J. Silencio. Hace tiempo que
pienso en este personaje surgido de la pluma de mi amigo José M. Bartolomé. En
realidad desde que leí el primer relato que protagonizó… no recuerdo
cuándo. Y me provoca dos sentimientos
que podrían parecer contradictorios, pero que no lo son: admiración y envidia.
Admiración por el talento del autor, desplegado al modelar un personaje tan
complejo y atractivo, y envidia por no haber sido yo capaz de hacer nada así.
Un espacio abierto
domingo, 26 de julio de 2015
lunes, 15 de junio de 2015
Lirio
Con el permiso de mi querido amigo José M. Bartolomé publico hoy un cuento suyo, lo que considero todo un honor.
¿Por qué lo publico? Sencillamente porque es precioso y me parece una de las mejores cosas que ha escrito José junto con El Hombre más fuerte del mundo, aunque con formas absolutamente diferentes. El autor no es hombre de sensiblerías ni moñadas, pero eso no significa que su forma de escribir acerca de sentimientos no conmueva y, aún siendo una historia conscientemente primitiva, resulta muy emocionante. Posiblemente resulte tan emocionante por eso, por lo básica, por lo esencial; porque no se pierde en lo superfluo, en lo anecdótico; porque va a lo que realmente importa. Al leer esta historia, es posible que alguna lágrima se escape porque nos habla del amor, del de verdad, en estado puro, sin disfraces ni subterfugios que distraigan de su fuerza, sin romanticismos ñoños tan de moda y que encubren y velan el sentir profundo e intenso que sí se respira en toda esta obra. Y habla de muchos tipos de amor: a los amigos, a los hijos y, sobre todo, a la pareja elegida para compartir la vida. Habla de dignidad, de fuerza, de valor. Es una historia completa, redonda. Una historia, como ya decía, preciosa. Sencillamente, preciosa. Espero que la disfrutéis tanto como yo.
Gracias, José, por haberla escrito y por ser tan generoso y dejarme que la comparta en mi espacio.
lunes, 1 de junio de 2015
Deudas
-
Don
José María no puede recibirte, Laura.
- ¿Perdón? ¿Don
José María? Por Dios, Susana, ¿cuando se ha convertido Chema en don José María? Te juro que me dejas
muerta.
La pobre Susana no sabe ni dónde meterse. Es tan
ridículo. Laura fue de las primeras clientas que abrieron cuenta a esa sucursal
cuando enviaron a Chema como director hace seis años. Susana lleva catorce años
trabajando allí y ya había visto pasar a tres directores. Pero tan tonto como
éste no ha visto ninguno. Claro que no puede decirlo.
lunes, 25 de mayo de 2015
Manos
Miro mis manos y no parece que haya nada especial en ellas. Venas azules y tendones marcados en la parte posterior y todas las rayas, las de la vida, las del amor y las la muerte, en la anterior. Dedos ni cortos, ni largos; ni finos, ni gruesos. Con uñas también de tamaño medio, casi siempre sin pintar. Dos sortijas: una con un rubí marcado en su interior que habla de mí, y otra con un pequeño diamante que no habla de nadie.
Hay tres marcas que convierten estas manos en únicas: una cicatriz de infancia en el dedo corazón izquierdo que lo deformó para siempre; un trozo de grafito clavado en el anular izquierdo desde hace 25 años -pronto hará 26- y que jamás extirparé, salvo que algún día suponga un problema grave de salud, y la marca curada y perenne de la infección por un parásito en la parte superior de la mano derecha. No tengo buena encarnadura: las cicatrices nunca desaparecen del todo.
Parecen manos como tantas, pero no, éstas son mías. Son manos que han acariciado cuerpos curtidos y recién nacidos, que se abrieron a todo tipo de amores. Manos que igual que curan pupas, se derrumban ante la fatalidad. Frágiles dorsos, puertas al corazón; encallecidas palmas, a fuerza de parar golpes. Son las que acunaron noches eternas, palparon un cuerpecito menudo protegiéndolo de nada; las que enjugaron lágrimas infantiles y ayudaron a cruzar la calle. Las que acarician la cara triste de la abuela y toman sus manos cuando tiemblan para calmarlas. Manos suaves que agarran sin apretar y aún tiemblan ante lo desconocido.
Manos que abarcan el mundo, que callan más de lo que cuentan.
jueves, 21 de mayo de 2015
Un sueño cumplido
Cuando hace años -muchos años- empecé a escribir, el pensar en publicar era algo impensable, un sueño. Y sin saber cómo, apareció Internet, y dentro de la red, el mundo de los blogs, en el que llevo también mucho tiempo, y con ellos, empezaba a hacerse realidad lo de publicar. Aún así, para cualquier escritor, no hay nada como el papel. Y mientras seguía escribiendo y publicando en blogs, lo de publicar seguía pareciéndome un sueño.
Sin embargo, gracias a la ayuda y apoyo de amigos muy queridos, que han creído en mí y han conseguido que me sacuda mi pereza natural, el sueño se ha convertido en realidad y éste es el resultado.
Gracias a todos.
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lunes, 4 de mayo de 2015
Curro
Las seis y media de la mañana y la niebla no le deja verse ni los pies. Juan tiene que estar a punto de llegar.
Vaya un curro de mierda, piensa el Juanca, mientras tirita. Porque no tiene otra cosa que si no, iba a estar ahí, en medio de calle, pelado de frío. Con lo bien que le iba antes, hostias. Menudo chollazo, su primer curro. Pero a los tres años le pusieron en la calle: con la crisis no iban a hacerle fijo. La puta crisis. Cuando empezó a currar acababa de cumplir los 18 y ganaba tanta pasta que en un par de meses se sacó el carné y se compró un coche: un León, tuneado y todo. Qué pasada, lo que corre ese bicho. La putada es que ya no puede sacarlo más que los fines de semana porque chupa a lo bestia, así que se acabó lo de ir a currar en su coche. Menos mal que entre Juan, que pone el coche, y Nelson, Bogdan y él, que pagan la gasolina, se apañan. Porque con los 700 pavos que gana no hay forma. Iría en bus, pero no hay. La jodida obra está en medio de la nada.
miércoles, 29 de abril de 2015
Recuerdo
| Anciano moribundo. Silvestro Lega. |
El abuelo se moría apaciblemente, rodeado de las personas que habían llenado su vida: sus dos hijos y sus tres nietas. Sin embargo, y en contra de lo que se suele decir, en ese momento no pasó por su cabeza el resumen de su vida entera o el recuerdo de quienes la compartieron la mayor parte del tiempo.
No, el abuelo no recordó nada de eso. Sólo fue capaz de evocar unos brazos prohibidos; un cuerpo joven, pleno y entregado, que le ofrecía un espacio desconocido; unos labios ardientes y húmedos que le recorrían con fuerza adictiva; unas caricias que le hacían estremecer llevándole a mundos que creía que sólo existían en sus fantasías; un amor que ofuscaba su conciencia haciéndole pensar en universos que no sabía siquiera si habían existido.
Sólo vio el rostro joven, vivo en el olvido, de una mujer con la que únicamente podía soñar. Recordó las palabras escritas en amarillentas cartas, guardadas en el fondo de un cajón, como se guarda todo aquello que no se es capaz de tirar; cartas llenas de sueños, de recuerdos, de ilusiones; cartas que el tiempo había estropeado pero que no había conseguido destruir.
Recordó su cobardía, su miedo, su incapacidad para hacer frente a su familia. Hacía tanto de eso que parecía perderse en el principio de los tiempos. También evocó su horror a lo desconocido por más que fuera deseado. Se acordó de su conformismo, de su adaptación a lo que los demás esperaban, de su comportamiento tan estrictamente correcto.
Y ahora, cuando la muerte le rondaba, era únicamente cuando tomaba plena conciencia de que nunca en toda su vida había dejado de arrepentirse de no haberse atrevido a dejarlo todo y vivir como habría deseado. Ahora, cuando el final era inminente, ese recuerdo era lo único que su espíritu añoraba, la oportunidad perdida de vivir un amor prohibido. Añoraba la urgencia de un deseo jamás experimentado como si fuera un fuego nunca extinguido, tan sólo apaciguado en el fondo de la memoria junto a sensaciones y sentimientos que en este último momento afloraban, para recordarla, y morir con su nombre en la boca.
Mientras su hijo menor le cerraba los ojos, todos se miraron extrañados, sin comprender qué había ocurrido, interrogándose en silencio, buscando una respuesta en los ojos de los demás. ¿Alguien sabía quién era Laura?
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