Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Los orígenes (III)





Lamentablemente, las especies de las que hablé en mi anterior post estaban destinadas a sucumbir también. Los erectus en Asia y los ergaster africanos, habitantes de nichos ecológicos que no sufrieron los grandes cataclismos derivados de las glaciaciones sino tan sólo ajustes del nivel de pluviosidad, sobrevivieron prácticamente hasta su sustitución por Homo sapiens, pero en Europa, las cosas fueron diferentes. Una gran parte de Eurasia (y también de América del Norte, lo que no es relevante para nuestro asunto ya que en el continente americano no había ninguna especie de humanos en esa época) quedó cubierta por el hielo, por lo que la población se concentró en el sur del continente y aún ahí tuvieron que adaptarse a unos fríos inimaginables. El Homo antecessor dejó paso al Homo heidelbergensis y éste al Homo neanderthalensis, siendo estos últimos los únicos europeos autóctonos de verdad, ya que el Homo antecessor era de origen africano; es más, estas dos especies únicamente se desarrollaron en Europa. 



Los heidelbergensis y sobre todo sus sucesores, los neandertales, eran individuos muy robustos y perfectamente adaptados al durísimo clima de la Europa de las glaciaciones. Eran inteligentes y además de desarrollar una tecnología (musteriense) muchísimo más avanzada que la de sus predecesores que requería importantes estrategias de planificación, se cree -tras estudiar sus órganos fonadores y la forma de algunas partes del cráneo, en concreto las que están en contacto con la parte en la que se ubica el control del lenguaje- que tenían capacidad para haber desarrollado un lenguaje articulado, que no necesariamente sería como el nuestro, pero sí que les serviría para transmitir sus pensamientos y emociones. Y es que los neandertales ya tenían un conocimiento o intuición de la muerte y de la trascendencia, lo que se muestra no sólo porque enterraran a sus muertos, sino porque esos enterramientos iban acompañados de rituales funerarios, como ofrendas de flores, de ajuares de objetos o huesos de animales, ceremonias con cráneos manipulados y pigmentos, etc. No sólo eran plenamente conscientes de la diferencia entre la vida y la muerte y del carácter definitivo de esta última, sino que al igual que nosotros, se negaban a creer que todo acabase con el hecho de morir, motivo por el que desarrollaron las ceremonias funerarias y el culto a los muertos. Los Homo sapiens, no contentos con el culto a los muertos, fuimos un poco más allá e inventamos a los dioses.




Pero volviendo a los neandertales, una de las cuestiones más interesantes fue la de su desaparición. No faltan quienes hablan de una extinción masiva a manos de una nueva especie, si no más fuerte (ninguna especie humana, salvo quizá algunos heidelbergensis, ha tenido mayor fortaleza física que los neandertales) sí más efectiva, los Homo sapiens, recién llegados de África y con quienes convivieron varios miles de años, pero no parece que hubiera grandes matanzas de neandertales. Más bien parece que los neandertales se extinguieron porque se vieron relegados a las zonas menos ricas en recursos, ya que las mejores fueron ocupadas por los nuevos pobladores, que traían una tecnología mucho más efectiva y una organización social más cohesionada. Y lo que se ha vuelto a descartar por completo en los últimos estudios arqueológicos y biológicos, es que hubiera ningún tipo de intercambio genético duradero (es decir, que entre los humanos actuales nadie tiene genes de neandertal) entre las dos especies, lo que no significa que no se hubieran apareado entre sí, aunque, por supuesto, sin poder conseguir descendencia fértil.

La llegada de nuestra especie y su expansión por el mundo tendrá que esperar a la siguiente entrega.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Los orígenes (II)

Koobi Fora (Kenia). Hogar de los primeros Homo.

Retomando el anterior post, sería hace unos dos millones de años cuando surge el primer representante del género Homo: el Homo habilis. Los habilis eran unos tipos chiquititos, de apenas metro y medio, con rasgos bastante simiescos y con unos cráneos un poco más grandes (entre los 600 y los 850 cc.) que los de los australopithecus (que apenas llegaban a los 500 cc.) y más redondeados. Sin embargo, el tamaño del cerebro no era tan importante como el cambio en la forma en la que trabajaba ese cerebro, que fue lo que les permitió hacer lo que diferenciará a los Homo del resto de los primates hominoideos: pensar. Y ¿cómo se sabe que estos individuos pensaban si sólo se han encontrado restos óseos fosilizados? Pues porque eran capaces de hacer algo que los demás hominoideos no podía: fabricar cosas.

Instrumentos fabricados por Homo habilis.

Actualmente, se ha observado que algunos primates superiores como los chimpancés y los gorilas son capaces de utilizar instrumentos para conseguir alimentos (por ejemplo, los chimpancés usan palitos para capturar termitas y hormigas dentro de los troncos de los árboles) pero siguen siendo incapaces de fabricar nada. Y es que fabricar cualquier cosa, por muy sencilla que sea, como un chopper o un bifaz, implica, además de la intencionalidad consciente, una serie de procesos mentales de los que los otros primates carecen: conciencia clara de una necesidad, conocimiento del medio (el bien fabricado) para poder satisfacerla, proyección mental de instrumento que se ha va realizar, habilidad para seleccionar la materia prima, destreza en las manos para tratar esa materia prima, etc. 

Así pues, lo que distingue a la especie humana (los Homo, en general) de los demás primates es el pensamiento, la razón, sea en la medida que sea, porque es obvio que no tenían la misma capacidad racional los Homo habilis que los distintos Homo que les sucedieron en el tiempo. Del mismo modo que se producían cambios físicos, también se producían cambios en el tamaño y estructura del cerebro, lo que permitía no sólo adaptarse mejor al medio, sino llegar incluso a controlarlo. Así, los Homo ergaster, ocuparon el nicho ecológico que dejaron los habilis al extinguirse ya que éstos fueron incapaces de adaptarse a las novedades, mientras que aquellos, con mayor capacidad cerebral, lograron adaptarse mejor al medio y desarrollar estrategias alimenticias, técnicas y vitales nuevas para sobrevivir. 

Cráneo de Homo habilis

De esta forma, los ergaster asumieron los cambios en sus pautas alimenticias (la desecación progresiva del clima había cambiado la vegetación de la que se alimentaban), perfeccionaron los cuchillos y hachas de mano, haciéndolos más racionales (mayor filo útil por unidad de materia prima, selección de mejores materias primas), empezaron a practicar el carroñeo y, a veces, la caza, con estrategias de grupo (muy pobres, evidentemente) y cuando las cosas se pusieron muy difíciles para que tantos individuos sobrevivieran en una cada vez más seca sabana africana, empezaron a emigrar hacia otras zonas hace aproximadamente un millón de años. En cambio, los habilis no fueron capaces de adaptarse y desaparecieron. 

Se podría pensar que los ergaster que emigraron fueron los mejores de la especie, los más listos, pero al parecer no fue así: fueron precisamente los más débiles y menos inteligentes (es decir, los que aún no poseían la ‘tecnología’ más avanzada) los que se marcharon, ya que los mejores se quedaron con las tierras buenas de África y los ‘expulsaron’ hacia la periferia. Este fenómeno migratorio no ha cambiado prácticamente nada: los emigrantes son los más débiles (primando hoy el aspecto económico por encima de los demás, pero no deja de ser una debilidad) mientras que los dominantes son los que se quedan en su tierra y en su casa: lo básico, lo esencial, ha cambiado muy, muy poquito. Además, el hecho de que fueran los menos evolucionados los que emigraran explica porque, para idénticos periodos temporales, mientras en la zona oriental de África se encuentran herramientas evolucionadas, en Europa o Asia, las herramientas que acompañan a los fósiles son aún muy primitivas.

Así, a lo largo de los siguientes miles de años, esta especie humana ocupó las distintas zonas del planeta, evolucionando en nichos ecológicos muy diferentes y dando lugar a la aparición de otras especies, en función del lugar del planeta en que se encontraran.

Homo erectus

En Asia, los ergaster se evolucionaron hacia los Homo erectus, y en Europa derivaron en los Homo antecessor, mientras que en África pervivirían los Homo ergaster aunque cada vez más evolucionados. Físicamente estas especies eran más parecidas a los humanos de hoy que las que les precedieron: cráneos -y cerebros- cada vez mayores dentición y mandíbulas más modernas, huesos más finos y largos, individuos de mayor tamaño, menor dimorfismo sexual , es decir, la diferencia entre el tamaño de los machos y las hembras; en las sociedades poligínicas donde un macho dominante tiene un harén de hembras a su disposición -como el caso de los gorilas o los australopithecus- la diferencia de tamaño entre hembras y machos era importante; sin embargo, según se va tendiendo a formar parejas más o menos monogámicas, con vistas a asegurar que la descendencia es efectivamente de ese macho, la diferencia de tamaño se va haciendo cada vez menor ya que su importancia social también es menor.

Cráneo de Homo antecessor

Serían los individuos de estas especies quienes mejorarán los instrumentos técnicos (los útiles de piedra, hueso y madera, aunque de estos últimos no se hayan encontrado restos parece lógico que se fabricaran y utilizaran) haciéndolos cada vez más eficaces y, además, fueron quienes domesticaron el fuego. Este hecho supuso uno de los mayores avances en la Historia de la Humanidad ya que, por un lado, permitió una mejora sustancial en la alimentación pues el hecho de asar los alimentos no sólo los hacía más fácilmente digeribles (de forma que, una vez más, la digestión disminuyó su necesidad de energía que volvió a emplearse en aumentar el rendimiento cerebral) sino que eliminaba muchísimas bacterias aumentando así la esperanza y calidad de vida. Pero es que, entre otras muchas ventajas, el control del fuego permitía alargar las horas de vigilia y con ello, los tiempos sociales y la consiguiente transmisión de conocimientos, experiencias, historias, etc. Los hombres se hicieron más humanos gracias al fuego y a la conversación que propiciaba entonces como sigue haciéndolo hoy.

(Continuara...)

martes, 10 de diciembre de 2013

Los orígenes (I)



Si algo me parece fascinante en la Historia de la Humanidad, son nuestros orígenes, cuándo nos hicimos, como especie, humanos. De entrada voy a dejar clara mi postura absolutamente contraria al creacionismo tanto por convencimiento académico (aunque no me dedico a ello, soy historiadora), como moral (soy agnóstica rozando el ateísmo y, por tanto, tengo más que serias dudas de la existencia de ningún ser superior: ni un dios, ni un extraterrestre de inteligencia superior; aunque me parece más probable que exista un extraterrestre superdotado que un dios omnipotente al modo cristiano o musulmán, que es algo que, pensado de forma racional, resulta bastante absurdo; pero eso no toca hoy). 

La teoría de la evolución tiene bases científicas, multidisciplinares, mientras que la creación por parte de un ser superior tiene sólo una base de fe: dos puntos de vista prácticamente incompatibles. Ya importantes teólogos, como Santo Tomás de Aquino, intentaron conciliar razón y fe y no lo consiguieron. Las teorías evolutivas, en cambio, surgen a partir de las teorías de selección natural de Lamark, Wallace y Darwin, de las teorías genéticas de Mendel, de las teorías poblacionales de Malthus, etc. y, con el tiempo, éstas se vieron corroboradas por hechos como los descubrimientos arqueológicos y paleontológicos, la uniformidad constitutiva -a nivel celular- de todos los seres vivos, el que los embriones pasen por todas las etapas de relación filogenética, la similitud en los ciclos reproductores y las semejanzas anatómicas y genéticas entre las distintas especies.

Sin embargo, hay que precisar una serie de dificultades al hablar de este asunto:

- Se trabaja con un material muy precario -los fósiles- y muy, muy antiguo: hay muestras de varios millones de años de antigüedad que, lógicamente, no están lo que se dice impecables.

- Los fósiles más antiguos, además de ser un material precario, son muy escasos y están concentrados, los de mayor importancia, en África oriental, en concreto en la zona del valle de Rift. Esto no obsta para que haya otras zonas, siempre dentro de África (como Sudáfrica), con abundante material arqueológico de primera fila.

- Las teorías evolutivas son muy volátiles y cambian cada vez que se producen nuevos descubrimientos, lo que en los últimos cincuenta años ha ocurrido con mucha frecuencia.

Es pues éste un tema muy complejo y difícil de resumir, pero como me apasiona, lo intentaré hacer lo mejor posible, aún a sabiendas de que muchas cosas quedarán por decir y otras simplemente quedarán esbozadas. 

Se cree que todas las formas de vida tienen un origen común hace unos tres mil m.a. (millones de años), a partir de materias no vivientes sometidas a condiciones atmosféricas especiales, siendo unos restos de microvegetales hallados en el escudo precámbrico de Australia los restos de seres vivos más antiguos que se han encontrado, con una antigüedad de 2.500 m.a. A partir de estos primeros organismos se habría ido produciendo, de forma lenta e inexorable, su ramificación en los distintos seres vivos hasta dar lugar al inmenso número de especies existentes, tanto presentes como extinguidas. 


Cráneo de Orrorin tugenensis

En el marco de este proceso habría llegado un momento, hace unos seis millones de años, en que se separó dentro del orden de los primates una especie primitiva de homínidos: en Tanzania se descubrieron restos de Orrorin tugenensis que eran más parecidos a los chimpancés que a los humanos, pero que ya eran considerados homínidos. Estos individuos, que posiblemente no fueran aún bípedos, evolucionarían hacia especies más adaptadas hasta llegar a los australopitécidos (que todavía no eran humanos), ya completamente bípedos y que serían los más directos antecesores de los primeros homínidos. 


Australopithecus afarensis: Lucy.

El bipedismo era una condición sine qua non para marcar la evolución en la hominización ya que permitió tanto la liberación de las manos como la posibilidad de tener una visión con mayor horizonte y el aumento del tamaño y capacidad del cerebro. Hay muchas hipótesis sobre por qué los homínidos empezaron a caminar sobre dos patas y que hacen referencia a una mejor posibilidad de alimentación, a mejoras en la vigilancia, a la adaptación a cambios ambientales (comenzaba por aquellos tiempos el desecamiento del medio africano), a cambios en las estrategias de aprovisionamiento de alimentos (aparece el carroñeo), a cambios en la organización social de los grupos, etc. Supongo que sería un poco de todo, como ocurre siempre, y estas hipótesis no dejan de ser más que eso: hipótesis sin que se puedan demostrar, hoy por hoy, de forma fehaciente.

Por otro lado, el bipedismo además de liberar las manos produjo cambios físicos de adaptación a la verticalidad (uno de los peores es que las mujeres parimos con dolor por la inclinación del canal del parto, mientras que el resto de los animales, no) y, sobre todo, un progresivo aumento del cerebro en relación directa con los cambios alimenticios y del sistema digestivo. Al tener las manos libres los homínidos adquirieron más destreza en su uso y cambiaron su tipo de alimentación ya que tenían acceso a hojas más altas de los árboles, tenían más facilidad para descarnar animales muertos aumentando su aporte proteínico, podían agarrar palos para espantar a otros depredadores y quedarse con la mejor parte, etc. Así, sus digestiones fueron necesitando cada vez menos recursos energéticos que se podían emplear en potenciar el crecimiento del cerebro. Y como una pescadilla que se muerde la cola, el aumento del cerebro permitió llevar a cabo nuevas estrategias de alimentación y cobijo (aún sin fabricar todavía nada, por supuesto: seguían sin ser humanos) que les hacía poder disponer de una dieta más efectiva que favorecía, a su vez, el desarrollo cerebral. 

A lo largo de los cuatro millones de años siguientes el género Orrorin dejó paso al Ardipithecus, éste al Australopithecus en sus distintas especies, para que, finalmente llegara el género Homo con todas sus especies. Hago aquí un inciso para diferenciar órdenes, familias, géneros y especies antes de que todos acabemos locos, mediante un ejemplo. Todos los que voy a mencionar, incluyendo a los humanos, pertenecemos al orden de los primates, al igual que los chimpancés y los gorilas, pero a la familia de los hominidae; será en el género, que se escribe en mayúsculas, donde se establezcan las primeras diferencias, dentro de ser todos homínidos. Nosotros (Homo sapiens) pertenecemos al género Homo y a la especie sapiens (en minúsculas), mientras que los australopitécidos todos son del género Australopithecus, aunque haya distintas especies (anamensis, afarensis, africanus, bahri), aunque todos somos homínidos. Por supuesto hubo distintas especies del género Homo (hábilis, ergaster, erectus, antecessor, heidelbergensis, neanderthalensis, sapiens, entre otras) pero la única que sobrevive es la nuestra: sapiens.



Los pasos de una especie a otra se constatan por la aparición de individuos diferentes y que no podían aparearse para producir descendencia fértil ya que sus cargas genéticas eran distintas. Así, cada nueva especie se adaptaba mejor al medio en el que vivía y era más viable, evolucionando en función de los cambios que se producían en su medio. Así, los homínidos que no consiguieron adaptarse, tras un fuerte descenso de la vegetación por un desecamiento del clima, a una alimentación a base de productos correosos, simplemente desaparecieron; del mismo modo que lo hicieron quienes, al tener una dentición apropiada para esos frutos, no se adaptaron lo suficientemente bien a la alimentación carnívora (de carroña, sobre todo). Y lo mismo en lo que se refiere a la facilidad de subir a los árboles, correr, esconderse tras matojos, etc. La adaptación de las especies a los cambios en el medio fue lo que permitió la evolución dentro de los distintos géneros hominoideos hasta llegar al género Homo.

(Continuará...)

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Gnomos de jardín






Cuando Luisa cruzó por primera vez la verja de la casa de Ramón intuyó que aquello no iba a funcionar. Aun así, no hizo caso a esa impresión inicial. No quería juzgar por las apariencias, aunque esos tres gnomos de jardín de largas barbas y gorros rojos le provocaran el rechazo que habitualmente sentía ante la ñoñez. ¿Quién, salvo un ñoño, pondría enanos en su jardín? Alejó ese pensamiento recordando las escasas citas que habían tenido: Ramón no lo era. Seguramente los habría puesto allí su ex mujer. 

- Hola, preciosa. Qué alegría tenerte por aquí. Veo que ya has conocido a los guardianes de mi castillo -dijo Ramón mirando a los gnomos, mientras sonreía con un puntito de orgullo kitsch.

Pues no, parecía que no era cosa de la ex. Luisa olvidó sus ideas acerca de si los enanos eran cursis o no, y pensó en positivo: un hombre que tenía enanos de jardín era, sin duda, un tipo sin complejos que hacía lo que le venía en gana. Y vaya si lo hacía. Ramón era una especie de artista: no tenía horarios, trabajaba cuando quería y en lo que le apetecía, jamás en lo mismo. A ratos esculpía, otros ejercía de marchante de arte; también diseñaba extraños artilugios, cuando no escribía poesías delirantes que Luisa -para qué mentir- no comprendía del todo. Hacía mil cosas, todas con la misma pasión.

Estaba completamente deslumbrada por él, sobre todo cuando lo comparaba con su anterior pareja, el funcionario típico sin más interés que la filatelia, hobby que practicaba también de forma monótona. Los años que habían pasado juntos fueron tan aburridos y adormecedores que no se dio cuenta de lo que mal que estaba hasta que un accidente de coche la puso al borde de la muerte y decidió que no quería seguir desperdiciando su vida. 

Encontró a Ramón por casualidad, en la presentación de un diseño de bañaderos para pájaros que el Ayuntamiento iba a poner en los parques más importantes de la ciudad. Otra majadería de los políticos para acudir a presentaciones e inauguraciones, y que a la empresa de Luisa, encargada de las relaciones públicas municipales, le reportaría ingentes beneficios. Ramón era el diseñador de las piscinitas de aves: unos chirimbolos imposibles y feos en los que era difícil imaginar a ningún pájaro nadando. Tanto los bañaderos como los eventos a su costa, se pagaron a precio de oro y los concejales aparecieron en todos los medios. En cambio, los pájaros, jamás metieron una pata en semejantes cacharros.

Luisa pensó que Ramón se había avenido a semejante tontada por cuestiones económicas. Sin embargo, aunque le vino bien el trabajo porque pudo saldar parte de sus deudas, no lo hizo por dinero, sino con la convicción de estar haciendo algo útil y necesario. Diseñó aquellos esperpentos de modo concienzudo, pensando todos los detalles, estudiando las formas de los pájaros, los tipos de aves que había en la ciudad, sus hábitos, sus movimientos, incluso intentando ponerse en su lugar. La inutilidad del proyecto cayó sobre Ramón como una losa, como siempre que fracasaba en algo, fuera lo que fuera. No hacía más que dar vueltas, una y otra vez, a todos sus movimientos y pensamientos, buscando el punto donde estaba el error, analizando por qué los pájaros no se bañaban, pensando en qué se había equivocado, qué podría hacer para mejorar el invento. Lo único que no pensó era que quizá a los pájaros de aquella zona no les gustaba bañarse y eso no dependía de él. No era la primera vez. Tampoco funcionó el diseño del sofá para ancianos, que era perfecto, aunque los abuelos lo rechazaron porque aceptarlo era asumir que ya eran viejos; ni tampoco el de las farolas de jardín con placa solar: ecológica y económicamente impecables, pero imposibles de acoplar estéticamente en ningún jardín, salvo el suyo. 

Pero la crisis por el fracaso de los bañaderos la sufriría algún tiempo después de aquella primera visita de Luisa a casa de Ramón. Al principio, en aquellos tiempos en los que aún pensaba que no quería juzgar por las apariencias, él era una ventana abierta a todo lo fascinante de la vida. Desde que se había separado, Luisa sólo había tratado con hombres que no conseguían despertarla. Hombres que se miraban más en los escaparates que en el espejo, que sabían cómo humillar a un becario pero se quedaban paralizados ante un niño, tipos incapaces de decir te quiero sin esperar nada a cambio. En cambio, a Ramón el espejo le hablaba de quién era, se tiraba al suelo a jugar con los niños y no le costaba llorar viendo los Puentes de Madison; en todo ponía un doscientos por cien y sabía amar sin protegerse. 

Y todo estaba bien… al principio. Ramón ordenaba la vida para que ella se sintiera a gusto. Le hacía partícipe de su mundo, le mostraba lo que él veía, le invitaba a sumarse a sus descubrimientos. Empezó siendo divertido: escuchar, disfrutar y entrar en algunos juegos, pero la primera vez que Ramón propuso algo que a Luisa no le interesaba -el yoga, el maldito yoga-, éste no aceptó que se trataba sencillamente de eso: que no le interesaba. Relegándola de forma inconsciente, asumió un papel activo convencido de que había sido él quien no se lo había explicado lo suficientemente bien, ni con el suficiente detalle y que tenía que buscar otras formas de hacerle ver lo útil que sería para ella, para los dos. 

Cada vez iban menos al teatro, apenas paseaban y postergaron los planes de viajes. Los temas que antes llenaban sus citas empezaron a ser meras excusas para dar pie a extensos análisis acerca de la historia del yoga, las ventajas emocionales de las distintas posturas yoguis o la percepción trascendente derivada del estado de paz alcanzado con la meditación. Disertaciones con todos los matices imaginables que, inevitablemente, acababan en una discusión. Las citas se dilataron y Luisa empezó a cerrarse en sí misma. Por más que se esforzaba en evitar que el, ya odiado, yoga centrara la siguiente charla, Ramón siempre llevaba la conversación por derroteros que terminaban en el tema maldito que no hacía más que agrandar la distancia entre ellos.

Ahora, unos meses después de todo aquello, mientras espera ante la verja, Luisa recuerda aquella primera impresión de los enanos vigilando. Y cuando, finalmente, se abre la cancela y ve a los grotescos gnomos a la izquierda y, al fondo, el absurdo bañadero de pájaros bajo la luz de la espantosa farola de jardín, se siente como si entrara en un refugio antiaéreo adornado con patos de yeso. No piensa esperar a que otro accidente le haga tomar una decisión.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Saturno (o Cronos, que me gusta más)



Hace poco, en un relato de Jose apareció este cuadro que podemos ver en el Museo del Prado. Fue pintado por Rubens para la Torre de la Parada, un pabellón de caza (en realidad un palacete de estilo Austria) situado en el Monte del Pardo (Madrid), en el que Felipe IV se retiraba de tanto en tanto, supongo que para relajarse de las duras tareas de rey. Sin comentarios, que ya sabemos todos lo duro que es ser rey: antes y ahora.

Pero el mayor interés del desaparecido edificio (fue destruido en 1714 durante la guerra de sucesión con los Borbones) era la serie de pinturas mitológicas basadas en las Metamorfosis de Ovidio que el rey encargó a pintores tan relevantes en aquel momento como Rubens o Velázquez, y de la que este cuadro es una muestra más. 

Vemos que Rubens nos muestra a un Saturno anciano en el que el cuerpo flácido, cuya sensación de decrepitud se acentúa con el uso de tonos amarillos en el pecho y el vientre, no parece encajar con unas piernas poderosas. En cambio, su hijo (no sabemos a cuál representa) es un niñito rubito y regordete, de piel clara. Con gesto horrorizado ante el dolor (la mueca de la boca resulta estremecedora) causado por el mordisco de su padre que, con mirada de loco, le está arrancando la piel y la carne del pecho, el niño con un brazo parece tirarle del pelo, en un intento de defensa abocado al fracaso. Todo el lienzo rebosa dramatismo y dolor, las formas: repulsivo, el viejo; enternecedor, el bebé; el color, con predominio de tonos fríos y grises, y el negro de la tela como contrapunto luctuoso; el uso de la luz que se concentra en el brazo del crío, centrando la atención en él y su gesto desesperado. Todo está calculado para provocar sensaciones intensas, inevitables a la vista del crudo realismo de la carne infantil rasgándose en la boca del anciano trastornado. Barroco en estado puro.

Y ahora, la historia que hay detrás. Saturno, ¡qué personaje! Aunque es un dios de origen romano, se le suele identificar con Cronos, el dios del tiempo griego y rey de los dioses de la primera generación. Se le suele representar como un anciano que porta una guadaña, la que usa para segar las vidas de los mortales, aunque también en una de las versiones del mito, la más truculenta, la guadaña la usó Cronos para... Pero vayamos por partes, que la historia tiene tela.

Cronos era hijo de Gea –la Tierra- y Urano –el Cielo-, quien a su vez, también era hijo de Gea, que lo concibió por sí misma. Así, esta extraña pareja (madre y esposa, hijo y marido), no podía por menos que concebir hijos también raros, como los cíclopes, gigantes de un solo ojo; los hecatónquiros, gigantes de cien manos y cincuenta cabezas; y los primeros titanes y titánides (seis varones y seis mujeres), dioses de la edad de oro, de los que Cronos era el menor. Pues bien, Urano, al que no le debió gustar parte de su prole, decidió encerrar a los cíclopes y a los hecatónquiros en el Tártaro (el infierno), en lo más profundo de la Tierra. Pero, cómo Gea era la propia Tierra, la pobre tenía a todos hijos aprisionados en su interior, lo que no debía resultarle nada agradable. Así, intentó convencer a sus otros hijos –los Titanes- para que asesinaran a su padre. Para ello, fabricó una guadaña de adamantio (material mitológico que se convierte en indestructible una vez frío), para que sus hijos la vengaran. Pero, todos los titanes se negaron y se pusieron del lado Urano, siendo Cronos el único que se alió con su madre, castrando a su padre mientras Gea le entretenía en placeres erótico-festivos. Tras semejante proeza, Cronos arrojó al mar los testículos de su padre. De la espuma que provocaron al caer, surgió de entre las aguas, la diosa Afrodita, y de la sangre que se vertió, las Erinias, diosas de la venganza. 

Urano, castrado pero no vencido, y ayudado por los titanes, luchó contra su hijo Cronos, que tenía a su lado a los cíclopes y hecatónquiros a los que había liberado, resultando derrotado... Urano, por supuesto. Cronos ocupó el lugar de su padre como rey de dioses. Los titanes, que no pasarán a la Historia como paradigma de nobleza y pundonor, abandonaron a su padre y se aliaron con su hermano vencedor.

Como cualquier gobernante que se precie, Cronos tampoco cumplió sus promesas y volvió a encerrar a sus hermanos cíclopes y hecatónquiros en el Tártaro, con el consiguiente mosqueo de su madre, que le maldijo vaticinando que, llegado el momento, sus hijos le derrocarían a él. Obviamente, Cronos no echó en saco roto semejante maldición: después de todo venía de una poderosa diosa… y de una madre. Y ya se sabe que las madres nunca se equivocan. Es una de las leyes más indiscutibles del universo. 

Una vez puesto el mundo en orden, Cronos se casó con su hermana Rea, y cada vez que tenían un hijo, el rey de dioses se lo comía entero (no cómo lo pintan Rubens o Goya -como no mencionar a Goya-, pero claro, si lo hubieran pintado así no habría resultado tan impactante), creyendo que así evitaría la maldición. Poco a poco fueron desapareciendo todos los hijos que paría su mujer: Démeter, Hera, Hades, Hestia y Poseidón, hasta que, harta de que la acémila de su marido devorase a su prole, Rea, embarazada de nuevo, marchó a la isla de Creta dónde nació Zeus. El niño quedó en manos de la cabra Amaltea que lo amamantó y la ninfa Adamantea que lo crió, aunque hay quien dice que fue su propia abuela, Gea, quien lo hizo. En lugar del niño, Rea entregó a Urano una piedra, que sin fijarse mucho (sería por la costumbre), el dios se tragó creyendo que era su último hijo.



Cuando Zeus creció y Gea vio llegado el momento de la venganza, entregó a su nieto un bebedizo que, mediante engaños, consiguió que Cronos bebiera, regurgitando a todos sus hermanas. Después, volvió a liberar a los pobres cíclopes y hecatónquiros (que no ganaban para entradas y salidas del Tártaro), y apoyado por éstos y por sus hermanos, inició una guerra contra su padre y sus tíos, los titanes, conocida como la Titananomaquia, de la que Cronos salió derrotado, acabando encerrado junto con sus hermanos en el Tártaro… y, por supuesto, con los cíclopes y hecatónquiros. Gea, otra vez enfadada (no paraban de llenarle las entrañas de indeseables), engendró a un monstruo llamado Tifón, pero el pobre no tendría ningún éxito contra Zeus, quien junto con sus hermanos se asentó en el Olimpo, desde donde gobernarían el mundo de dioses y hombres de forma más bien arbitraria a tenor de la cantidad de historias que nos han legado. Pero esto lo contaré en otra ocasión.


martes, 26 de noviembre de 2013

Tartessos, envuelto en misterio



Todo lo que rodea a esta cultura está teñido de un cierto misterio, porque si bien se conoce su existencia por fuentes escritas y por hallazgos ocasionales y descontextualizados, no se han encontrado yacimientos urbanos amplios que le sean claramente atribuibles (Schulten le dedicó a este asunto gran parte de su vida, esperando ser el Schliemann ibérico y encontrar su "Troya Tartéssica", pero no encontró nada); se conocen nombres de reyes -Gerión, al que Hércules robó el ganado en el marco de su décimo trabajo; Gárgoris, rey inventor de la apicultura y que ordenó matar a Habis, el hijo habido de su relación incestuosa con su hija, aunque el niño logró sobrevivir llegando a reinar; Argantonio, al que las fuentes señalan como paradigma de riqueza y longevidad de reinado-, pero no se sabe si realmente existieron o si se trata de simples leyendas o títulos de dignidades; se conoce su escritura, pero ha sido imposible descifrarla porque no se sabe qué idioma representa; se relaciona su existencia con la leyenda de la Atlántida, un reino más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) aunque no se ha demostrado nada...

Tartessos puede ser considerado como el primer estado peninsular y, además de por la arqueología, se conoce por las fuentes griegas y bíblicas que mencionan la riqueza de los reyes (sobre todo el mítico Argantonio) de aquellas tierras, gobernantes de un reino rico en metales preciosos, además de una ganadería, agricultura y comercio desarrollados. Aunque no se han encontrado más que pequeños indicios, se sabe que los asentamientos tartéssicos estaban emplazados en el suroeste peninsular (desde Huelva y Sevilla hasta probablemente Cartagena) desde principios del siglo VIII a.C.

Sus antecesores fueron los factores de las culturas almerienses de Los Millares y El Argar -de la Edad del Bronce- mezclados con gentes llegadas a la Península Ibérica en el marco de las invasiones de Los Pueblos del Mar, las cuales, hacia el 1.200 a.C., produjeron un verdadero cataclismo en el Oriente Mediterráneo y en el Próximo Oriente Asiático; cataclismo que se extendió, como efecto colateral, a las tierras occidentales, hasta entonces poco conocidas y que despertaban poco interés. Sus sucesores serían los distintos pueblos iberos que acabarían extendiéndose por toda zona mediterránea, sur y central (aquí mezclándose con los pueblos celtíberos en un batiburrillo de impresión) de la Península Ibérica.

La cultura o civilización tartéssica es especialmente atractiva por las formas orientalizantes de los objetos que se les atribuyen, algo que resulta chocante en un territorio tan occidental y alejado de los principales focos culturales de aquellos tiempos (fenicios y griegos) y que se explica precisamente por el contacto directo con estos pueblos orientales, especialmente con los fenicios, que llegaron a Occidente en el marco de los movimientos marítimos mediterráneos de finales del I milenio a.C. (posteriores a movimientos de los Pueblos del Mar) que partieron desde la costa asiática del Mediterráneo en las zonas siria y palestina.

Cuando llegaron los fenicios se encontraron con una cultura autóctona dedicada a la agricultura, la ganadería y, sobre todo, a la minería y la metalurgia, especialmente del hierro, lo que les habría dado el poder sobre los distintos pueblos de la zona, pudiendo establecer un régimen político de tipo monárquico. También parece que realizaban actividades comerciales por el Guadalquivir hacia Sierra Morena, por la llamada Vía de la Plata y por el Atlántico siguiendo la Ruta del Estaño hacia Galicia y las Islas Británicas. Este auge del comercio, tanto interior, como exterior, sería el que permitió que las estructuras urbanas (según Estrabón, había más de 200 ciudades) progresaran y la civilización se enriqueciera.

Pero sería su contacto con los fenicios, que se establecieron en la costa, lo que daría ese aire tan extrañamente oriental a los objetos de este pueblo tan occidental. Y eso se puede ver en las piezas encontradas, entre las que destacan las del Tesoro de Aliseda o las del Tesoro del Carambolo (si bien éste en los últimos tiempos tiende a considerarse más fenicio que tartésico).



También están sumidos en el misterio los motivos y la rapidez con que desapareció una cultura tan importante, especulándose sobre el declive fenicio y el consiguiente auge cartaginés, mucho más invasivos que los fenicios, la presión de los pueblos guerreros del interior, o las luchas internas por el poder. Sin duda, un pueblo de lo más interesante y del que aún queda mucho, muchísimo por saber.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Eloísa y Abelardo.




Pedro Abelardo (1079-1142) fue un renombrado filósofo medieval de la Escuela de París, pero pese a su gran categoría intelectual en esta ocasión lo traigo a colación por haber vivido una preciosa, trágica y, en cierto modo, moderna historia de amor -si tenemos en cuenta los tiempos que corrían entonces- con Eloísa.