acurrucada en sus brazos, Julia se encogió, estremecida, cubriéndose con él, dejándose envolver, abandonándose a su abrazo sólido. En silencio, ella lo siguió acariciando, tierna, como ausente. Alejandro le susurró al oído con la voz entrecortada:

- No me voy, mi niña. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Mi sitio está aquí, contigo.

De repente, Julia dejó de temblar y se enervó. Levantándose, se libró con un movimiento seco de su abrazo y, sin decir nada, empezó a vestirse. Alejandro, desconcertado, se incorporó.

- ¿Qué ocurre? ¿He dicho algo que te haya molestado?

- No, no, tranquilo. No pasa nada. Es que me tengo que ir. Tendrás que tomar un taxi para ir a Barajas.

- ¿No me has oído? No voy a ninguna parte. Me quedo. Aquí. Contigo.

Julia ya había terminado de vestirse y estaba guardando en el bolso todo lo que había sacado la noche anterior. Se volvió, y le miró limpia y fijamente a los ojos:

- Lo siento Alejandro, puede que te quedes aquí, pero no conmigo. Lo nuestro empieza y termina aquí, en esta habitación de hotel o en cualquier habitación de cualquier hotel en cualquier ciudad. Lo más que podemos compartir, además de deseo, es alguna cena, o desayuno, o comida... pero de ninguna manera vas a quedarte conmigo.

Alejandro no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Llevaban semanas planeando aquel rencuentro, había volado más de 2000 kilómetros para estar con ella, y hacía apenas unos minutos esa mujer que ahora le decía que no tenía lugar en su vida, se dejaba ir deliciosamente en sus brazos. No, definitivamente, no entendía nada. Su cara se descomponía por segundos y ella lo notó.

- Mi querido Alejandro -Julia suavizó el tono; le tomó la cara con las dos manos, besándole los ojos y acariciándole la mejilla- ¿No ves que lo nuestro fuera de aquí no tiene sentido, que se moriría? ¿Acaso no sabes que tu fuerza se consumiría en el día a día? ¿No te das cuenta de que si tuviera siempre cerca tus ojos oscuros, delirantes y esquivos, los acabaría aplacando y convirtiendo en dóciles y resignados? Alejandro, ¿de verdad no te das cuenta que la rutina y la costumbre acabarían con nuestra historia? No lo quiero y por eso no te vas a quedar conmigo.
- ¿Y no hay nada para yo pueda hacer para que cambies de opinión?
- No.
- Bien. ¿Puedo pedirte un último favor?
- Por supuesto, dime.
- ¿Me llevarías a Barajas?


martes, 4 de marzo de 2014

Amuleto




Al ir a sacar el abrigo que estaba al fondo, Cristina vio que -otra vez- las tablas de la trasera del armario andaban sueltas y pensó que tenía que hacer algo con eso de una vez por todas. Se inclinó y colocó bien los listones, de forma que no se notara que estaban sueltos.

Aunque hacía ya unos meses que había vuelto de la Amazonía, no conseguía sentirse en casa a pesar de que, al fin, había vuelto a ser su casa. Cuando se fue, casi un par de años atrás, lo hizo huyendo, escapando de él, del sufrimiento que le causaba la convivencia; de la angustia que le provocaba estar a su lado. No pudo con la tortura de baja intensidad a la que la sometía a diario. Se hartó de la ficticia caridad emocional, los falsos gestos conmiserativos, la benevolencia fingida que le hacían sentirse insignificante e inútil. No podía vivir más con un hombre que la perdonaba la vida a diario... y se lo hacía saber.

Así, contra todo pronóstico, tras aceptar participar en un proyecto antropológico en Latinoamérica, se marchó. Sin decir dónde iba, sin prácticamente saberlo. Y acabó conviviendo con un pueblo perdido de la selva, sin historia que recordar y de nombre impronunciable, y no por razones fonéticas, sino por el hermetismo de sus integrantes. Pertenecían a la familia de los Shuar que engloba a numerosas tribus que habitan las tierras vírgenes de las selvas que hay entre Ecuador y Perú. Sin embargo, aún quedaban otros muchos grupos desconocidos, y en estudiarlos consistía el proyecto en el que Cristina se había integrado. Pese a no ser peligrosos en tiempos de paz, todos los pueblos Shuar tienen mala fama por la costumbre de practicar la tzantza con sus enemigos.

Cuando Cristina llegó al poblado, tan blanca, tan alta, tan cargada... despertó recelos y temores entre los miembros del grupo; les costó aceptarla, con toda esa recua de cosas inútiles que llevaba, pero poco a poco la fueron integrando en su día a día en el que lo único destacable era el acopio de frutos y hierbas que luego secaban, cocían, trituraban, destilaban... la vida del pueblo parecía girar en torno a esas hierbas extrañas que se pasaban el día recogiendo y elaborando, y cuya importancia ella no alcanzaba a entender. 

Al tiempo que les acompañaba en sus quehaceres diarios, Cristina aprendía su lengua y se esforzaba en hacerse entender; observaba sus costumbres y sus ceremonias e intentaba averiguar si aún se practicaban ritos ancestrales, sin dejar de apuntar, de forma meticulosa, todo en su cuaderno de campo. Intuyó que, aunque hacía tiempo que el aislamiento les había librado de enemigos, mantenían vivo el conocimiento de muchos saberes atávicos, especialmente en lo referido a la tzantza. Esta práctica consistía en una especie de proceso místico secreto por el que los guerreros fabricaban un amuleto protector con las cabezas reducidas y momificadas de sus enemigos. Sin embargo, ni todas las tribus lo practicaban de igual modo, ni las técnicas eran las mismas.

Pero a pesar del trabajo y la distancia, no conseguía ahuyentar la tristeza que llevaba anclada en el alma, sobre todo al caer la noche, cuando ya no tenía nada que hacer y la soledad era su única compañía. Una de las noches en las que el abatimiento se había adueñado de ella, se le acercó uno de los hombres a los que había acompañado por la mañana en su habitual expedición para recoger hierbas. Era un hombre bajo pero fornido, lampiño y de cara chata, de mirada oscura y penetrante. La tomó de la mano buscando ahuyentar la pena mientras la acariciaba, cada vez más íntimamente, musitando palabras que sonaban mágicas, con intención de consuelo sincero. Ella se abandonó a él, se dejó hacer... hacía tanto que se sentía rota, desgarrada, vacía; ya no recordaba el afecto, había olvidado la ternura, y se dejó llevar, descubriendo, a través de un goce más intenso de lo que nunca pudo imaginar, para qué servían los bebedizos y ungüentos que elaboraban con las hierbas. 

A partir de aquella noche extraordinaria, empezó a abrir no sólo los ojos, sino el espíritu; aligeró de cosas inútiles la pequeña mochila con la que cargaba a diario mientras acompañaba en la recolección, ocupando el hueco que éstas dejaban con hierbas de todo tipo; empezó a poner más atención en los distintos tipos de plantas que recogían y en cómo las preparaban que en los comportamientos sociales; sustituyó las anotaciones sobre las costumbres del pueblo por dibujos de las hojas, de los tallos, de los brotes acompañados de las explicaciones para preparar los ungüentos y bebedizos y de las palabras usadas en los conjuros y sortilegios. Y, día a día, se fue deshaciendo de todos y cada uno de los lastres que traía, integrándose en el grupo, en sus tareas, en sus ritos, en sus hábitos... Mientras, seguía sustituyendo cosas por hierbas y aprendiendo cómo trabajar con ellas, sus propiedades, sus usos, sus beneficios. 

Aprendió de ellos no sólo la práctica, sino el sentido profundo de la tzantza, que no era exactamente como la habitual de la mayoría de los pueblos shuar, que se limita a la reducción momificada de la cabeza del enemigo. Ellos habían perfeccionado el rito gracias a su conocimiento de las hierbas, raíces y frutos de su tierra, lo que les permitía un amuleto con mucha mayor fuerza pues no sólo sometían la energía de la cabeza, sino también la del aliento, la del corazón, la del sexo, a través de la reducción del cuerpo entero. El talismán era absoluto, perfecto: el enemigo les quedaba sojuzgado por completo gracias a la combinación de las pociones con los sortilegios y conjuros. Y Cristina, inexplicablemente, había conseguido llegar hasta ellos, hasta su espíritu, de forma tan intensa y profunda, que la consideraron una más y le dieron a conocer esos secretos, su esencia oculta. No sólo publicaría un artículo como le habían pedido los directores del proyecto: esto le serviría para hacer su tesis doctoral, posiblemente, cum laude.

Volvía a ser invierno cuando aterrizó en Madrid. Nadie la esperaba en Barajas: no se sorprendió. Se sintió extraña en el taxi camino de un piso en medio de un mundo gris de asfalto y hormigón. Cuando entró en la casa, allí estaba él, exactamente como ella le recordaba, intentando hacerla sentir pequeña e incapaz. Pero ella ya no era la misma y nada de aquello surtió efecto. No se lo hizo saber.

Al contrario, le buscó y no tardó en mostrarle todo lo que había aprendido. Con expertos masajes recorrió su cuerpo con aceites de aromas extraños y embriagadores, deteniéndose de cuando en cuando para servirle, boca a boca, un néctar de sabor indescriptible para, inmediatamente después, susurrarle al oído palabras incomprensibles que le excitaban al borde del delirio. Él empezó a notar cómo sus venas se colapsaban inundándole de sangre; cómo el corazón se le desbocaba, enloquecido a un ritmo imposible de detener; cómo la piel se volvía de cristal quebrándose en mil pedazos y el aliento, consumido, se le perdía en el pecho, llevándole a un estado de paroxismo del que, por más que lo intentaba, no podía escapar; sentía que no podía más, que era el fin. 

En realidad, fue el principio... Tras esa primera noche y durante varios días y noches más, Cristina le aplicó distintos bálsamos y ungüentos; le roció con infusiones de distintos tipos; recitó incomprensibles letanías... hasta que al final, lo consiguió: tenía a su enemigo bajo su poder, había logrado someter su cabeza, su aliento, su corazón y su sexo. Eso sí, nunca jamás podría publicar su tesis. Y tenía que pensar cuanto antes en un lugar mejor que el fondo del armario para guardar su amuleto.

jueves, 27 de febrero de 2014

Apariencias






Creo que el sexo está sobrevalorado. No entiendo qué le ven. Es viscoso, húmedo y pringoso. Un asco. Lo odio, pero no me queda otra que estar en ello. Es lo malo de ser un pearcing en el pene de una estrella del rock. Y no un pearcing cualquiera. Hace muchos años Suso, que es el batería y alma mater de una banda de cierto éxito, invitó a Roman, que entonces era un chavalín, a uno de sus conciertos y luego a los camerinos. El chico, que empezaba en eso de los piercings y perforaciones, me fabricó para él como agradecimiento. No soy corriente. Soy más grueso de lo habitual, todo mi cuerpo está labrado y las dos bolitas de mis extremos tienen minúsculas inscripciones rúnicas. Como el tiempo no sólo desgasta a los humanos -y además yo llevo un trajín que ni os cuento-, de tanto en tanto, Suso me lleva a la tienda de Román, que ahora -casi treinta años después- ya tiene negocio propio, para que me dé un repasito.

Hacía ya mucho que no íbamos a ver Román, así que andaba yo un poco flojo y desgastadillo: en los últimos meses tenemos más jaleo de lo habitual. Mira que pensaba que con la edad iba a ir ganando en tranquilidad. Y así fue desde que Suso se sumergió en los cuarenta hasta hace unos meses. Él lo negará, sigue teniendo que alimentar su imagen de icono sexual, pero la verdad es que los años se le notan bastante más de lo que está dispuesto a admitir. Ya no toca con tanta energía como antes, aunque ahora tiene más técnica, y aunque intenta disimular la barriguita, ahí está. El pelo, hace tiempo que empezó a ralear, así que decidió afeitarse, convencido de que así potenciaría su imagen de rockero duro y peligroso. Algo que siempre atraía a las mujeres. No es que lo entienda, como lo del sexo, pero es un hecho. Pocas cosas atraen más a las mujeres que un tipo con pinta de duro. Y si ya es una estrella del rock, aunque no sea de los superfamosos, lo tiene todo hecho. Y eso que Suso no es especialmente atractivo y, por supuesto, nada duro, pero tiene que dar esa imagen. Es una estrella del rock y eso es lo que vende. La imagen que él vende. Y lo hace de miedo. Se mete en su personaje como nadie, hasta el punto de que yo apostaría que le cuesta dejar de lado ese rol. Y sé lo que digo: yo estoy con él cuando se queda a solas y hay veces que sigue actuando. Otras no. Entonces es el mejor.

Es un buen tío, Suso. Me cayó bien desde el principio. Y cae bien a todo el mundo. Bueno, a la parte del mundo que no pierde el tiempo en juzgar a los demás. Porque tiene detractores, muchos, sobre todo entre la “gente bien” que piensa que su forma de vida es la única válida. Algo lógico, si se piensa. Suso lleva -bueno, llevaba- una vida plagada de excesos, de alcohol, drogas, sexo… y diversión. Hay que ver lo que le jode a alguna gente que los demás se diviertan. Sobre todo a la “gente bien” que se aburre soberanamente. 

Aún recuerdo las juergas de aquellos primeros tiempos. Sin límites. Eran los años finales de los ochenta, había de todo y era peligroso. No podría enumerar la cantidad de peleas en las que se metió este tarado que me porta, borracho como una cuba o puesto hasta las cejas. Peleas a las que arrastraba a sus colegas, que siempre respondían. Jamás le dejaron solo aunque luego tuvieran broncas monumentales. Cada uno tenía sus motivos. Todos tenían alguno. Ya os digo que Suso es un buen tío.

También es verdad que con los años (al año que viene Suso cumplirá los cincuenta, por más que mienta sobre su edad cuando le preguntan) las drogas se han convertido en algo anecdótico, y aunque sigue bebiendo casi sin control cuando sale de fiesta, cuando no está de juerga, lo más que se toma son unas cervezas. En cuanto al sexo… más del que a mí me gustaría y mucho menos del que él dice. No lleva bien eso de hacerse mayor. A veces creo que ni siquiera es consciente de ello. Otras, sí. Pero la mayor parte del tiempo se comporta como cuando empezaba en el lío este de la música, cuando su primer éxito le lanzó a la fama con su banda, cuando todas las mujeres le deseaban y él deseaba a todas. Recuerdo como una pesadilla aquellos tiempos de follar con una chica distinta cada noche. Durante un tiempo, le gustó. Yo apostaría a que llegó un punto en el que se cansó, pero tenía una imagen que vender. Y era tan fácil y le gustaba tanto. Pero tenía sus límites. No le importó tirarse a la novia de un fan -qué buena estaba- mientras el resto de la banda entretenía al futuro cornudo, encantado el muy idiota con ser el centro de atención. Sin embargo, en otro concierto se dio de hostias con Tino, uno de sus guitarristas, cuando le pilló, borracho hasta el delirio, en el baño de la sala intentando follarse a una cría que no tendría más de dieciséis años. Desde entonces, Tino era el primero que se ponía al lado de Suso siempre. Nunca volvieron a pegarse.

Lo del sexo siguió siendo una ruleta rusa -aún hoy me sorprendo de que nunca pillara ninguna enfermedad de esas que hubieran dejado a mi soporte para el arrastre- hasta que a los treinta y pocos conoció a Lena. Una chica preciosa y encantadora que le adoraba. No sé si a él o a su imagen. Pero le adoraba. Y él a ella; mucho más de lo que se imaginaba. Pero al cabo de un año todo se fue todo al garete cuando le pilló en el camerino follando con una fan que se lo había puesto a huevo. No lo hizo de mala fe, es que salieron así las cosas y Suso nunca supo decir no. Casi le cuesta una enfermedad la ruptura. Los siguientes meses los pasó bebido y drogado, preguntándose cómo le había podido pasar aquello e intentando disimular ante los demás lo tocado que estaba. A partir de ahí empezó su rosario de fracasos amorosos, con las consiguientes depresiones diluidas en drogas y alcohol. Pasados sus cuarenta yo ya había perdido la cuenta de las decepciones acumuladas, todas cortadas por patrones parecidos. Mujeres que se enamoraban de la estrella; otras que esperaban cambiarle; algunas que pretendían domarle. Pocas se enamoraban del hombre, pero cuando lo hacían, él no sabía responder. Le costaba mantenerse fiel, asumir compromisos, plantearse el futuro. Así que la acababa cagando. Y vuelta a las depresiones, a los vicios, al sexo fácil. Lo que digo: un asco. 

Hace unos siete meses, en un festival de esos de finales del verano, conoció a Norah. Sí, a mí también me pareció un nombre raro. No era el suyo. En realidad se llamaba Rosario, pero eso no vendía en el mundo del rock, así que se lo cambió. Era la vocalista de un grupo latinoamericano que estaba intentando abrirse un hueco en el mercado español (sólo habían sacado un disco) y Suso los había invitado a tocar como teloneros casi sin haberles escuchado. Era fácil verle fanfarronear borracho de éxito, pero igual de fácil era que ayudara a todas las bandas que empezaban, apoyándoles, dándoles la oportunidad que él estaba seguro que todos merecían.

Ella tenía una voz especial, rasgada y potente, aunque como banda aún les quedaba mucho por crecer. Pero ella era maravillosa. Ese mismo día, mientras el grupo de Norah desmontaba el equipo, ellos dos follaron por primera vez -y como si fuera a ser la última- en un camerino con la puerta atrancada por una silla. Tenía veintisiete años recién cumplidos, unas tetas perfectas (operadas, por supuesto) y un culo de impresión que yo apostaría a que también estaba operado. Aunque no fuera una belleza al uso, tenía un atractivo muy poderoso. Era una mujer por la que perder la cabeza. Y Suso la perdió. Se enamoró como solía hacerlo él, como un adolescente. Y como un adolescente se comportó todo el tiempo que estuvieron juntos. 

No pensaba más que en ella y así andaba yo, con mis grabados desgastados y las bolitas flojas. Pero nada, ni caso me hacía. Y eso que a Norah le encantaba mi roce en su piel: siempre encontraba ese punto de placer que la llevaba al éxtasis. Las semanas pasaban y ellos dos seguían su historia, empalagosa hasta el aburrimiento. Y follando a todas horas. Yo olía más a ella que él. A veces pienso que pasaba más tiempo dentro de su cuerpo que fuera. Suso estaba loco por ella y ella por él. No podían imaginarse el uno sin el otro y apenas recordaban cómo había sido la vida antes de estar juntos. Y es que no sólo era sexo. Ella admiraba a Suso por lo que era. Lo que era como músico y lo que era como hombre. Es cierto que le abrió muchas puertas, pero no se aprovechó de él. Ambos lo ponían todo en aquella historia. Si Norah no estaba, Suso se iba pronto a casa. Escribió temas nuevos, hizo entrevistas, intentó trabajar con el manager para organizar la gira del verano. Y en todo ese tiempo no folló con ninguna otra. Por suerte para mí, llegó la primavera y con ella, tiempo de bolos para ambos. Norah sabía que muchos de aquellos conciertos tenían la firma oculta de Suso aunque él jamás se lo dijo. Igualmente ella se lo agradecía. Y, para evitar suspicacias, en ninguno coincidieron sus dos bandas. Es un tío listo, Suso. No es que tuvieran muchos bolos programados (es lo que tienen los tiempos de crisis), pero aún así era un descanso. Lo que me pude alegrar. Pensé que por fin Suso se acordaría de mí y me llevaría a Román, a que repasara los grabados e inscripciones, y me ajustara las bolitas. Pero no. 

Sería a principios de mayo cuando suspendieron el concierto que la banda de Suso iba a dar en Orense. Norah tocaba ese fin de semana en Córdoba, así que yo me había hecho a la idea de un tiempo de descanso. Error mío. Suso, tan pronto supo lo de la cancelación, sin decir nada a nadie, reservó una suite en el mejor hotel de Córdoba y sacó un billete de AVE. Incluso compró la entrada para el concierto. 

Por razones obvias, no pude ver el encuentro en la puerta del camerino cuando acabó el concierto, pero sí que sentí los efectos de la cercanía dentro del pantalón durante un rato. Luego vinieron los bares, las copas, las risas. Serían más de las tres cuando llegamos al hotel. Yo estaba incómodo, tanto tira y afloja por efecto del toqueteo, deseando salir de mi prisión. Aunque hubiera sido mejor no hacerlo. Estaban los dos eufóricos, sospecho que no sólo corría alcohol por sus venas. Se desnudaron con ansia, como si hubieran pasado meses desde la última vez que se vieron, y se lanzaron el uno contra el otro como si el fin de mundo estuviera a la vuelta de la esquina. Lo estaba.

Follaron con desespero, quedándose sin aliento a cada paso, comiéndose en cada beso. Suso se movía dentro de ella con tanta furia que una de mis bolitas finalmente se soltó. Ellos no se dieron ni cuenta, pero el extremo que quedó huérfano se enganchó en su piel, desgarrándola un poco más con cada sacudida. La sangre se vino a unir a los fluidos habituales. Y no paraban, no notaban nada. Hasta que se corrieron en un delirio que les dejó sumidos en un letargo financiado por el alcohol. 

Cuando Suso se despertó a la mañana siguiente, lo hizo en el charco de sangre en el que se había convertido la cama. Norah estaba inmóvil, no respiraba. Se había desangrado. Yo no entendía nada. Cómo podía ser, la herida no era tan grande. Si de algo sé un poco es de heridas, y esos rasguños, cierto que al final hubo más de uno, siempre se terminan cerrando al cabo de un rato. No me explico qué pudo pasar.

El lío fue monumental. La policía, el juez, los forenses. Parecía sacado de una película. Y el pobre Suso en un estado de shock terrible. No era capaz de reaccionar en ningún sentido. Acabaron llevándole al hospital para tenerle en observación y bajo vigilancia policial mientras se aclarara el motivo de la muerte. Cuando al día siguiente llegó Tino a buscarle había asimilado algo lo que había pasado y la policía ya debía de saber que Suso no tenía nada que ver con el charco de sangre en el que Norah se dejó la vida. No le dejaron ver la tele ni leer la prensa, pero no lograron impedir que fuera al entierro de Norah. Fue al cabo de tres días, en Barcelona, dónde vivía la familia de ella. Vestidos de riguroso negro, Tino y Suso llegaron al cementerio y se mantuvieron alejados, en un discreto segundo plano observando cómo una grúa levantaba un espantoso ataúd marrón que contenía lo que quedaba de la mujer que tan feliz le había hecho en los últimos tiempos. De la mujer que aún amaba.

Cuando todo terminó, incluso los pésames, abrazos y apretones de mano, Suso seguía inmóvil, casi sin respirar. Y Tino, a su lado, sin moverse tampoco. Se les acercó un chico, como de unos veinte años y se paró a su lado. 

- ¿Tú eras el novio de Rosario, no? - dijo con marcado acento latino. - Yo soy su hermano Héctor.

Suso asintió sin decir nada. Estaba esperando que se le deshiciera el nudo que le oprimía la garganta. 

- Ya ves - siguió diciendo el muchacho - al final se nos murió por la maldita hemofilia.

- ¿Cómo? - Suso salió de golpe de su estado semicatatónico-. ¿Cómo que hemofilia? 

- ¿No lo sabías? 

Saber, ¿qué? Era imposible que hubiera muerto de eso. La hemofilia sólo la padecen los hombres. No podía ser.

- Es imposible que Norah muriera de hemofilia, las mujeres no padecen la enfermedad, sólo son portadoras - dijo finalmente.

El chico lanzó a Suso una mirada entre la estupefacción y la lástima. Luego miró a Tino, buscando ver si él sabía algo. No, ninguno de los dos sabía.

- Claro que murió de hemofilia, lo determinó la autopsia. Al principio, pensaron que la habías asesinado tú. Pero no, murió desangrada por unas pequeñas heridas que tenía en la vagina. Lo que aún no saben es cómo se las pudo hacer. 

Suso seguía sin dar crédito. Cómo entender que su novia había muerto de una enfermedad que no podía tener. Pero cómo no creer a este chaval que tenía sus mismos ojos. No entendía nada. Y se le notaba. Tanto que el muchacho, compadeciéndose de él, le dijo:

- Me parece que mi hermana no te lo contó todo. Sólo era Norah desde hace ocho años cuando, tras morir mi padre, nos vinimos el resto de la familia a Barcelona para que ella pudiera ser quien era en realidad. En nuestro país aún hay quién llama Rosario a los varones. Como mi padre.