Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Saturno (o Cronos, que me gusta más)



Hace poco, en un relato de Jose apareció este cuadro que podemos ver en el Museo del Prado. Fue pintado por Rubens para la Torre de la Parada, un pabellón de caza (en realidad un palacete de estilo Austria) situado en el Monte del Pardo (Madrid), en el que Felipe IV se retiraba de tanto en tanto, supongo que para relajarse de las duras tareas de rey. Sin comentarios, que ya sabemos todos lo duro que es ser rey: antes y ahora.

Pero el mayor interés del desaparecido edificio (fue destruido en 1714 durante la guerra de sucesión con los Borbones) era la serie de pinturas mitológicas basadas en las Metamorfosis de Ovidio que el rey encargó a pintores tan relevantes en aquel momento como Rubens o Velázquez, y de la que este cuadro es una muestra más. 

Vemos que Rubens nos muestra a un Saturno anciano en el que el cuerpo flácido, cuya sensación de decrepitud se acentúa con el uso de tonos amarillos en el pecho y el vientre, no parece encajar con unas piernas poderosas. En cambio, su hijo (no sabemos a cuál representa) es un niñito rubito y regordete, de piel clara. Con gesto horrorizado ante el dolor (la mueca de la boca resulta estremecedora) causado por el mordisco de su padre que, con mirada de loco, le está arrancando la piel y la carne del pecho, el niño con un brazo parece tirarle del pelo, en un intento de defensa abocado al fracaso. Todo el lienzo rebosa dramatismo y dolor, las formas: repulsivo, el viejo; enternecedor, el bebé; el color, con predominio de tonos fríos y grises, y el negro de la tela como contrapunto luctuoso; el uso de la luz que se concentra en el brazo del crío, centrando la atención en él y su gesto desesperado. Todo está calculado para provocar sensaciones intensas, inevitables a la vista del crudo realismo de la carne infantil rasgándose en la boca del anciano trastornado. Barroco en estado puro.

Y ahora, la historia que hay detrás. Saturno, ¡qué personaje! Aunque es un dios de origen romano, se le suele identificar con Cronos, el dios del tiempo griego y rey de los dioses de la primera generación. Se le suele representar como un anciano que porta una guadaña, la que usa para segar las vidas de los mortales, aunque también en una de las versiones del mito, la más truculenta, la guadaña la usó Cronos para... Pero vayamos por partes, que la historia tiene tela.

Cronos era hijo de Gea –la Tierra- y Urano –el Cielo-, quien a su vez, también era hijo de Gea, que lo concibió por sí misma. Así, esta extraña pareja (madre y esposa, hijo y marido), no podía por menos que concebir hijos también raros, como los cíclopes, gigantes de un solo ojo; los hecatónquiros, gigantes de cien manos y cincuenta cabezas; y los primeros titanes y titánides (seis varones y seis mujeres), dioses de la edad de oro, de los que Cronos era el menor. Pues bien, Urano, al que no le debió gustar parte de su prole, decidió encerrar a los cíclopes y a los hecatónquiros en el Tártaro (el infierno), en lo más profundo de la Tierra. Pero, cómo Gea era la propia Tierra, la pobre tenía a todos hijos aprisionados en su interior, lo que no debía resultarle nada agradable. Así, intentó convencer a sus otros hijos –los Titanes- para que asesinaran a su padre. Para ello, fabricó una guadaña de adamantio (material mitológico que se convierte en indestructible una vez frío), para que sus hijos la vengaran. Pero, todos los titanes se negaron y se pusieron del lado Urano, siendo Cronos el único que se alió con su madre, castrando a su padre mientras Gea le entretenía en placeres erótico-festivos. Tras semejante proeza, Cronos arrojó al mar los testículos de su padre. De la espuma que provocaron al caer, surgió de entre las aguas, la diosa Afrodita, y de la sangre que se vertió, las Erinias, diosas de la venganza. 

Urano, castrado pero no vencido, y ayudado por los titanes, luchó contra su hijo Cronos, que tenía a su lado a los cíclopes y hecatónquiros a los que había liberado, resultando derrotado... Urano, por supuesto. Cronos ocupó el lugar de su padre como rey de dioses. Los titanes, que no pasarán a la Historia como paradigma de nobleza y pundonor, abandonaron a su padre y se aliaron con su hermano vencedor.

Como cualquier gobernante que se precie, Cronos tampoco cumplió sus promesas y volvió a encerrar a sus hermanos cíclopes y hecatónquiros en el Tártaro, con el consiguiente mosqueo de su madre, que le maldijo vaticinando que, llegado el momento, sus hijos le derrocarían a él. Obviamente, Cronos no echó en saco roto semejante maldición: después de todo venía de una poderosa diosa… y de una madre. Y ya se sabe que las madres nunca se equivocan. Es una de las leyes más indiscutibles del universo. 

Una vez puesto el mundo en orden, Cronos se casó con su hermana Rea, y cada vez que tenían un hijo, el rey de dioses se lo comía entero (no cómo lo pintan Rubens o Goya -como no mencionar a Goya-, pero claro, si lo hubieran pintado así no habría resultado tan impactante), creyendo que así evitaría la maldición. Poco a poco fueron desapareciendo todos los hijos que paría su mujer: Démeter, Hera, Hades, Hestia y Poseidón, hasta que, harta de que la acémila de su marido devorase a su prole, Rea, embarazada de nuevo, marchó a la isla de Creta dónde nació Zeus. El niño quedó en manos de la cabra Amaltea que lo amamantó y la ninfa Adamantea que lo crió, aunque hay quien dice que fue su propia abuela, Gea, quien lo hizo. En lugar del niño, Rea entregó a Urano una piedra, que sin fijarse mucho (sería por la costumbre), el dios se tragó creyendo que era su último hijo.



Cuando Zeus creció y Gea vio llegado el momento de la venganza, entregó a su nieto un bebedizo que, mediante engaños, consiguió que Cronos bebiera, regurgitando a todos sus hermanas. Después, volvió a liberar a los pobres cíclopes y hecatónquiros (que no ganaban para entradas y salidas del Tártaro), y apoyado por éstos y por sus hermanos, inició una guerra contra su padre y sus tíos, los titanes, conocida como la Titananomaquia, de la que Cronos salió derrotado, acabando encerrado junto con sus hermanos en el Tártaro… y, por supuesto, con los cíclopes y hecatónquiros. Gea, otra vez enfadada (no paraban de llenarle las entrañas de indeseables), engendró a un monstruo llamado Tifón, pero el pobre no tendría ningún éxito contra Zeus, quien junto con sus hermanos se asentó en el Olimpo, desde donde gobernarían el mundo de dioses y hombres de forma más bien arbitraria a tenor de la cantidad de historias que nos han legado. Pero esto lo contaré en otra ocasión.


martes, 26 de noviembre de 2013

Tartessos, envuelto en misterio



Todo lo que rodea a esta cultura está teñido de un cierto misterio, porque si bien se conoce su existencia por fuentes escritas y por hallazgos ocasionales y descontextualizados, no se han encontrado yacimientos urbanos amplios que le sean claramente atribuibles (Schulten le dedicó a este asunto gran parte de su vida, esperando ser el Schliemann ibérico y encontrar su "Troya Tartéssica", pero no encontró nada); se conocen nombres de reyes -Gerión, al que Hércules robó el ganado en el marco de su décimo trabajo; Gárgoris, rey inventor de la apicultura y que ordenó matar a Habis, el hijo habido de su relación incestuosa con su hija, aunque el niño logró sobrevivir llegando a reinar; Argantonio, al que las fuentes señalan como paradigma de riqueza y longevidad de reinado-, pero no se sabe si realmente existieron o si se trata de simples leyendas o títulos de dignidades; se conoce su escritura, pero ha sido imposible descifrarla porque no se sabe qué idioma representa; se relaciona su existencia con la leyenda de la Atlántida, un reino más allá de las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) aunque no se ha demostrado nada...

Tartessos puede ser considerado como el primer estado peninsular y, además de por la arqueología, se conoce por las fuentes griegas y bíblicas que mencionan la riqueza de los reyes (sobre todo el mítico Argantonio) de aquellas tierras, gobernantes de un reino rico en metales preciosos, además de una ganadería, agricultura y comercio desarrollados. Aunque no se han encontrado más que pequeños indicios, se sabe que los asentamientos tartéssicos estaban emplazados en el suroeste peninsular (desde Huelva y Sevilla hasta probablemente Cartagena) desde principios del siglo VIII a.C.

Sus antecesores fueron los factores de las culturas almerienses de Los Millares y El Argar -de la Edad del Bronce- mezclados con gentes llegadas a la Península Ibérica en el marco de las invasiones de Los Pueblos del Mar, las cuales, hacia el 1.200 a.C., produjeron un verdadero cataclismo en el Oriente Mediterráneo y en el Próximo Oriente Asiático; cataclismo que se extendió, como efecto colateral, a las tierras occidentales, hasta entonces poco conocidas y que despertaban poco interés. Sus sucesores serían los distintos pueblos iberos que acabarían extendiéndose por toda zona mediterránea, sur y central (aquí mezclándose con los pueblos celtíberos en un batiburrillo de impresión) de la Península Ibérica.

La cultura o civilización tartéssica es especialmente atractiva por las formas orientalizantes de los objetos que se les atribuyen, algo que resulta chocante en un territorio tan occidental y alejado de los principales focos culturales de aquellos tiempos (fenicios y griegos) y que se explica precisamente por el contacto directo con estos pueblos orientales, especialmente con los fenicios, que llegaron a Occidente en el marco de los movimientos marítimos mediterráneos de finales del I milenio a.C. (posteriores a movimientos de los Pueblos del Mar) que partieron desde la costa asiática del Mediterráneo en las zonas siria y palestina.

Cuando llegaron los fenicios se encontraron con una cultura autóctona dedicada a la agricultura, la ganadería y, sobre todo, a la minería y la metalurgia, especialmente del hierro, lo que les habría dado el poder sobre los distintos pueblos de la zona, pudiendo establecer un régimen político de tipo monárquico. También parece que realizaban actividades comerciales por el Guadalquivir hacia Sierra Morena, por la llamada Vía de la Plata y por el Atlántico siguiendo la Ruta del Estaño hacia Galicia y las Islas Británicas. Este auge del comercio, tanto interior, como exterior, sería el que permitió que las estructuras urbanas (según Estrabón, había más de 200 ciudades) progresaran y la civilización se enriqueciera.

Pero sería su contacto con los fenicios, que se establecieron en la costa, lo que daría ese aire tan extrañamente oriental a los objetos de este pueblo tan occidental. Y eso se puede ver en las piezas encontradas, entre las que destacan las del Tesoro de Aliseda o las del Tesoro del Carambolo (si bien éste en los últimos tiempos tiende a considerarse más fenicio que tartésico).



También están sumidos en el misterio los motivos y la rapidez con que desapareció una cultura tan importante, especulándose sobre el declive fenicio y el consiguiente auge cartaginés, mucho más invasivos que los fenicios, la presión de los pueblos guerreros del interior, o las luchas internas por el poder. Sin duda, un pueblo de lo más interesante y del que aún queda mucho, muchísimo por saber.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Eloísa y Abelardo.




Pedro Abelardo (1079-1142) fue un renombrado filósofo medieval de la Escuela de París, pero pese a su gran categoría intelectual en esta ocasión lo traigo a colación por haber vivido una preciosa, trágica y, en cierto modo, moderna historia de amor -si tenemos en cuenta los tiempos que corrían entonces- con Eloísa.

Inés de Castro: reina después de muerta




Hay cerca de Coimbra un palacio (convertido ahora en hotel) al que llaman la "Quinta das lágrimas". El porqué de tan triste nombre se debe a que allí fue asesinada Inés de Castro, protagonista junto con Pedro I el Cruel de Portugal (en los mismos años reinaba en España otro Pedro I el Cruel: causalidades de la Historia), de una de las más truculentas historias de amor de todos los tiempos. Seguramente la leyenda se alejó de la realidad, pero tantos siglos después… quedémonos con la leyenda que con seguridad es mucho más bella de lo que fue la realidad.


jueves, 21 de noviembre de 2013

Más de mil años (final)


Medidas radicales 


El sol del mediodía atravesaba las copas de los árboles del claro en el que Alda y Pelayo, recostados en un roble gigantesco, charlaban despreocupadamente. Un ruido cada vez más cercano les impuso el silencio de la alerta. Ambos se pusieron en pie al ver aparecer un grupo de soldados que, amenazándoles con sus espadas, arrestaron a Alda acusada de practicar brujería. Pelayo, estúpida y valientemente, se interpuso entre ellos, pero un golpe certero le dejó tumbado en el suelo sin conocimiento. 

Cuando despertó no había nadie. Estaba aturdido y poco a poco fue recordando que había ocurrido. Mi padre, maldito sea, pensó. Se levantó de un salto comido por la ira, pero volvió a caer, mareado. Maldito sea, maldito sea, maldito sea. No paraba de repetir maldiciones contra su padre, convencido de que había partido de él la orden de prender a Alda. Con mayor cuidado, se incorporó, hasta estar seguro de tener las fuerzas suficientes para caminar hacia el lugar en el que había dejado atado a su caballo. Vio que sus ropas estaban teñidas de sangre y fue entonces cuando se dio cuenta de que tenía una herida en la frente. Se limpió como pudo y siguió andando, buscando salir cuanto antes de aquel bosque. 

El Conde estaba cenando solo cuando ruidos provenientes del corredor le interrumpieron. La puerta se abrió de golpe y Pelayo, con un aspecto indigno de su cargo, forcejeando con los soldados de la guardia, se plantó frente a él gritándole.

- Suéltala inmediatamente.

- Tranquilízate, hijo. ¿Quieres comer algo? Da pena verte.

- Te he dicho que la sueltes – le ordenó.

Rodrigo hizo un gesto para que salieran sirvientes y soldados. Miró a su hijo. Le dolía hacerle aquello, pero no le quedaba más remedio si quería seguir manteniendo su posición en los juegos de poder de un reinado convulso, expuesto a riesgos exteriores peligrosos en extremo, y a riesgos internos aún más temibles. Sí, odiaba ver a su hijo sufrir, pero no podía poner en riesgo lo que le había costado años conseguir. 

- Imposible, hijo. Ya está bajo custodia en el torreón, acusada de brujería. No se puede hacer nada por ella. Además, ha confesado.

- ¿Que ha confesado? Pero ¿qué va a confesar? ¿Que hace ungüentos y bebedizos con hierbas? ¿Que ayuda a curar?

- Ha confesado que practica brujería con pociones que anulan la voluntad de los hombres y que a través de ellos fornica con el diablo que los posee. Lo que ha hecho contigo. 

Pelayo no daba crédito a lo que estaba oyendo de boca de su padre. ¿Se había vuelto loco? Él sabía que eso era falso. A él nadie le había dado ningún bebedizo ni le había poseído ningún diablo. De hecho, estaba casi seguro que ni siquiera existía nada similar a un diablo. Así se lo dijo, aun a riesgo de ser también acusado de herejía, exhortando a su padre a que liberase a Alda con tonos que pasaban de la exigencia al ruego. Nada consiguió ablandar a Rodrigo. No podía permitirse ninguna vacilación que diese alas a sus enemigos. Tenía que seguir manteniendo la cuota de poder que tantas batallas le había costado conseguir.

- Lo siento, hijo. Mañana morirá en la hoguera y tú, tras un tiempo de penitencia pública, volverás a tus obligaciones como obispo, sin dar más que hablar, guardando las apariencias. 

- No puedes hacer eso, no puedes asesinar a una mujer inocente sólo por mantener tu autoridad sobre esta parte del reino. No es digno, ni honorable. 

- Lo siento, pero esto es lo que ha de hacerse. Ahora estás ofuscado, crees estar enamorado, pero con el tiempo me agradecerás esto que hago por ti. 

Pelayo comprendió que no había posibilidad alguna y que jamás le haría entender que lo que había surgido entre Alda y él trascendía el hecho físico del placer. Nunca entendería que ella le había mostrado otra forma de entender el mundo, otro modo de vivir. No, nunca entendería. 

Tras asearse, empleó el resto del día en intentar mover todas las influencias a su alcance para liberar a Alda, pero encontraba todas las puertas cerradas. El Conde había dejado todo bien atado. La ejecución estaba programada para el anochecer de aquel mismo día. En la plaza ya estaba preparado el madero al que la atarían y la leña que acabaría con su vida. Pelayo, consciente de que no tenía ninguna posibilidad de salvarla, intentó que le dejaran despedirse de ella. Ni siquiera eso consintió su padre. 

Poco a poco, la plaza empezaba a llenarse de gente, atraídos por el macabro espectáculo de la ejecución de la bruja. Gente que había acudido a ella cuando necesitaba ayuda, gente asustadiza que no movería un dedo en contra del poder ni siquiera por ayudar a quien les ayudó a ellos, gente que iba para ser vista más que para ver y que no pudieran acusarles de complicidad. 

El sol estaba a punto de ocultarse cuando, al fondo de la plaza, la vio. Estaba aún más pálida de lo habitual y con el pelo desgreñado. Llevaba las manos atadas junto al regazo con una soga demasiado gruesa para alguien en un estado tan lamentable. Tenía marcas sanguinolentas en la cara y los ojos hundidos. No había duda de que la habían torturado. Caminaba mirando al suelo mientras se oían voces crispadas insultándola al amparo de la masa que, de cuando en cuando, le tiraban algún objeto o una piedra. 

Pelayo se había ocultado entre la multitud bajo un hábito de monje. La enorme capucha que le cubría la cara por completo le permitía moverse entre la gente sin levantar sospechas. En el estrado su padre presidía la ceremonia. Al mismo tiempo que Alda avanzaba hacia su final, Pelayo también se aproximaba al lugar en el que había instalado la pira. 

Una vez hubieron llegado, el capitán de la guardia del conde y el diácono mayor de la catedral ataron a Alda al poste que estaba en medio de la pila de leña. Si se hubieran parado a mirar, habría notado cómo temblaba aquella mujer, cómo apenas le sostenían las piernas magulladas por los golpes. Si la hubieran mirado a los ojos, ahora con el gris apagado del mar, quizá sus almas se les habrían revuelto en el pecho. Pero el capitán era un hombre acostumbrado a obedecer sin pensar y el diácono carecía de cualquier capacidad que pudiera llevarle a compadecer la suerte de otro ser humano. Entre ambos la ataron con fuerza al palo y, una vez bien amarrada, se bajaron de la pira para tomar cada uno una antorcha con la que, cada uno por un lado, prendieron la leña. 

Pelayo avanzaba entre la multitud que se apartaba ante la magnitud del fuego cuyo humo empezaba a ahogar a Alda. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se descubrió y la llamó con fuerza. Alda levantó a duras penas la cabeza, y entre toses y gemidos quedos, pareció que su mirada se volvía a iluminar. 

- Por favor, mi amor, no te desvanezcas en el tiempo. Te busqué una vez y seguiré buscándote a lo largo de todas las vidas que podamos vivir. Puede que pasen años, quizá siglos, pero no dejes de esperarme porque yo nunca dejaré de buscarte aunque tenga que emplear en ello cien vidas.

La cabeza de Alda se desplomó sobre su pecho inerte sujeta firmemente por las cuerdas, mientras las llamas empezaban a prender su vestido. Pelayo se dio la vuelta, abriéndose paso entre la multitud silenciosa, sin verter una lágrima. Sabía que volverían a encontrarse, que el destino les uniría de nuevo. 

Epílogo 

El pueblo estaba hasta arriba de gente, como todos los años en fiestas. Venían de todas partes: de los pueblos de alrededor, de la capital e, incluso, algún turista despistado. La plaza estaba rodeada de puestos en los que servían bebidas y algo de tapeo para acompañar. Al final de la plaza había un escenario para la verbena, que solía empezar algo más tarde.

Mario y sus amigos no solían ir a las fiestas de ese pueblo, pero ese año uno de los del grupo había quedado con unos compañeros de trabajo que le habían jurado que iban a presentarles a unas amigas que estaban buenísimas. Tampoco tenían mejor plan para ese sábado. 

Llegaron pasadas las diez y enfilaron hacia el primer chiringuito que vieron. Ya con los botellines en la mano, intentaban decidirse acerca del asunto del condumio. No es que hubiera mucho que elegir, pero aún así le dieron unas cuantas vueltas hasta que terminaron con lo clásico: montaditos de beicon y queso para todos. Luego ya verían que más pillaban.

Mientras bebían, charlaban y comían, Mario no dejaba de mirar de reojo a una rubia chiquitilla que también le miraba desde el final de la barra con su grupo de amigos. Tenía algo. No hubiera sabido decir qué era, pero tenía algo. Le gustaban sus movimientos suaves, su aspecto frágil. La observaba en la distancia, atrapado por su gesto. Se acodó en la barra y aislándose de los amigos con los que había ido a las fiestas de aquel pueblo, se concentró en ella que, ajena a ese interés, seguía charlando con la gente del grupo con el que estaba. Llevaba una minifalda azul y una camiseta negra ceñida; el pelo suelto, parecía flotar con cada movimiento de cabeza. La veía girarse para hablar con unas y con otros, riendo, moviendo las manos suavemente, como siguiendo el ritmo de sus palabras. 

Aunque de vez en cuando les contestaba, sus amigos hacía un rato que habían desistido de integrarle en su conversación visto que no hacía más que mirar a aquella chica. Está gilipollas este tío, colgado con la rubia. Pasaron de él.

Se le había terminado la cerveza y estaba pidiendo otra, cuando al girarse se encontró con ella, justo a su lado, que había ido a por bebida. Fue entonces cuando vio sus ojos. Azules, tan claros que casi herían. Se quedó parado, y perdiéndose en aquella mirada, sin entender nada, supo quién era. Habían pasado más de mil años y más de cien vidas. Mario nunca sabría por qué estaba tan seguro de que era ella, la que buscaba. O quizá, sí.



Más de mil años (IV)


El padre 


Sentado a la mesa de su padre, Pelayo aún se preguntaba el porqué de aquella invitación. El Conde no solía prodigarse y menos aún con su hijo, salvo en ocasiones importantes que requirieran la presencia de ambos. De hecho, hacía meses que no coincidían más que en las misas solemnes que oficiaba Pelayo en la catedral.

En contra de lo habitual, don Rodrigo no hizo esperar mucho a su hijo. Se saludaron fríamente y se sentaron a la mesa. La comida fue más bien frugal por lo que Pelayo supuso que era un asunto muy serio aquél del que quería hablarle. Tras unas primeras frases intrascendentes, cuando se retiraron los criados, Rodrigo sacó el tema de forma directa.

- Pelayo, ha llegado a mis oídos que andas de amoríos con una bruja del bosque.

Pelayo se quedó paralizado: era lo último que esperaba oír. No sabía qué decir. ¿Cómo se habría enterado su padre? Lo primero que pensó fue negarlo, pero aquello supondría que tendría que dejar de ver a Alda y a eso no estaba dispuesto. Pero tampoco se atrevía a decirle a su padre la verdad, que le ataban unos lazos poderosos a aquella mujer que, desde luego, no era ninguna bruja.

- No es una bruja – contestó.

- Sí lo es, una meiga como las llaman por aquí. Todo el mundo la conoce, saben de sus pociones y remedios, de sus dotes sanadoras, aunque nadie lo admitirá abiertamente porque podría costarle la hoguera. 

- No es ninguna bruja, ni meiga, si prefieres ese nombre. Es una buena mujer que simplemente vive en armonía con la naturaleza.

Don Rodrigo no daba crédito a las estupideces que estaba oyendo de boca de su hijo. ¿Acaso se había vuelto loco? ¿No estaría hechizado por esa bruja? Lo que sí sabía era que no podía permitir de ninguna manera que todo aquello continuara adelante. Tenía demasiados enemigos como para perder la sede compostelana y que el rey pusiera allí a cualquier otro que, con toda seguridad, no sería un aliado tan dócil como su hijo. Había que acabar con aquello, pero prefirió no estallar, sino intentarlo por las buenas, llevar a su hijo por su camino como había hecho siempre. 

- Bueno, hijo, sea o no una bruja, tienes que dejar de verla. No quiero decir que no tengas mujeres, pero al menos piadosas, de las que se mueven con discreción. Lo mejor sería la mujer de algún noble del lugar o alguna que pase a formar parte del servicio de tu casa. Pero tienes que dejar de ir al bosque y cortar con las habladurías.

- No. – La reacción de Pelayo fue inmediata, sin pensarlo. Era la primera vez que le llevaba la contraria a su padre y cuando fue consciente de lo que había hecho, se dio cuenta de que le temblaban las piernas bajo la mesa.

- ¿No? ¿Cómo qué no? 

Aquella negativa puso a don Rodrigo fuera de sí acabando con el propósito de control que se había hecho. Se levantó y dando un golpe a la mesa dijo:

- Vas a dejar a esa mujer inmediatamente. ¿Quién te has creído que eres para poner en riesgo todo lo que a mí me ha costado años construir? ¿Qué te crees que pensará el rey cuando se entere de que el obispo de Iria, mi hijo, anda fornicando por los bosques con una bruja? ¿Te has vuelto loco?

- No es una bruja – repitió Pelayo. 

- Me da igual lo que sea. No volverás a verla, no voy a consentir que un calentón acabe con nuestra familia. No hay más que hablar. A partir de ahora, te ocuparás de las cuestiones religiosas y políticas que yo te mande, y si se te calienta la entrepierna, pues buscas una mujer como hacemos los demás, con discreción.

Pelayo calló y su padre pensó que había vuelto a ganar la batalla con el pusilánime de su hijo. Pero algo había cambiado. 

- No. No voy a dejar de verla, padre. Arreglaré mis asuntos y renunciaré a todos los honores y prebendas de las que disfruto. Me iré al bosque con ella. No tendrás que preocuparte por habladurías ni por nada. Y, ciertamente, no hay más que hablar.

(Continuará...)



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Marte y Velázquez


Este es un cuadro que me ha fascinado desde la primera vez que lo vi en el Museo del Prado. Se trata de una tela que representa a Marte, dios de la guerra, y que fue realizado en 1640, por un Velázquez estilísticamente maduro (lo que a veces lleva a datarlo en fechas posteriores) y que es una maravilla por distintos motivos. 

Uno de ellos es la magnífica técnica utilizada por Velázquez, que recuerda las obras de Rubens por el uso de colores suntuosos, vitales. La cara, ensombrecida por el casco, es la zona menos trabajada, apenas unas pinceladas superficiales que resaltan las luces y sombras, así como la sensación de atmósfera. En general, la técnica es libre, de pinceladas sueltas, vivas y enérgicas, que difuminan los detalles resaltando el conjunto, y muestran un total dominio de los efectos de claroscuro y del color. En estos momentos, Velázquez ya es capaz de pintar el aire, de dar vida al cuadro.

Otro motivo que hace excepcional este cuadro es que es uno de los pocos cuadros mitológicos del Barroco español, bajo el dominio de la Contrarreforma, tiempo en el que raramente se tocaban temas al margen de la religión. Velázquez escapó de esta norma por ser pintor de palacio y tener una cierta influencia sobre el rey, Felipe IV. Otro maestro que hizo pintura mitológica fue Zurbarán, que por encargo de Velázquez (para el Salón de Reinos) realizó, con mucha menor fortuna, los Trabajos de Hércules.

Además, este Marte admite interpretaciones variadas. Nos muestra un hombre que ya no es joven, semidesnudo, de enorme bigote (¿no os recuerda a Alatriste?) y cubierto con un casco, que está sentado al borde de una cama con las ropas desordenadas, y a cuyos pies yacen sus armas. La postura que adopta, pensativo, con una mano en la barbilla, recuerda a la de la escultura que Miguel Ángel hizo de Lorenzo el Magnífico (Il Pensieroso) para su capilla funeraria en Florencia. Ahora bien: ¿qué le hace adoptar esa actitud? Son diversas las interpretaciones.

La primera interpretación sería en clave mitológica: Marte reflexiona tras el episodio de sus amores con Venus, a juzgar por la cara de perplejidad, resignación y tristeza que tiene. El gesto ha sido perfectamente captado por el pintor, poniendo de manifiesto su facilidad para mostrar el alma de sus personajes. Vulcano, tras ser informado por Apolo de los amores entre su mujer, Afrodita, y Marte, elaboró una malla de plata invisible e irrompible para sorprender y atrapar a los amantes y que los demás dioses del Olimpo, avisados por él, contemplaran el enredo, con la consiguiente burla que esto traería para los adúlteros. En el cuadro, todo esto ya ha ocurrido, Venus ha huido, avergonzada por ser objeto de la burla, y Marte aparece desconcertado, aturdido y derrotado. Todo un dios de la guerra... derrotado por un herrero cojo. Esta interpretación es bastante plausible ya que Velázquez, además de un pintor excepcional, era un hombre culto que conocía muy bien las obras de los clásicos, en este caso la de Ovidio, quien narró esta historia en las Metamorfosis (libro más que recomendable, por cierto).

Otra visión del cuadro habla de una burla que Velázquez realizaría de los temas paganos, y que tienen como telón de fondo las tesis artísticas de la Contrarreforma, de carácter moralizante. Sin embargo, a la vista de otras obras mitológicas de Velázquez, y de la dignidad que emana de esta y otras figuras mitológicas, esta propuesta no parece muy plausible.

Por último, también hay quienes (como Camón Aznar o Angulo, eminencias ambos en el conocimiento de la pintura de Velázquez) interpretan este cuadro como una referencia a las derrotas de los ejércitos españoles en las guerras que se producían en los Países Bajos, y de soslayo, al carácter español. Durante el reinado de Felipe IV, los tercios españoles estaban siendo vapuleados en Flandes (como cuenta Pérez-Reverte... maravillosamente), pero aún se mantenían en pie valores y defectos que definirán al hombre español y que, en cierto modo, perduran en el tiempo. Así, Marte derrotado reflejaría a un militar español del momento que mantiene su dignidad en la adversidad, su sentido del honor, la aceptación del destino que le toca vivir. 

Sin embargo, ese sentido del honor tiene un doble filo, pues provocaría que en España se diera importancia capital a conceptos como la limpieza de sangre, la hidalguía o la nobleza, llevando a los nobles a considerarse por encima de los demás y a creerse merecer más de lo que tienen, no por lo qué hacen ni por lo que saben, sino por lo que son por nacimiento. Y a los que no eran nobles, les inclinaría a intentar adquirir la nobleza por el medio que fuera.

¡Cuánto daño no habrán hecho a lo largo de los siglos estas pretensiones de nobleza! El futuro desarrollo español se vio seriamente limitado por esta pretensión de ennoblecimiento de todos, frente al mundo protestante que buscaba su valía en el trabajo, en la industriosidad, en construir algo, y no en esperar que todo les llegara caído del cielo. La Historia está repleta de personajes que tras trabajar duramente y conseguir un capital, lo dilapidaban en buscar tan sólo el ennoblecimiento social. Aún hoy todos conocemos personas que se creen más que los demás debido a su origen, gentes que consideran denigrantes ciertos trabajos, que piensan que ser de un sitio concreto es un valor añadido, o que se creen por encima del bien y del mal, blindados ante la vida. 

Incluso el propio Velázquez sucumbió ante tales aspiraciones: sus deseos de ennoblecimiento (propio y, de paso, de la pintura) le llevaron a supeditar toda su vida a la consecución de esa posición social. De hecho, cuando finalmente consiguió ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago, modificó Las Meninas para pintarse en el pecho la cruz del apóstol: toda una actitud. Así pues, si alguien del nivel moral e intelectual de Velázquez estaba dominado por este sentimiento, qué no ocurriría entre los militares, funcionarios reales, grandes terratenientes…

Y aunque podría parecer improbable que Velázquez, teniendo en cuenta su posición en la corte, su relación con Felipe IV y sus deseos de ennoblecimiento, hiciera un cuadro que cuestionara el honor de los afamados tercios de Flandes, su inteligencia y su inigualable calidad artística consiguieron que esta intención, si es que realmente existió en ese cuadro, no levantase ninguna ampolla. 

Pero a pesar de todo, la interpretación que más me seduce a mí, es la mitológica: el gran Marte, dios de la guerra, incapaz de controlarse ante la belleza de una mujer, acaba siendo ridiculizado por el feo y cojo dios herrero que le hace objeto de escarnio por sus colegas. Todo un símbolo... incluso hoy.