Un espacio abierto



Un lugar por el que pasar y, tal vez, quedarse.

martes, 19 de noviembre de 2013

El Laocoonte.


Y ya puesta con obras que me gustan... La foto no hace honor a lo magnífica que es esta escultura, pero incluso así, en dos dimensiones, resulta impresionante.



En los Museos Vaticanos, entre infinidad de obras maestras nos encontramos con esta joya del arte Helenístico. El original se sitúa a finales del siglo I a.C., ya en una época en la que Roma dominaba el mundo, cuando Octavio que había vencido a Marco Antonio, y Cleopatra prefirió morir víctima de una serpiente antes que darle el gusto a su enemigo de llevarla encadenada a la Ciudad Eterna. Al tiempo que se iniciaba una nueva época, en Rodas, una pequeña y preciosa isla del Egeo una serie de artistas, discípulos de Lísipo, daban vida a una escuela en la que primaba la pasión y la fuerza en las formas y en las historias.

Los romanos supieron apreciar el valor del arte (y de la cultura… ¡cuántos no podrían aprender hoy día!) de los griegos y a su manera, les rindieron homenaje… si bien eso supuso además de la imitación de formas, con magníficos resultados en muchas ocasiones, el trasladar a Roma muchas de las obras griegas lo que, en cierto modo, sirvió para conservarlas. Ésta obra, al parecer de Agesandro y sus hijos Polidoro y Atenodoro, fue una de las obras trasladadas a la capital, y siglos después fue encontrada entre las ruinas del palacio del emperador Tito. 

La escultura nos muestra al sacerdote troyano Laocoonte contemplando cómo unas enormes serpientes asesinan a sus hijos. Es posible que los gestos resulten demasiado teatrales o que las anatomías tan marcadas sean excesivas, pero es innegable que ambas contribuyen a acentuar el dramatismo de la escena. Pero, ¿por qué unas serpientes asesinan a los hijos delante de él? ¿Qué historia hay detrás?

Como ya hemos dicho, Laocoonte era un sacerdote troyano, en concreto consagrado al dios Apolo. En los tiempos de la Guerra de Troya, cuando los griegos ofrecieron al pueblo de Troya un caballo de madera como regalo de confraternización, Laocoonte avisó a sus compatriotas del peligro que suponía confiar en los enemigos griegos: desconfiad de los griegos, incluso cuando tren regalos, dijo. Pero como vio que no le hacían caso, lanzó una tea de fuego contra el caballo, momento en el que Poseidón, enemigo de Troya, lanzó contra sus hijos dos serpientes marinas que empezaron a devorarlos. Laocoonte, loco de dolor al ver a sus hijos morir de aquella forma, se lanzó contra las serpientes, siendo él también devorado por las mismas. El resultado es bien conocido: el caballo estaba lleno de soldados griegos que se colaron así dentro de las murallas de la, hasta entonces, inexpugnable Troya, inclinando de su lado la balanza de la guerra. 

Es fácil comprender los gestos de dolor profundo del padre ante el sufrimiento de sus hijos que se reflejan en su cara mientras su cuerpo se rompe en torsiones imposibles intentando zafarse de las serpientes, mientras la fatalidad se impone inexorable. 

Más difícil es comprender (o quizá no) el odio de un dios hacia una ciudad y sus habitantes hasta el punto de ser capaz de asesinar a unos niños (aunque en la escultura no lo parezcan, los hijos de Laocoonte eran niños) por inclinar la balanza de la guerra a favor de los suyos. En realidad… nada que no siga ocurriendo en nuestro mundo de hoy, con distintos dioses, distintas guerras, pero la misma miseria moral capaz de sacrificar a cualquiera en aras de sus propios intereses. No, creo que no, que no es difícil de comprender.

Duelo a garrotazos.






Hace unos meses un amigo muy querido me pidió un comentario sobre este cuadro, dándome así la oportunidad de retomar el placer de mirar lo que esconden los cuadros. 


Duelo a garrotazos. Impactante título para una obra no menos impresionante. Sin embargo, este nombre sólo se utiliza desde 1900, ya que su título original era Dos forasteros, algo que choca en una escena que parece representar la esencia de nuestro país. 

Resulta difícil resistirse a ver aquí el carácter de nuestra tierra, porque parece encajar a la perfección con nuestra España de hoy, casi dos siglos después de que Goya pintara todo este conjunto de pinturas negras en los muros de su Quinta, una serie de cuadros que resultan impresionantes por una crudeza tan profunda que nos conmueve y una ferocidad que aterra.

Un paisaje yermo y sin posibilidades, tan parecido a nuestro país de hoy en la que cada día que pasa, parece más difícil poder plantar nada; un cielo gris, en el que se entrevé un breve toque de azul, como si fuera un respiro, aunque presto a desaparecer, engullido por nubes amenazantes; dos idiotas enterrados hasta las rodillas que en lugar de ayudarse a salir del hoyo en el que están, pierden el tiempo apaleándose, posiblemente hasta la muerte. La España del XIX, la España del XX, la España del XXI… la España de siempre. Goya, sin duda, supo ver la esencia de nuestra tierra, de nuestra gente. 

Pero puestos a soñar, podríamos imaginar que estos dos tipos no fueran tan imbéciles; que, en lugar de atizarse con sus garrotes, los utilizaran para remover la tierra que les inmoviliza; que, en vez de perder fuerzas y tiempo, agotándose y agrediéndose hasta la muerte… soñemos que, en lugar de todo esto, usaran las garrotas para remover la tierra que les atenaza, que se ayudaran para salir adelante, que se dieran las manos sumando sus fuerzas; imaginemos que juntos, consiguieran ser libres, olvidaran rencillas estúpidas, y colaboraran en cambiar esa tierra estéril, en hacerla fructífera y fértil, en disfrutarla en lugar de agostarla en disputas agotadoras y vanas. 

Pero el caso es que esto no es más que un ejercicio de imaginación y ensueño. La realidad es que Goya reflejó lo que fuimos y lo que somos en las paredes de su Quinta. Junto a estos dos tontos puso un perrillo, entre asustado y triste que apenas se atreve a asomar la cabeza; un aquelarre en el que un cabrón dirige a una panda de malvados; la procesión del Santo Oficio, en el que una caterva de ignorantes e idiotas, siguen a quien les quita la felicidad presente prometiéndoles la futura, a cambio de renunciar a su dignidad; dos viejas, demacradas y decrépitas comiendo lo poco que encuentran; la romería de San Isidro, en el que lo que se anuncia como diversión no es más que entontecimiento e intentos de ocultar miedos; Saturno que devora, sangrientamente, a su hijo… Ojalá Goya se equivoque con respecto al futuro, aunque, visto lo visto… me temo que no.

Más de mil años (II)


Vuela el tiempo


Aún no había pasado una semana del encuentro con Alda y Pelayo no podía pensar en nada que no fuera aquella mujer de ojos transparentes que no reconocía ningún señor. Despertaba al amanecer pensando en ella, sudando y con una erección que le costaba controlar. Pasaba el día cumpliendo con sus obligaciones litúrgicas y administrativas de forma ausente y las noches intentando arrancarse el deseo de volver al bosque a buscarla. Por mucha penitencia que hizo, al quinto día, sucumbió.

Montando de nuevo a Bizarro y vestido de cazador volvió a adentrarse en el bosque por el mismo lugar dónde lo había hecho la vez anterior. Llegó temprano en la tarde al claro dónde estuvo la primera vez, pero no había nadie. Decepcionado, se sentó bajo un árbol sin saber bien por qué. Debió haberse vuelto, pero aún negándoselo a sí mismo, se quedó allí, esperando que ella apareciera.

Pasaron las horas y cuando apuntaba el anochecer, Pelayo, convencido de que había perdido el tiempo, se levantó para marcharse antes de que la noche le ocultara la salida.

- Te dije que me buscarías.

Ella. Por fin. A Pelayo le temblaban tanto las piernas que apenas podía disimularlo.

- No te buscaba, sólo pasaba por aquí. He salido de caza – dijo.
- Mientes.

Mientras Pelayo se afanaba en ocultar la vergüenza que le producía el que le hubiera descubierto mintiendo, Alda se acercó a él y tomándole de la mano, le llevó al lugar en el que había permanecido toda la tarde esperándola.

-  ¿Ves esta hojarasca hollada? Aquí ha habido alguien sentado mucho tiempo, quizá toda la tarde. Tampoco llevas arco, ni flechas, y tu ropa no está sudada. No me mientas. A mí no. Es un mal principio. Yo nunca te mentiré.
- Perdóname, Alda. En realidad, no sé por qué lo hice. 
- Por miedo. Lo hiciste por miedo. 
- ¿Miedo? No, no. Tú no me inspiras miedo. 
- Claro que no, a quien temes es a ti mismo, a lo que puedes llegar a hacer por estar conmigo. Temes perderte, abandonar tus principios, cambiar de camino, enfrentarte a tu padre, a tu dios… si decides ir a mi lado.


Pelayo se sentó en silencio. Sí, era cierto, tenía miedo de cómo ella le hacía sentir. No era la primera mujer con la que se encontraba, ni la primera a la que deseaba. Tenía 37 años, era hijo de noble, obispo de una sede importante, tenía tierras y bienes… tenía todas las mujeres que quería. Pero ninguna como aquella. Ninguna se había atrevido a hablarle como Alda le hablaba, con ninguna se había sentido intimidado. Ella parecía saber lo que él sentía, lo que pensaba, lo que deseaba, como si pudiera colarse bajo su piel.

La noche cayó sobre ellos y Alda volvió a encender la tea que le sirvió de guía aquella primera noche. La clavó en el suelo, como si se tratase de una hoguera, frente a ellos, y a la luz de aquella débil llama, Alda siguió hablando.

- ¿Me dirás qué te ha hecho volver? ¿Lo sabes?

Pelayo la miró. Apenas podía ver sus rasgos más allá de los ángulos que dibujaba el fuego, pero sentía la energía de su mirada clavada sobre él. Decidió no mentir más.

- Es cierto, no lo sé. No sé por qué he venido a buscarte, no sé por qué quería verte, no sé por qué todas las madrugadas me despierto pensando en ti. 
- Veo que se acabaron las mentiras. Me alegro, Pelayo – dijo Alda. Le miró detenidamente, sorprendida por el arranque de sinceridad, por la sencillez con la que había hablado, por la franqueza con que había expuesto su debilidad. Algo muy extraño en un hombre con tanto poder. – Y me alegro aún más de que hayas venido a buscarme.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, movido por el aire al mismo ritmo que las ramas de los árboles que los cobijaban. Fue Pelayo quien, con la tranquilidad de poder mostrarse sin coraza, retomó la conversación.

- Me dijiste que vivías en el bosque, que no tenías ningún señor. ¿Cómo lo haces? ¿De dónde sacas la comida? Porque de la caza no parece.
- No, claro que no. Recolecto hierbas, raíces, frutos, bayas…, preparo ungüentos y medicinas que cambio a las personas que las necesitan por comida, ropa o enseres. No necesito mucho. La gente sabe cómo dejarse encontrar, en claros como éste en el que te he hallado a ti, porque yo no muestro a nadie dónde vivo, ni salgo nunca del bosque. Es demasiado peligroso para alguien como yo. Podía acabar en cualquier mazmorra e, incluso, en la hoguera. Aunque mis remedios sólo hacen bien, en estos tiempos mezquinos no sería difícil que terminara siendo acusada de bruja.
- No creo que seas una bruja, pero has de saber que Dios no aprueba estas cosas que tú haces. Él da la vida, Él la quita. Nosotros, simples mortales, no tenemos derecho sobre ella.
- ¿Dios? ¿Qué dios? ¿El tuyo, el de los judíos o el de los musulmanes? A todos, cristianos, judíos y musulmanes, los he visto acudir desesperados cuando sus hijos tenían fiebres, o heridas purulentas, o roturas de huesos imposibles. Ninguno pensaba en su dios, sólo en la vida. 
- Pero, si no sales del bosque, ¿no vas a ningún oficio religioso?
- Verás Pelayo, y sé que por esto que te voy a contar podrían matarme, no creo en ningún dios, en ninguno. Los dioses son invenciones humanas para consolar nuestras almas del dolor de la muerte eterna. Lo que cuenta es la vida, el ahora.

Alda se acercó aún más a Pelayo y le cogió las manos, sosteniéndolas con suavidad, recorriéndolas como si quisiera aprenderlas. Su primera reacción fue de incomodidad, pero el tacto de aquella mujer le serenaba y tampoco le encontraba explicación. Se dejó llevar y tirando de las manos la atrajo y la besó. Ella respondió a aquel beso como respondería a otros muchos que siguieron; como respondió a su piel cuando la recorrió por completo; como respondió a su pecho cuando fundieron sus latidos.

A lo largo de los dos meses siguientes, Pelayo acudió cada atardecer al claro del bosque para encontrarse con ella, que le mostraba cómo se movía en el bosque, como uno de tantos de los seres que lo habitaban, uno más en armonía con el resto; para descubrir, en los momentos de sosiego tras haberse amado, que había sustituido al dios del terror y la venganza por la paz de espíritu que le daba saber que podía ayudar a los demás; para descubrir que vivía la vida como si fuera a acabarse al día siguiente aunque con la esperanza de renacer y seguir formando parte de un todo sin principio ni fin.


Poco a poco, aquellos encuentros, fugaces al principio, fueron alargándose y Pelayo empezó a descuidar sus obligaciones. Había oficios a los que no acudía, personas a las que no recibía, sus ausencias empezaron a ser la comidilla de todos aquellos, laicos y religiosos, que le rodeaban.  No le importaba. Su fe, que nunca había sido demasiado firme (su cargo fue un beneficio logrado gracias a los servicios de su padre al rey Bermudo y él se limitó a hacer lo que se esperaba que hiciera), se tambaleaba más y más al hilo de las conversaciones con Alda. 

Más de mil años (I)

 Un animal herido

Pelayo espoleó a su caballo. No quería perder esa pieza: no podía permitirse regresar otra vez al palacio con las manos vacías. Estaba seguro de haberle herido, pero aún así, el animal había sacado fuerzas para huir buscando refugio en el bosque. Siguió el rastro de sangre hasta que llegó a un punto en el que hubo de continuar a pie. Aunque sabía que no faltaba mucho para que anocheciera y no conocía bien aquellos parajes, desmontó, ató a Bizarro a un árbol y se internó en el bosque.

Pendiente de no perder el rastro, no se dio cuenta de que a cada paso el follaje se volvía más tupido. Como le ocurría con tantas otras cosas, no pensó en cómo volver. Siguió avanzando sin perder de vista el reguero de sangre que le marcaba el camino, cada vez con más dificultad, hasta que, al fin, dio con su pieza. Un pequeño corzo yacía junto a un arroyuelo en brazos de una mujer de la que no veía más que los destellos que la luz del atardecer arrancaba a su pelo trigueño. Dudó si acercarse o no. Intentó no hacer ruido, pero sus pesadas botas hacían crujir las ramas secas que alfombran el suelo. Sin siquiera volver la cabeza ella le dijo:

-        Puedes acercarte, pero deja tu arco en el suelo, no quiero que asustes más a esta pobre criatura.

Pelayo se paró en seco. ¿Cómo se atrevía a decirle lo que tenía que hacer? ¿Quién se creía que era esa mujer? Siguió avanzando y entonces, con una autoridad que sólo había oído en boca de su padre, Pelayo escuchó:

-        ¿Acaso no has oído lo que te acabo de decir? ¡Deja ahora mismo tu arco en el suelo si quieres acercarte a nosotras!

No supo reaccionar ante el tono autoritario de aquella mujer. Ahora la veía mejor. Delgada y pálida, no era tan joven como creyó en un primer momento, pero su pelo era claro como la luz del sol y sus ojos tan azules que parecían transparentes. Y su voz sonaba poderosa, segura. Intimidado, dejó el arco en el suelo y avanzó hacia ellas. Según se acercaba vio que la mujer estaba aplicando un ungüento en el lomo herido de la corza que le contenía la hemorragia provocada por su flecha.

-        ¿Eres tú el que has provocado este desastre? Casi la matas, pobrecita – le soltó sin más.
-        Estoy de caza y esa corza es mi pieza.
-        ¿Tu pieza? ¿Y quién te dio propiedad sobre su vida?

Pelayo nunca había pensado en las vidas de los animales que cazaba… y menos aún sobre la propiedad de esas vidas. A lo largo de su existencia, todo le había venido dado. Su padre siempre se ocupaba y él raramente se planteaba los porqués de las cosas.

-        Soy el obispo de Iria Flavia y mi padre, el conde de Galicia, señor de estas tierras. Mi familia puede disponer de todo lo que hay en ellas, así que puedo cazar todo lo que se me antoje – contestó con un punto de altivez que no conseguía esconder una cierta inseguridad.
-        Así que todo un obispo… no lo pareces con esa ropa. E hijo del señor de estas tierras… ¿Y puede saberse quién nombró señor a tu padre?
-        Mi padre es Rodrigo Velásquez, nuevo conde de Galicia por decreto de nuestro nuevo señor, el rey Bermudo de León tras la muerte de nuestro señor don Rodrigo, que en paz descanse.
-        Nuestro señor, nuestro señor… Tu señor, querrás decir. Yo no tengo señor – respondió la mujer sin interrumpir la aplicación del bálsamo en el lomo de la pobre corza herida.
-        Claro que lo tienes, todos los que habitamos estas tierras tenemos como señor al conde nombrado por el rey, también nuestro señor. Además de nuestro señor verdadero, nuestro padre que está en el cielo.

La mujer al oír aquello no pudo evitar una carcajada tan limpia que ofendió a Pelayo, aunque no tenía muy claro por qué. La pequeña corza se puso en pie con dificultad y lentamente se perdió entre el ramaje del bosque.

-        Vaya, pues sí que hay señores en éste y otros mundos... Y yo, sin saberlo.

El tono sarcástico de la mujer molestó a Pelayo. Después de todo, él era un representante de Dios en la tierra, ungido y con poder. Y su padre, el representante legítimo del Rey, elegido también por Dios. Así habían sido siempre las cosas, Dios y feligreses, señores y siervos, capitanes y soldados. Pero ¿quién se creía esta mujer que cuestionaba el orden natural del mundo?

-        ¿Acaso no respetas a Dios, al Rey y a sus representantes? – dijo, visiblemente enfadado.
-        No. ¿Me respetan ellos a mí y a mi gente? No, no lo hacen. Les he visto perseguir y condenar a mis hermanas en nombre de un dios que juzga sin dejar el menor resquicio a la compasión, a la bondad; he visto a los caballeros de tu rey matar a los míos a ciegas, sin pensar, sin sentir, sin más motivo que acumular tierras y oro robándoselos a sus dueños; he visto como los curas, representantes de su dios en la tierra abusaban de las mujeres, de los débiles, de los indefensos, para luego condenarles y esconder así sus infamias. ¿Acaso merecen respeto?
-        ¿Sabes que podría mandarte prender por esto que estás diciendo? Traición y herejía – dijo Pelayo, atónito ante lo que estaba escuchando.
-        Claro que lo sé. Soy pobre, soy mujer, pero no soy estúpida. También sé que no harás nada.
-        ¿Segura?
-        Completamente. En contra de lo que pensé en un primer momento, tienes una mirada limpia. Tan solo estás perdido. Pero eso tiene solución; lo que no tiene arreglo es la maldad. Quizá algún día te encuentres. Por ahora, te ayudaré yo a encontrar el camino de salida.

Pelayo cayó en la cuenta de que había oscurecido y aunque hubiera luna llena, aún no estaba tan alta como iluminarlo todo. La mujer sacó una pequeña antorcha de su talega, un poco de yesca y un par de piedras con las que logró chispas que prendieron la tea, iluminando la noche con un tono mortecino, pero suficiente salir de allí. Pelayo sabía que estaba en manos de aquella mujer que se movía en la oscuridad con la seguridad de un lobo y la agilidad de un lince; aquella mujer, a la que había amenazado veladamente, era ahora la que le conducía al exterior del bosque. No supo cómo, pero le llevó justo hasta el punto donde había dejado a Bizarro, que le esperaba paciente. Cuando llegó al límite de la espesura, la mujer se paró.

-        ¿No vienes? – dijo Pelayo.
-        No. Yo vivo en el bosque. Además, si siguiera contigo, podría terminar acusada de traición y herejía – dijo ella, sonriendo.
-        ¿Me dirás al menos cómo te llamas?
-        Alda.
-        Yo soy Pelayo.
-        Ya sé, el señor obispo – dijo riéndose.
-        ¿Volveré a verte?
-        Seguro. Me buscarás. Hasta entonces.


Sin más, Alda se dio la vuelta y desapareció entre los árboles. Pelayo montó en su caballo entre desconcertado e irritado ante aquella seguridad de Alda que en ese momento se le antojó prepotente.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Gala Placidia





Gala Placidia nació en algún año entre el 388 y el 390 de nuestra era. Fue hija de emperador, hermana de dos emperadores, mujer de un rey godo y de un emperador, y madre de emperador. ¿Se puede pedir más? Posiblemente fuera la mujer más influyente de su tiempo.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Leonor de Aquitania






Leonor de Aquitania (1122-1204) fue una de esas mujeres que, contra todo pronóstico dado el trato que recibían las féminas en los tiempos medievales, sobresalió por méritos propios... algo a lo que ayudó -y mucho- ser hija de Guillermo X, duque de Aquitania, y convertirse en heredera de sus tierras y feudos, tras la muerte su único hermano varón. Guillermo X murió en el año 1137 y Leonor tomó posesión del ducado, de un tamaño enorme, mayor que los dominios directos del rey francés, lo que proporcionaba a Leonor, a sus 15 años, un poder inmenso. Ese mismo año, Leonor se casó con el hijo de Luis VI de Francia, quien a los pocos meses sería coronado rey: Luis VII Capeto.

Confidencias




En las últimas semanas, parecía que a Héctor le costara salir del despacho. Andrés llevaba unos días preparando una visita a Beirut junto con otros agregados del cuerpo diplomático destinados en Oriente Medio, y se había dado cuenta de que su compañero pasaba demasiado tiempo en la oficina sin que, al parecer, tuviera ninguna tarea importante que hacer. En el Ministerio era normal que la gente se quedara más tiempo del habitual -cuestión de no quedarse atrás en las promociones-, pero en el caso de Héctor, sorprendía: nunca había destacado por querer subir en el escalafón, ni tenía grandes posibilidades siendo administrativo.

En realidad, Andrés tampoco tenía un gran interés en el escalafón, pero aun así, durante años había sido secretario consular en distintas embajadas de Oriente Medio y Latinoamérica, con estancias intermitentes en el Ministerio, en Madrid. Ahora estaba en esta fase, y aunque había pasado de los cincuenta y solía decir que quería alejarse de la vorágine (y el aburrimiento) que conllevaban las responsabilidades en cargos en los consulados, en el fondo, cuando pasaba demasiado tiempo con su madre, estaba deseando que le destinaran a cualquier sitio lo suficientemente lejos. El tiempo en Madrid se le hacía insoportablemente largo: no siempre tenía trabajo para llenarlo, así que recurría a otras actividades que si en un tiempo le resultaron excitantes, ahora ya no le satisfacían.

Héctor no era diplomático, sólo era funcionario del Ministerio, lo que hacía que aún chocaran más esas jornadas interminables. Además, tenía familia. Y aficiones. Bueno, una afición: la literatura. Hacía años que escribía, participaba en distintos talleres de narrativa, poesía, relato…, y aún conservaba la ilusión de ver su novela, esa que todavía no había conseguido terminar, publicada. Héctor siempre tenía un motivo para salir volado de la oficina. Pero desde hacía un tiempo, esos motivos parecían haber desaparecido.

Andrés y Héctor entraron en el Ministerio más o menos a la vez, hacía ya más de veinticinco años, y desde entonces habían colaborado en distintas ocasiones. Y se habían tratado también fuera del Ministerio, aunque Andrés no era proclive a tomar copas con los compañeros al margen del trabajo. Y menos, con un administrativo. Pero Héctor era diferente, carecía de la mediocridad que Andrés daba como inevitable en todos los empleados de a pie, su visión del mundo era peculiar y su trabajo era tan sólo un medio que le proporcionaba recursos económicos y le regalaba tiempo para poder escribir.

Cuando, hace unos diez años Héctor se casó, Andrés, contra todo pronóstico, estuvo en su boda. La novia -mujer desde ese día-, mona y buena chica, era, como todas las buenas chicas, anodina e insulsa. Supuso que algo habría visto Héctor en ella, pero apostó consigo mismo a que al cabo de un par de años, estaría de ella hasta las narices. Por supuesto, ganó. También apostó a que antes de eso tendrían un hijo. Pero ahí, perdió. Claro que se compraron un perro, así que Andrés no dio por completamente perdida la apuesta.

Al salir, Andrés se detuvo en la puerta del despacho dónde Héctor hacía como que trabajaba y se asomó.

-      ¿Aún por aquí? - dijo Andrés.
-        Ya ves.
-      ¿Te hace una copa? Estoy agotado y me apetece más que comer. Y ya sabes tú que yo eso de comer… - Héctor sonrío mientras miraba la barriga cada vez más llamativa de su compañero.
-       Pues sí, que yo también estoy harto de tanta oficina.

Se levantó y ya en pie, apagó el ordenador, recogió de cualquier manera los papeles que tenía por la mesa, cogió la chaqueta de la percha que colgaba del perchero y salió. En poco más de un minuto enfilaban por la calle Atocha hacia el Café Central. A ambos les gustaba ese local aunque hacía mucho tiempo que ninguno de los dos pasaba por allí, cada uno por sus propios motivos. Caminaban despacio, sin hablar. Aunque ya era primavera, anochecía y hacía fresco, así que Héctor se ajustó la chaqueta, que le quedaba un poco grande: últimamente había perdido algo de peso. En cambio, Andrés parecía haberlo ganado, aunque era tan alto que, si uno no se fijaba, pasaba casi desapercibido su sobrepeso. Héctor sacó un cigarro y ofreció, pero Andrés seguía sin fumar: ya iban para dieciséis años que resistía la tentación.

Cuando llegaron al local, se sentaron en una mesa alejada de la zona de los músicos, aunque los martes no solía haber música en vivo, pero hacía tanto que no iban que tampoco estaban seguros de lo que se podían encontrar.

-     Buenas noches. Un gintonic para mí, Bombay, por favor, y un whisky para mi amigo -dijo Andrés, buscando aprobación con la mirada: suponía que seguía bebiendo whisky. Hay cosas que no cambian.
-       Jack Daniels para mí, con poco hielo, gracias -dijo Héctor.

El camarero se alejó entre las mesas sin tomar nota en el cuadernillo que llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Héctor fue el primero en romper el hielo.

-       Bueno, y ¿cómo van las cosas por Oriente Medio? Jodidas, ¿no?
-      Pues sí, pero nada que no sea lo de siempre. A veces pienso que todas estas historias que nos montamos los occidentales con tanta reunión y tanta cumbre, son simples fórmulas para cubrir el expediente y poder mantener abiertos esos mercados. Pero bueno, hablemos de otra cosa, que estoy saturado de tanto trabajo. Y a ti, ¿cómo te va? ¿Sigues escribiendo?
-   Sí, claro. Aunque no tanto como me gustaría. Últimamente, paso mucho tiempo en el despacho.
-       ¿Y eso?
-        Ya ves, cosas.

El camarero llegó con las bebidas y un cuenco con aperitivos variados para acompañar. Discretamente, también dejó la nota debajo del plato de las servilletas. Como si hubieran estado esperando ese respiro, o quizá porque ansiaban el relajo que provoca el alcohol al principio, ambos dieron un trago largo a sus copas.

-      Siempre son cosas las que nos atan al trabajo -dijo Andrés-. Yo, últimamente tampoco tengo demasiado tiempo para nada: salgo para Beirut en un par de semanas y aún no lo tenemos todo atado.
-      Yo ando liado con los presupuestos…
-     ¿Presupuestos? ¡Pero si estamos en abril! No creo que tengas que presentar nada hasta, por lo menos, septiembre. Tú sí que vas con tiempo -río Andrés, mientras su amigo hacía un gesto extraño, como el de los críos cuando les pillan en una mentira.
-       Pues sí, adelantando trabajo.

Dieron otro trago largo a sus bebidas -cada vez eran más pequeñas las copas-, las cogieron, hicieron una seña al camarero, y salieron a la calle: Héctor quería fumar. El tiempo estaba agradable aunque fresco y se acodaron en una de las mesas altas que, provistas de cenicero, había en la puerta del bar. Héctor sacó otro cigarro y lo encendió, aspirando profundamente, como si fuera el último cigarro que fuera a fumar en su vida. Dieron otro trago y, como ya casi habían terminado, Andrés entró y pidió otro par de copas que él mismo sacó a la calle.

-      Y ahora en serio -dijo Andrés-, ¿qué es lo que te tiene atado al despacho hasta estas horas? ¿Ya no vas a todos esos cursos a los que ibas hace unos meses? Por cierto, no me llegaste a enviar esa novela que me dijiste, ¿recuerdas?
-      Joder, es cierto, pero la verdad es que sigue a medias.
-      Pero, ¿sigues escribiendo, no?
-    Sí, claro, aunque menos que antes y algo más a mi aire. He tenido algunos incidentes en el taller literario al que asistía y me he pasado al campus virtual.
-      ¿Incidentes? ¿Qué pasó?

Héctor parecía resistirse a contar lo que le había, pero en el fondo necesitaba una vía de escape. Nadie mejor que Andrés, pensó. Era alguien ajeno a su círculo habitual de amigos: no trataba con su mujer, ni con nadie de los grupos literarios, ni con su familia… Sin duda era la persona perfecta con la que confesarse. Y es que Héctor hacía meses que necesitaba contar lo que le pasaba. Su matrimonio hacía aguas desde hacía tiempo, pero a eso ya se había acostumbrado. La hipoteca, el perro, la familia… Todo dentro de lo políticamente correcto, sin discusiones, sin malas palabras, sin nada que se saliera de la rutina. Entonces, conoció a Clara. Habían pasado poco más de tres meses desde la última vez que se vieron… y aún le dolía. ¡Cómo la echaba de menos!

-       Es largo de contar -dijo Héctor.
-       Tengo tiempo.

Era verdad, Andrés tenía todo el tiempo del mundo. Nadie le esperaba, salvo su madre que, a esas horas, seguramente ya estaría en la cama. A sus cincuenta y tres años seguía viviendo con ella, más por comodidad que por otra cosa: su enorme dúplex frente al Retiro se le hacía demasiado grande para él solo, aunque lo cierto es que nunca había pensado en llenarlo de una forma más o menos convencional. Era un lugar frío e poco acogedor, algo desangelado incluso para él, aunque para el uso que le daba, bastaba con que estuviera limpio. Y de eso se ocupaba la chica que limpiaba en casa de su madre. Cuando iba a utilizarlo, la llamaba y ella lo dejaba perfecto. Hacía un par de meses que no paraba por allí y no porque no quisiera.

-     La casa se me cae encima. Es pensar en tener que ir allí y se me revuelven las tripas -dijo Héctor.
-      ¿Tan mal estás con tu mujer?
-    No, en realidad, no estamos mal. Ni bien. Más bien, no estamos. No sabría cómo explicarlo.
-    Joder, si estás tan mal, divórciate. Tu mujer trabaja, ¿no? Y no tenéis hijos. No puede ser tan complicado.

No era tan complicado, o quizá sí. Después de todo lo que había pasado, su matrimonio era lo único que le aportaba algo de estabilidad. Sabía que era egoísta, pero no quería también romperse por ese flanco. A veces pensaba que tal vez su problema era que no sabía estar solo. Y no quería estar solo. Estaba seguro de que su mujer sospechaba que él ya no la quería, incluso hubiera apostado a que ella sufría por eso, pero no le importaba. Lo único que le importaba era que Clara no quería estar con él. Se lo había dicho bien claro la última vez que se vieron. Y eso que Héctor fue sincero con ella.

-      ¿Te apetece otro Jack’s? -dijo Andrés viendo que su amigo se quedaba callado y que ambos habían terminado su segunda copa.
-       Pues sí, pero vamos dentro, aunque no se pueda fumar: aquí ya hace frío.

Entraron en el local y se sentaron a la mesa pidiendo otra de lo mismo. Andrés pensó en qué sería lo que impedía a Héctor tomar la decisión de terminar con su matrimonio si no se sentía bien. Él nunca había estado casado, ni había conocido a nadie con quien hubiera querido casarse. Hacía unos años había vivido con una mujer, pero no le gustó: era incómodo y aburrido. Se sentía mejor solo. Bueno, a ratos solo, a ratos con su madre. También era cierto que su forma de ver a las mujeres era un tanto particular. Adoraba a las mujeres, pero no las podía soportar durante mucho tiempo seguido. Tampoco ellas solían aceptar su forma de entender las relaciones… bueno, alguna, sí. De forma que no se aventuró mucho en sus valoraciones: seguro que tendría motivos que a él se le escapaban.

-    Si te digo la verdad, alguna vez me he planteado echar estos diez años por la borda, empezar de nuevo. Pero creo que soy demasiado cobarde para hacerlo. -Héctor se bebió media copa de un trago-. En realidad lo que soy es un hijo de puta.
-      Ya será menos, ¿no?
-       No. Un perfecto hijo de la gran puta. Eso es lo que soy.

Al decirlo, Héctor no pensaba en su mujer. Pensaba en Clara. La había conocido durante un curso de iniciación a la poesía, un arte para el que él no estaba dotado. Pero Clara sí. Sus poemas eran sencillos e intensos, con fuerza; poesías que movían y conmovían a quién las escuchaba o leía. Destilaban pasión, alegría, energía. Sus poemas eran como ella. Héctor tenía claro lo que había visto en ella, pero no entendía qué había visto ella en él para enamorarse como lo hicieron. Con ella a su lado sí que pensó en dejar a su mujer. Incluso se lo dijo a Clara. Porque nunca le ocultó su estado. Clara sabía que estaba casado y, aun así, se lanzó de cabeza a aquella historia que tanto les daría. Hasta que él lo estropeó todo.

-      Pero bueno, ¿se puede saber por qué eres tan hijo de puta?
-      Verás, cuando se hace daño gratuitamente se es un hijo de puta; cuando tienes el mundo en tus manos y lo dejas caer, es que eres un gilipollas. Yo soy ambas cosas.
-       Pero hombre, ¿qué es lo que has hecho?
-      Mira Andrés -se sinceró Héctor-, hace tiempo que no quiero a mi mujer, pero no la dejo por comodidad aunque sé que sería lo mejor que podría hacer por ella, y porque la mujer a la que sí quiero, me ha mandado a tomar por culo.

Entre ellos se instaló ese silencio que sigue a una confesión. Querer a una mujer. No era algo que tuviera un gran significado para Andrés. Él no se solía enamorar. En realidad dudaba que se hubiera enamorado nunca. Le gustaba las mujeres como a todo el mundo… aunque bien pensado, no como a todo el mundo. Él sabía que su relación con las mujeres era un tanto fuera de lo común. Adoraba a las mujeres, sus voces, sus aromas, sus cuerpos, su capacidad casi ilimitada de goce si se sabían tocar las teclas adecuadas, pero odiaba esa proyección de futuro que ellas llamaban relación y que todas, tarde o temprano, acababan desarrollando. No, ahora que lo pensaba, no todas. No pudo evitar que Adriana se colase en sus pensamientos. Y eso que solía evitarla. Adriana trabajaba en la delegación de una multinacional en Bilbao que tenía negocios en Oriente Medio y se conocieron de una forma un tanto peculiar: jamás habían coincidido en persona, sólo habían tenido contacto por correo electrónico y, al principio, por cuestiones de trabajo. Aunque era consciente del proceso, nunca llegó a entender bien cómo terminaron desnudos en aquella habitación de hotel sin haberse visto ni oído nunca.

-     Igual te parece que me meto dónde no me llaman, pero ¿por qué te ha mandado a tomar por culo esa mujer a la que sí quieres?
-      Pues por gilipollas.
-    Joder, hombre, concreta algo más. -Las copas empezaban a hacer efecto, pensó Andrés, porque era lo único que explicaba que hubiese entrado de forma tan directa.
-     Verás -dijo Héctor, también suelto- hace cosa de un año me inscribí en un curso de poesía. Yo lo hacía fatal, pero allí conocí a Clara, y a fuerza de leer lo que escribía y de charlar con ella, me enamoré como un crío. Y ella también se enamoró de mí. Empezamos una historia que nos llenaba a los dos y me planteé, incluso, el divorciarme.

Andrés apuró su copa, al mismo tiempo que Héctor y, con una seña, le pidió otra al camarero. Clara, Clara, Clara… no se la podía quitar de la cabeza. Le había escrito un millón de cartas, enviado un millón de mensajes, llamado en un millón de ocasiones. Pero nada, le había borrado de su vida. No entendía cómo ella había aceptado iniciar una relación con él sabiendo que estaba casado, pero no podía perdonarle que se hubiera acostado con otra mujer una sola vez y sin que fuera nada más que sexo. Ya no sabía si lo que no podía superar era el hecho de haberla perdido o que ella no comprendiera su gesto de sinceridad.

-     ¿Y…? ¿Qué falló? Porque algo fue mal, ¿no?
-    Todo hubiera sido perfecto si hace tres meses, yo no hubiese sido tan imbécil de follarme a otra compañera del grupo, una preciosidad de veintiocho años, y tan gilipollas de confesárselo a Clara pensando que comprendería mi arrebato de sinceridad. Obviamente, no lo comprendió y me mandó a tomar por culo.
-       Joder.

El camarero llegó justo a tiempo con las copas mientras un silencio reconfortante se instaló entre ellos. Andrés, sin pretenderlo, volvió a pensar en Adriana. También le había dejado, pero de otra manera. Ellos no tenían una relación… o quizá, sí. El caso es que encajaban. Ella era lo que él quería. Una mujer capaz de aceptar citas intermitentes, sin provocarlas ni buscarlas nunca; capaz de salir del aseo de un restaurante de lujo con la ropa interior en el bolso y, discretamente, deslizarla en el bolsillo de su chaqueta; una mujer capaz de aceptar juegos sexuales cada vez más fuertes, cada vez menos convencionales; capaz de tener un orgasmo tras otro aceptando el placer viniera de dónde viniera, sin dar importancia al hecho de que Andrés fuera incapaz de tener una erección: él sólo alcanzaba el orgasmo cuando las veía a ellas muertas de placer, del placer que él les provocaba. Una mujer que nunca le exigía nada. Hasta que un día le dijo que no. Sin explicaciones. Tenía sentido: ella no las pedía, pero tampoco las daba. A pesar del no, Andrés esperó a la vuelta de uno de sus viajes y volvió a llamarla. Otro no, seguido de un la próxima vez ya no te cogeré el teléfono. Así de drástico. Le molestó, aunque si quería ser sincero consigo mismo, lo cierto era que le dolió. Por supuesto, no volvió a llamarla, aunque de vez en cuando se sorprende esperando que ella le llame.

-     ¿Sabes, Héctor? Creo que sí, que eres un perfecto gilipollas pero, por si te consuela, yo también lo soy. -Las copas hacía rato que habían soltado lenguas y conciencias- Soy incapaz de mantener una relación normal con ninguna mujer y cuando encuentro una que entra en mi juego, va y desaparece… después de mandarme también a tomar por culo. Eso sí, elegantemente. Y por si fuera poco, hace tanto tiempo que ni siquiera soy capaz de empalmarme que ya ni recuerdo cómo era.
-      Te diría que me consuela, pero mentiría.


Apuraron las copas, pagaron y salieron a la calle, donde se despidieron con un abrazo de esos que sólo dos borrachos que se han hecho confidencias son capaces de dar.